El polvo en suspensión flotaba en el haz de la linterna de Ernesto como un enjambre de luciérnagas grises. Con las fotografías del libro de partos ya guardadas en la memoria de su teléfono, el inspector experimentó una parálisis extraña. Su cuerpo, entrenado para reaccionar con rapidez tras el hallazgo de una evidencia, se sentía pesado, anclado al suelo de cemento rancio del sótano. Miró de reojo el espacio vacío que había dejado el tomo de cuero marrón en el estante inferior. Al fondo del hueco, empotrado contra la pared de ladrillos carcomidos por el salitre, asomaba un bulto envuelto en una bolsa de arpillera atada con un hilo de cáñamo podrido.
Ernesto estiró el brazo. El tejido de la arpillera se deshizo entre sus dedos como ceniza seca. Dentro no había un registro oficial, sino un cuaderno de tapas de hule negro, deformado por la humedad del subsuelo y cruzado por una banda elástica gastada que se cortó apenas la tocó.
Al abrir la primera página, la caligrafía Palmer prolija del hospital desapareció. En su lugar, una letra torpe, temblorosa, de trazos gruesos y tinta descolorida por los años, ocupaba el papel. No era un documento público; era el diario de notas que las parteras rurales solían entregar a las madres analfabetas para que guardaran algún recuerdo, o quizás, el testamento oculto de alguien que sabía que la muerte le pisaba los talones. En la portada, apenas legible, decía: Elena Flores - Su cuaderno.
Ernesto volvió a sentarse en el cajón de madera. La linterna, apoyada en una repisa lateral, recortaba su silueta en la penumbra mientras devoraba las páginas escritas a lápiz y tinta barata.
"14 de abril de 1980. El cielo se cayó sobre el rancho desde temprano. El viento del norte traía olor a tierra muerta y las chapas del techo no paraban de gritar. Arturo quería irse a la cantina, me dejó sola con los tres chicos llorando del hambre. Los dolores me empezaron a la noche, unos tirones fuertes en la cintura que me doblaban las piernas. Sentí que este embarazo no era como los otros; la panza me pesaba el doble y las pibas no paraban de patear, como si quisieran salirse antes de tiempo por culpa del frío. Llegué a la salita de Santa Rosa en el carro de los Martínez, empapada en barro, rezando para que el río no se llevara el puente. Me metieron en una pieza que olía a cloro y a encierro. La luz de la lámpara parpadeaba por la tormenta. Ahí lo vi al médico de la ciudad. El doctor Elordi. Tenía las manos blancas, limpias, unas manos que nunca supieron lo que es cavar la tierra."
Ernesto pasó la página con un cuidado casi religioso. El relato de Elena Flores se volvía más errático a medida que describía las horas del parto, reflejando el efecto de los sedantes.
"Me dieron una pastilla amarga que me durmió los brazos y me puso los ojos pesados. Escuché el llanto de la primera. Un grito fuerte, lindo, que me devolvió el alma al cuerpo. La partera me la puso un segundo en el pecho. Estaba calentita. Después vino el segundo tirón, más doloroso. Recuerdo el murmullo de Elordi con el director del hospital. Hablaban bajo, como los hombres que hacen un trato en la oscuridad. Escuché otro llanto, inspector. Yo sé que lo escuché. Era un quejido más fino, como el de un animalito nacido en el monte, pero estaba viva. Tenía fuerza. Después el médico me tapó la cara con un paño que olía a alcohol puro y todo se volvió negro.
Cuando me desperté, el sol de la mañana entraba por la ventana rota. Elordi estaba al lado de la cama, impecable, con su traje de rico. Me entregó una sola nena envuelta en una manta gris de la salita. Me dijo que la otra había nacido óbito. Muerta, dijo. Que el cordón se le había enredado en el cuello y que no pudieron hacer nada. Dijo que la enterraron rápido en el sector del fondo por el peligro de las infecciones. Arturo, mi marido, firmó unos papeles que no sabíamos qué decían porque el doctor le dio unos billetes para el vicio. Pero a mí el pecho me ardía. Una madre sabe. Si nació muerta, ¿por qué sigo escuchando ese segundo llanto adentro de mi cabeza cada vez que cierro los ojos? ¿Por qué el médico tenía tanto apuro en que nos fuéramos del pueblo? Se llevaron un pedazo de mi carne. Siento que mi otra piba respira en algún lado, lejos del barro, mientras yo me quedo acá con los brazos vacíos y una culpa que me va a comer la vida."
Las últimas páginas del cuaderno eran manchas de humedad y oraciones truncas, escritas meses antes de que Elena Flores falleciera por una infección mal curada en el invierno de 1982.
Ernesto cerró el cuaderno de hule. El vacío en el estómago se transformó en una rabia sorda y punzante. Elena Flores no solo había sido despojada de su hija; la habían condenado a morir en la locura del desamparo, creyendo que sus propios sentidos la engañaban.
El inspector guardó el cuaderno dentro de su campera, sintiendo el contacto frío de las tapas contra sus costillas. La investigación ya no era solo una cuestión de leyes rotas y actas falsificadas; era una deuda de sangre con una mujer que había muerto reclamando la verdad desde el fango de Colonia Santa Rosa. Ernesto se puso de pie, apagó la linterna y subió las escaleras hacia el amanecer gris del pueblo, listo para regresar a la ciudad a demoler el imperio de mentiras de los Elordi.