Tinta y Cenizas

Capítulo 14: Ondas en la superficie

El viaje de regreso a la capital fue un calvario de silencios y pensamientos oscuros. Ernesto manejaba con la mirada fija en el asfalto que la luz de los faros devoraba lentamente. En el asiento del acompañante, su teléfono celular guardaba las fotografías de ese libro maldito de 1980. Aquellas imágenes eran dinamita: la caligrafía firme de su suegro robándole la identidad a una recién nacida, decretando una muerte falsa para ocultar un secuestro camuflado de adopción.

El motor roncaba con una monotonía pesada en medio de la estepa provincial, pero dentro del habitáculo el aire quemaba. Cada tanto, Ernesto estiraba la mano derecha y rozaba el bolsillo interior de su campera, donde el cuaderno de hule negro de Elena Flores descansaba como una brasa encendida. No podía quitarse de la cabeza la descripción de la tormenta, el olor a cloro de la salita de primeros auxilios y, sobre todo, aquel segundo llanto que el doctor Arturo Elordi había sepultado bajo una farsa legal. Como inspector de policía, había visto la peor cara de la marginalidad; hombres matando por unos billetes, redes de contrabando y traiciones de la peor calaña en los muelles de la zona roja. Pero esto era distinto. Esto era una crueldad de guante blanco, planificada con precisión quirúrgica por un hombre que regresaba a la gran ciudad a dar discursos sobre la ética y la beneficencia mientras desayunaba en vajilla de plata.

¿Cómo iba a mirar a Camila? ¿Cómo reaccionaría ella al saber que su vida entera era el botín de un asalto a la identidad de una madre desamparada? Las horas en la ruta se estiraban tanto como sus dudas, devorando kilómetros bajo un cielo negro que parecía presagiar el colapso de todo su entorno.

Mientras tanto, en el departamento de Palermo, Camila no encontraba paz. El silencio de su casa, usualmente reconfortante, ahora la asfixiaba. Se pasó la tarde dando vueltas por el living, mirando las fotos de su infancia, las vacaciones en la playa, su fiesta de quince años... todo ese álbum de recuerdos perfectos que ahora, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, se sentía extrañamente ajeno. Se detuvo ante un portarretratos de plata donde se la veía a los diez años, sonriendo junto a su padre en el jardín de la mansión. Recordó la textura suave de sus vestidos de nena, las clases de piano, los veranos en Europa. Todo lucía tan limpio, tan minuciosamente diseñado. Sin embargo, tras la gélida conversación que había sostenido esa misma mañana con Beatriz en la biblioteca, el brillo de los marcos de plata parecía haberse opacado. Las evasivas de su madre y el repentino viaje de Ernesto al norte formaban un nudo cerrado en su estómago.

El presentimiento de que Ernesto le ocultaba algo grave, sumado a la inusual reacción de su padre durante la cena, la empujó a actuar. Necesitaba respuestas, y si su esposo no estaba dispuesto a hablar, iría directo a la fuente.

A las cinco de la tarde, Camila estacionó frente a la casa de sus padres. Cruzó el jardín con paso decidido y abrió la puerta con su propia llave. El interior de la residencia estaba en penumbras. Encontró a su madre, Beatriz, tejiendo en el sector de la biblioteca, envuelta en un silencio sepulcral.

—¿Camila? Qué sorpresa, mi amor —dijo Beatriz, dejando las agujas sobre la mesa con una elegancia que, a su hija, por primera vez, le pareció una máscara helada—. No avisaste que venías.

—Necesito hablar con papá, mamá. ¿Está en su despacho?

Beatriz asintió levemente con la cabeza, entornando los ojos con un destello de preocupación.

—Sí, está revisando unos papeles de la jubilación. Pero está muy cansado, Camila. Desde la cena del otro día no se siente del todo bien. Ese esposo tuyo y sus preguntas sobre el pasado lo dejaron muy alterado. No debiste permitir que trajera las miserias de su comisaría a nuestra mesa.

Camila no esperó. Caminó por el pasillo de alfombras gruesas y golpeó la puerta de madera del despacho de su padre. Al escuchar un débil "adelante", empujó la hoja.

El doctor Arturo Elordi estaba sentado detrás de su imponente escritorio de roble. La luz de una lámpara de escritorio iluminaba sus manos, que sostenían una vieja carpeta de cuero gastado. Al ver entrar a su hija, cerró la carpeta de golpe, un movimiento reflejo que no pasó desapercibido para ella.

—Camila... qué grata visita —dijo Arturo, forzando una sonrisa amable, aunque sus ojos denotaban una tensión profunda.

—Papá, no voy a dar rodeos —arrancó Camila, sentándose en la silla frente a él—. Ernesto está raro. Se fue al norte por una investigación y antes de irse me hizo preguntas muy extrañas sobre el día de mi nacimiento. Y vos, el otro día en la cena, te pusiste a la defensiva. Quiero saber qué pasa. ¿Hay algo de mi pasado, de tu época en el norte, que me estén ocultando?

Arturo Elordi se reclinó en su sillón. El viejo médico miró a su hija con una mezcla de lástima y una frialdad clínica que congelaba el ambiente. Sostuvo el silencio durante varios segundos, midiendo el alcance del peligro. Sabía que Ernesto era un sabueso, y que si había viajado al norte, la soga ya estaba alrededor de su cuello. Pero frente a su hija, la mentira seguía siendo su mejor defensa.

—Tu esposo es policía, Camila. Ellos ven fantasmas en todos los rincones, es una deformación profesional —respondió Arturo con voz pausada, impecable—. El norte fue una etapa dura de mi vida. Vi miseria, vi morir a muchos niños por falta de recursos. Es un recuerdo que prefiero no remover, eso es todo. Tu nacimiento fue limpio, hermoso, acá en la ciudad. No dejes que la paranoia de Ernesto ensucie la paz de esta familia.




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