Tinta y Cenizas

Capítulo 15: La decisión en la encrucijada

El automóvil de Ernesto ingresó a la capital cuando las primeras luces de la mañana empezaban a competir con la neblina del río. Tenía las manos pegadas al volante, rígidas, y los ojos enrojecidos por las horas de asfalto y cafeína. Cada vez que bajaba la mirada hacia el asiento del acompañante, el teléfono celular parecía una presencia física, un testigo mudo de la monstruosidad que guardaba en su memoria digital.

Al cruzar el peaje de la autopista, se enfrentó al primer dilema real de la investigación. Tenía dos caminos y ambos eran peligrosos.

Si iba primero a su departamento en Palermo, se encontraría con Camila. Tendría que sostenerle la mirada a la mujer que amaba, sabiendo que toda su identidad, su apellido y su historia eran el resultado de un robo quirúrgico perpetrado por el hombre al que ella idolatraba. Ernesto temía que su rostro lo traicionara; no se sentía listo para romper ese cristal sin antes trazar una estrategia.

Por otro lado, estaba Yamila. Encerrada en el departamento del centro, custodiada por su amigo retirado, la joven llevaba días esperando una respuesta. Le había prometido traerle la verdad, pero esa verdad era un ácido capaz de quemar lo poco que le quedaba de cordura. Decirle que su vida de privaciones y abusos había sido decidida por el suegro de su propio salvador era una bomba de tiempo.

Ernesto puso la luz de giro a la derecha. Eligió el centro. Necesitaba ver el rostro de la realidad antes de enfrentarse al de la mentira.

Subió las escaleras del viejo edificio del centro de a dos peldaños. Al llegar al piso, su amigo, el policía retirado, lo esperaba en el pasillo con un termo bajo el brazo y cara de pocos amigos.

—Menos mal que llegaste, Ernesto —susurró el hombre en voz baja, entregándole las llaves—. La piba es dura como un clavo, pero anoche tuvo una crisis de llanto que casi me hace llamar a una ambulancia. No quiere comer. Dice que el silencio de este lugar le hace escuchar voces. Está desconfiando de todos de nuevo. cuídala, hermano, esa mirada que tiene... es la de alguien que está al borde del abismo.

Ernesto le agradeció con un asentimiento y empujó la puerta despacio.

El departamento estaba en penumbras. Las cortinas seguían bajas. Yamila estaba sentada en el suelo, en el espacio estrecho entre la cama y la pared, con las rodillas pegadas al pecho. Al escuchar el clic de la cerradura, levantó la cabeza. Tenía el cabello revuelto, los ojos hinchados y una palidez que hacía resaltar la fina cicatriz de su pómulo.

Cuando sus ojos almendrados se cruzaron con los de Ernesto, una chispa de esperanza salvaje y temerosa brilló en ellos.

—Volviste... —dijo con la voz completamente rota, carraspeando—. Pensé que me habías dejado acá para que me pudra. Pensé que era todo un cuento tuyo para sacarme de la comisaría sin armar barullo.

Ernesto cerró la puerta y se arrodilló frente a ella en el piso, manteniendo una distancia respetuosa. El parecido con Camila, ahora que la conocía en la intimidad de su dolor, se le hacía casi insoportable.

—Te di mi palabra, Yamila. Fui al norte. Estuve en el hospital de Santa Rosa.

Yamila se tensó. Dejó de respirar por un segundo, aferrándose con las uñas a la tela de sus jeans.

—¿Y? —preguntó, y la palabra sonó como una súplica y una amenaza a la vez—. ¿Encontraste algo? ¿Existo en algún lado, inspector, o soy un bicho que nació de la nada?

Ernesto sacó el teléfono del bolsillo. Sabía que el avance tenía que ser lento, pero ocultar el hallazgo ahora sería una traición peor. Miró a esa mujer desamparada, víctima de la ambición de la alta sociedad, y comprendió que el viaje hacia la justicia no iba a tener vuelta atrás.




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