Tinta y Cenizas

Capítulo 16: El calvario del encierro

El departamento del centro olía a encierro, a madera vieja y al barniz reseco de unos muebles que habían visto pasar demasiadas décadas. Para Yamila, ese espacio de cuatro paredes era una jaula de oro, pero jaula al fin. Acostumbrada a la intemperie de los muelles, al frío sucio de la calle y a la libertad peligrosa de la noche, el silencio del living la asfixiaba más que el humo de los peores boliches.

Hacía dos días que Ernesto la tenía escondida ahí, bajo la custodia de un viejo amigo de la fuerza, un suboficial retirado llamado humberto. Humberto era un hombre de setenta años, de hombros caídos, bigote canoso amarilleado por el vicio y unos ojos apagados que daban la impresión de haberlo visto todo y no esperar nada de nadie.

Yamila caminaba de un lado a otro del living, descalza, con los dedos de los pies crispados contra la alfombra gastada. El sudor frío de la abstinencia le corría por la nuca. Llevaba catorce horas sin fumar y sentía los nervios a flor de piel, como cables pelados saltando chispas en la oscuridad.

—Dejá de dar vueltas, piba, me vas a marcar el piso —gruñó Humberto desde la cocina, sin levantar la vista del calentador donde preparaba el agua para el mate.

—¡Entonces dame un pucho, viejo de mierda! —gritó Yamila, plantándose en el umbral, con los puños cerrados y los ojos almendrados inyectados en sangre—. ¡Ernesto me dejó acá encerrada como a un perro! No soy una presa de ustedes. Si no me das un cigarrillo, te juro que rompo esa ventana y me tiro a la calle.

Humberto se dio la vuelta despacio. No se inmutó por los gritos ni por la postura violenta de la mujer. Conocía el pánico del encierro; lo había visto en docenas de detenidos durante sus treinta años de servicio. Agarró el mate, acomodó la bombilla con el pulgar y caminó hacia la mesa ratona del living.

—Fumar no te va a sacar el miedo, piba. Y ventanas no vas a romper ninguna, porque te tengo que cuidar por pedido del inspector —dijo el viejo con una voz parsimoniosa que a Yamila le resultó exasperante—. Sentate. El agua está a punto. Tomate un amargo y bajá un cambio.

Yamila lo miró con un desprecio salvaje. Tenía ganas de escupirle la cara, de revolear la pava de la cocina, de descargar toda la furia que traía acumulada desde la noche de la redada. Pero las piernas le temblaban por la falta de nicotina y el cuerpo le pedía un ancla. Con un bufido cargado de odio, se dejó caer en el sillón opuesto, arrastrando las piernas y cruzándose de brazos.

Humberto le extendió el primer mate. Ella lo recibió de mala gana, quemándose los dedos a propósito para sentir algo real que borrara el entumecimiento de su mente. El calor amargo del sople de yerba le bajó por la garganta como un bálsamo áspero.

—Sos igualita a la mujer de Ernesto —comentó el viejo, encendiendo un fósforo para prender su propio cigarrillo de armado. El humo azulado flotó entre los dos. Yamila lo respiró con desesperación, estirando el cuello como si pudiera alimentarse del aire ajeno—. En el molde de la cara, digo. Porque en las mañas... la doctora Elordi no te dura ni dos minutos en una esquina.

—Yo no soy ninguna doctora —escupió Yamila, devolviéndole el mate vacío—. Ni sé qué carajo es ser una Elordi. Yo soy Yamila, y si tengo estas mañas es porque a mí nadie me regaló un colchón limpio para dormir.

Humberto volvió a cebar en silencio. El tic-tac de un reloj de pared se transformó en el único sonido del departamento. Yamila miró el humo del cigarrillo del viejo y, de repente, los ojos se le quedaron fijos en la nada. El olor a tabaco barato y el calor del mate rústico operaron como un puente invisible en su memoria, arrastrándola cuarenta años atrás, lejos del asfalto de la capital.

—En el monte el encierro era distinto —susurró Yamila. Su voz ya no tenía la violencia de antes; sonaba rasposa, gastada por un recuerdo que emergía del fondo del barro—. Cuando soplaba el viento norte en Colonia Santa Rosa, Arturo, el tipo que decía ser mi viejo, se gastaba la plata del conchabo en la cantina. Nos dejaba encerrados en el rancho de adobe con llave por fuera para que no nos escapáramos. Tres días seguidos a veces.

Humberto la escuchaba sin interrumpir, manteniendo el ritmo constante de la bombilla.

—Éramos cuatro hermanos en una sola pieza que olía a pis y a tiza de nido —continuó Yamila, frotándose los brazos como si el frío del invierno de 1985 la hubiera alcanzado en ese piso del centro—. Mi mamá, la Elena, se pasaba las noches llorando pegada a la puerta. Tenía los pulmones podridos de la tos. Se ponía a delirar por la fiebre y gritaba un nombre en la oscuridad. "Camila", decía. "Me la llevaron, Arturo, tráeme a la piba". Yo era chica, no entendía una mierda. Pensaba que mi mamá inventaba nombres porque la cabeza ya no le daba del hambre. Una tarde, el viento sopló tan fuerte que arrancó una chapa del techo. El agua empezó a entrar a baldes y el rancho se empezó a venir abajo. Estábamos atrapados. Mi mamá intentó tirar la puerta a patadas, pero las maderas estaban resecas, duras. Se rompió las uñas contra los clavos hasta que le quedó la carne viva, chorreando sangre sobre el piso de tierra.

Yamila hizo una pausa. Le sacó el mate de las manos a Humberto antes de que él pudiera ofrecérselo. Bebió el líquido hirviendo sin parpadear.

—Esa noche, entre el ruido de los truenos y los gritos de mis hermanos, entendí lo que era estar muerta en vida. Pérez nos sacó de ahí al día siguiente, borracho, pegándonos con el rebenque porque la comida se había arruinado con el barro. Mi mamá nunca se curó de esa noche. Murió al poco tiempo, llamando a la otra. Por eso odio los techos bajos, viejo. Por eso no soporto estar encerrada con llave. Siento que el rancho se me va a caer encima otra vez y que las manos no me van a alcanzar para salir del barro.




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