El silencio en el pequeño departamento del centro se volvió denso, casi sólido. Ernesto sostendría el teléfono celular en la mano, sintiendo el peso muerto de esas imágenes digitales que contenían el destino robado de la mujer que tenía enfrente.
—Encontré el libro de partos de 1980, Yamila —empezó Ernesto, modulando la voz con extrema delicadeza —. Tu madre biológica se llamaba Elena Flores. Era una mujer del campo, de un paraje cercano a Santa Rosa.
Al escuchar el nombre de su madre, los labios de Yamila temblaron. Repitió el nombre para sí misma, en un susurro inaudible, como si intentara saborear una palabra que le había sido negada durante cuarenta y seis años. Elena.
—¿Ella... ella me dejó? —preguntó, clavando sus ojos almendrados en los del inspector, buscando la piedad que el mundo siempre le había negado.
—No, Yamila. Ella no te dejó —respondió Ernesto, sintiendo que un nudo de indignación le apretaba la garganta —. El registro dice que nacieron dos niñas sanas. Gemelas. Pero alguien escribió una mentira en ese libro. Un médico firmó un acta diciendo que la segunda bebé, o sea vos, habías nacido muerta.
Yamila parpadeó, confundida. Su mente, ajena a los tecnicismos legales y a las trampas de la burocracia, intentaba procesar la información.
—¿Muerta? Pero si estoy acá...
—Te hicieron pasar por muerta en los papeles para poder llevarse a tu hermana a la ciudad sin dejar rastro. A tu madre biológica le dijeron que habías fallecido, y a vos te entregaron a esos campesinos que te criaron.
Yamila parpadeó, con la mente suspendida en un abismo de confusión. Los recuerdos de los golpes, el hambre y los abusos en el rancho del norte pasaron ante sus ojos como una ráfaga helada.
—Pará... —interrumpió ella, con la voz temblorosa, dando un paso en falso—. Los viejos del campo... los que me pegaban y me terminaron vendiendo a los diez años ... ¿Ellos no eran mis padres? Toda la vida me dijeron que me habían tenido una noche de tormenta y que me usaban porque era su propiedad...
—Te mintieron, Yamila —sentenció Ernesto con dolor—. Tu madre se llamaba Elena Flores y te amaba. Nunca te vendió. Elordi te descartó para que la otra niña pudiera tener una vida perfecta, y te dejó en manos de esos parientes alcohólicos, que te usaron como mercancía desde que eras una nena. Vos nunca fuiste su hija; fuiste el cabo suelto de un pacto siniestro.
Un silencio glacial inundó la habitación. La joven se quedó inmóvil, asimilando el tamaño de la traición. No era que sus padres la hubieran tirado a la basura por falta de amor; era que un desconocido con poder la había seleccionado como el descarte de un trato oscuro.
—¿Quién fue? —preguntó Yamila. Su voz ya no temblaba; se había vuelto fría, filosa, cargada de un odio ancestral que empezaba a hervir en su pecho —. ¿Quién fue el médico que firmó eso? Decime el nombre, inspector. Vos sabes quién es.
Ernesto tragó saliva. El momento más temido había llegado. Miró la cicatriz en el pómulo de Yamila, luego pensó en la piel tersa de Camila, y finalmente en el rostro impasible del doctor Arturo Elordi.
—El médico que firmó tu acta de defunción falsa... es el padre de Camila —confesó Ernesto, bajando la vista —. El doctor Arturo Elordi. Mi suegro.
Yamila se quedó rígida contra la pared. La revelación no provocó un grito ni un llanto; provocó una transformación. Sus ojos, idénticos a los de la esposa de Ernesto, se oscurecieron por completo. La verdad acababa de unir los hilos: el hombre que adoraba la hermana rica era el monstruo que había firmado la sentencia de muerte en vida de la hermana pobre.
—El padre de la cheta... —masculló Yamila, con una risa seca y macabra que terminó en un eco ahogado —. El viejo de la foto. Él me tiró al barro. Él me dejó con los viejos que me vendían a los camioneros mientras su otra hijita aprendía a tocar el piano.
Se levantó del suelo con una lentitud amenazante, apoyando las manos curtidas en la pared. Miró a Ernesto con una desconfianza renovada, dándose cuenta de la ironía más cruel de su situación.
—¿Y vos qué vas a hacer, jefe? —le escupió, dándole un paso al frente —. Vos estás casado con la que se quedó con mi vida. Sos parte de esa familia de asesinos. ¿Me vas a volver a encerrar en el calabozo para salvar al viejo de tu mujer?