Tinta y Cenizas

Capítulo 18: El juramento en la penumbra

Ernesto no se movió de su lugar. Permaneció de rodillas en el suelo, con las manos abiertas y a la vista, soportando la mirada cargada de furia y desprecio de Yamila. Sabía que cualquier gesto brusco, cualquier intento de defender a su familia política, rompería el último lazo de confianza que lo unía a ella.

—Mírame, Yamila —dijo él, con una voz baja pero inquebrantable—. Si quisiera salvar a mi suegro, no hubiera ido al norte. Hubiera quemado ese libro o habría dejado que te trasladaran al penal el primer día. No soy uno de ellos. Estoy acá porque la verdad me importa más que el apellido de los Elordi.

Yamila respiró agitada, con el pecho subiendo y bajando bajo el buzo limpio. Sus puños seguían apretados, pero la firmeza en los ojos del inspector la hizo dudar. En su mundo, los hombres siempre le habían mentido para usarla; Ernesto era el primero que la miraba sin desear nada de ella, cargando con un dolor que parecía tan real como el suyo.

—¿Y qué vas a hacer entonces? —le espetó, con la voz pastosa—. ¿Vas a ir a meter preso al viejo? Un tipo con esa plata no pisa una comisaría como la tuya ni por error, jefe. Los ricos compran a los jueces como compran a los bebés.

—Voy a hacer las cosas bien —respondió Ernesto, poniéndose de pie despacio—. Como policía, sé que, si voy ahora con estas fotos a la justicia, los abogados de Elordi van a decir que las pruebas están contaminadas o que el delito prescribió por los años que pasaron. Necesito que el doctor Elordi confiese, o que cometa un error. Y para eso, necesito hablar con Camila. Ella tiene que saber quién es su padre.

Al escuchar el nombre de su hermana, la mandíbula de Yamila se volvió a tensar.

—Le vas a romper el juguete a la nena bien. Qué lástima me da.

—Camila es tan víctima de esta mentira como vos, Yamila. Ella no eligió esto. Creció creyendo una historia falsa. Cuando sepa la verdad, su mundo también se va a derrumbar.

Yamila soltó una risa amarga y se dio la vuelta, dándole la espalda para mirar a través de las rendijas de la persiana hacia la calle ruidosa.

—No me compares con ella, inspector. A ella se le va a caer el mundo de cristal; a mí me pasaron por encima con un camión desde que tengo diez años. No es lo mismo.

Ernesto guardó silencio. No tenía argumentos para rebatir eso. La brecha de sufrimiento entre las dos era un abismo insalvable.

—Tengo que ir a mi casa —anunció Ernesto, tomando las llaves de la mesa—. Mi amigo va a volver a quedarse con vos. Por favor, no hagas ninguna locura. Si salís a la calle ahora, nos expone a todos. Elordi es un hombre poderoso y si se entera de que estás viva, no sé de qué puede ser capaz para proteger su reputación.

Yamila no respondió, pero no se movió de la ventana. Ernesto salió del departamento con el corazón en la boca, sabiendo que el tiempo corría y que el hilo que sostenía toda la situación estaba a punto de cortarse.

Mientras bajaba las escaleras, sacó su teléfono y vio tres llamadas perdidas de Camila. La última era de hacía apenas diez minutos. Ernesto subió a su auto y manejó hacia Palermo, consciente de que estaba yendo directo a la tormenta que cambiaría sus vidas para siempre.




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