El departamento de Palermo estaba inundado por la luz del mediodía, esa claridad limpia y perfecta que siempre había definido la vida de Camila. Cuando Ernesto giró la llave en la cerradura, el sonido pareció una detonación en el silencio del living.
Camila estaba sentada en el sofá, con una taza de té intacta sobre la mesa ratona. Al verlo entrar con la ropa arrugada del viaje, los ojos inyectados en sangre y la campera de la policía colgada del brazo, se puso de pie de inmediato. No había calidez en su rostro; solo una angustia contenida que había estado madurando durante días.
—Llegaste —dijo ella, con una voz extrañamente tranquila—. Tu delegación me dijo que tu comisión del norte terminó anoche, Ernesto. Apagaste el teléfono. ¿Dónde estuviste toda la mañana?
Ernesto cerró la puerta a sus espaldas, dejando las llaves sobre el recibidor. Caminó hacia el centro del living, pero no se acercó a ella. La distancia física que mantuvo fue el primer indicio del desastre.
—Estaba resolviendo la situación de una detenida, Camila —respondió Ernesto, con una voz gastada, desprovista de cualquier matiz profesional.
—¿Una detenida? —Camila soltó una risa nerviosa, dando un paso hacia él—. ¿Me vas a decir que por una detenida de la calle me mentiste a mí, te enfrentaste con mi papá en su cena de cumpleaños y te fuiste al norte a buscar registros de hace cuarenta y seis años? No soy estúpida, Ernesto. Fui a ver a mi papá ayer. Estaba aterrorizado. Tenía una carpeta vieja en las manos y me dijo que tu paranoia estaba ensuciando a la familia. Quiero saber la verdad ahora mismo.
Ernesto la miró fijamente. Observó el suéter de cachemira que llevaba puesto, sus manos cuidadas, el brillo de sus aros. Pensó en Yamila, en ese mismo instante, encerrada en la penumbra del centro, vistiéndose con ropa prestada y cargando con el olor de la calle en la memoria.
—Tu papá tiene razón en algo, Camila —dijo Ernesto, dando un paso hacia la mesa ratona—. Estuve buscando un fantasma. Pero el fantasma resultó ser de carne y hueso.
—¿De qué estás hablando?
Ernesto sacó el teléfono celular del bolsillo, buscó la foto que le había tomado al registro de partos del hospital de Santa Rosa en 1980 y dejó el aparato sobre la mesa, con la pantalla encendida hacia ella.
—Ese es el libro de ingresos del hospital rural del norte, del 14 de abril de 1980 —explicó él, con una frialdad que utilizaba como escudo para no quebrarse—. La fecha de tu nacimiento. Ahí dice que una mujer llamada Elena Flores dio a luz a dos niñas gemelas. Sanas. Ambas nacieron vivas.
Camila parpadeó, mirando la pantalla sin comprender del todo. El nombre de Elena Flores no significaba nada para ella.
—No entiendo... Yo nací en la Clínica San Miguel, Ernesto. Mis papás...
—Tus padres te compraron, Camila —la interrumpió él, con una dureza necesaria, como el corte de un bisturí—. O, mejor dicho, tu papá te robó. Mira el final del renglón. Mira la anotación manuscrita.
Camila, con los dedos temblorosos, tomó el teléfono. Sus ojos recorrieron las líneas borrosas de la fotografía hasta que reconoció la caligrafía. Era la letra de su padre, esa misma letra con la que le firmaba las notas de la escuela y las dedicatorias de los libros de medicina. Leyó en silencio: "La segunda infanta nacida óbito... Certifica: Dr. Arturo Elordi".
—No... esto no puede ser —susurró Camila, sintiendo que el aire se volvía espeso, incapaz de llenar sus pulmones—. Esto es un error. Mi papá es un hombre de bien. Él... él me salvó.
—Él declaró muerta a una bebé viva para podértela traer a la ciudad y registrarte como su hija legítima en una clínica privada —continuó Ernesto, acercándose por fin, aunque sus palabras seguían siendo golpes—. Le mintió a una madre campesina diciéndole que su hija había fallecido. Pero eso no es lo peor, Camila.
Camila levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas de puro pánico, viendo cómo las paredes de su realidad perfecta se cuarteaban por completo.
—¿Qué... qué es lo peor? —preguntó, con la voz rota.
—Que tu papá solo se llevó a una. A la otra la dejó atrás. La dejó con los supuestos parientes, una familia de miserables que la prostituyó desde que era una nena. Esa mujer no sabe leer, no sabe escribir, no tiene un solo papel que diga que existe en este mundo.
Ernesto hizo una pausa, tragándose el dolor que le provocaba ver el sufrimiento de su esposa, pero la verdad ya no tenía frenos.
—Esa mujer está viva, Camila. La detuve el martes en los muelles por prostitución. Se llama Yamila. Y es tu hermana gemela.