El teléfono celular resbaló de las manos de Camila y cayó sobre la alfombra con un golpe sordo, quedando con la pantalla hacia abajo. La luz del sol seguía iluminando el living, pero para ella, el mundo entero se había quedado a oscuras. Se llevó las manos a la cabeza, hundiéndose los dedos en el cabello castaño oscuro, mientras las palabras de Ernesto resonaban en sus oídos como una frecuencia distorsionada.
—No... No, Ernesto, por favor. Decime que me estás mintiendo —suplicó, con la voz ahogada por un llanto que nacía del estómago—. Mi papá no... Él me cuidó toda la vida. Él me enseñó a ser justa, a ayudar a los demás... ¡No puede haber hecho algo así!
Ernesto dio los pasos que los separaban y la tomó por los brazos, no con dureza, sino para sostenerla, porque las piernas de Camila empezaban a flaquear.
—Sé lo que duele, Camila. Te juro que lo sé. Pero la letra del registro es suya. La firma es suya. Tu vida entera, este departamento, tus estudios, tu apellido... todo se pagó con el precio del silencio y el abandono de tu hermana. Mientras vos tenías una profesora de piano, a Yamila la vendían por unos billetes en un rancho del norte.
—¡Basta! ¡No me digas más eso! —gritó Camila, desprendiéndose del agarre de su esposo con una fuerza desesperada.
Retrocedió hasta chocar con el ventanal que daba al balcón, mirando a Ernesto con una mezcla de pánico y traición. El dolor la estaba transformando en alguien que Ernesto no reconocía; la fragilidad de la mujer educada se estaba rompiendo, dejando al descubierto una angustia descarnada.
—¿Dónde está? —preguntó Camila, limpiándose las lágrimas de la cara con furia, aunque el llanto seguía brotando—. Esa mujer... Yamila. Si la detuviste el martes, ¿dónde está ahora? ¿Está presa?
—No. La saqué de la comisaría —explicó Ernesto, manteniendo la calma—. Está oculta en el departamento del centro, el de Humberto, mi colega retirado. No la puedo dejar suelta en la calle, y tampoco puedo dejar que tu papá se entere de que está viva. Si Arturo Elordi descubre que la verdad salió a la luz, va a usar todo su poder para taparlo.
Camila guardó silencio, mirando al vacío. Su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa, intentando encajar la imagen del padre amoroso que la abrazaba en sus cumpleaños con el perfil de un monstruo capaz de decretar la muerte falsa de una recién nacida. El choque cognitivo la estaba quebrando. Pero detrás del dolor, empezó a surgir una necesidad imperiosa, un impulso biológico y moral que no pudo contener.
—Quiero verla —dijo Camila, con una firmeza que sorprendió a Ernesto—. llévame con ella.
—Camila, no estás en condiciones. Yamila está en un estado muy vulnerable, está llena de odio y resentimiento hacia tu familia. Ver tu ropa, tu forma de hablar... no sé cómo pueda reaccionar. El avance tiene que ser lento.
—¡Es mi hermana, Ernesto! —le gritó, y esta vez las lágrimas volvieron a desbordarse—. ¡Es mi propia sangre! El hombre que me crio le robó la vida para dármela a mí. No me pidas que me quede acá sentada en este living perfecto mientras ella está encerrada en un cuartucho del centro. Si no me llevas vos, voy a ir a la casa de mis padres a romper todo hasta que mi papá me diga la verdad en la cara.
Ernesto evaluó los riesgos. Un enfrentamiento directo entre Camila y Arturo Elordi en este momento destruiría cualquier posibilidad de obtener una confesión legal y alertaría al viejo doctor. La única opción para contener la situación era acceder a la petición de su esposa, a pesar del peligro que implicaba ese choque de realidades.
—Está bien —cedió Ernesto, recogiendo el teléfono del suelo—. Vamos al centro. Pero me vas a prometer que vas a escuchar y que vas a dejar que yo maneje la situación. Yamila no es como la gente con la que tratas en tus fundaciones benéficas, Camila. Ella conoce el lado más oscuro de la vida, y no tiene nada que perder.
Camila asintió en silencio, tomando su cartera con manos torpes. El viaje hacia el encuentro de los dos espejos acababa de comenzar, y el cristal de la mentira ya no se podía reparar.