Tinta y Cenizas

Capítulo 21: El umbral del espejo

El trayecto en el automóvil fue un desierto de palabras. El motor roncaba con monotonía mientras cruzaban la ciudad hacia el centro, pero dentro del habitáculo la presión era insoportable. Camila miraba de reojo por la ventanilla, con las manos apretadas en el regazo. La ropa costosa, el perfume importado, el reloj de marca... de repente todo le pesaba en el cuerpo como si fuera plomo. Sentía que llevaba encima el botín de un crimen.

Ernesto manejaba con la mandíbula tensa. Como policía, había presenciado careos, confesiones y escenas de extrema violencia, pero nada lo había preparado para lo que estaba a punto de provocar: el choque frontal de dos mundos que nunca debieron separarse, nacidos del mismo vientre en la primavera de 1980.

Estacionaron en una calle estrecha del centro, frente al edificio gris y antiguo.

—Camila, recordá lo que te pedí —dijo Ernesto antes de apagar el motor, girándose hacia ella—. Deja que yo entre primero. Yamila está asustada, no conoce el mundo en el que vos te movés y su única defensa es atacar. No le hables desde la lástima, porque la vas a perder.

Camila asintió en silencio, mordiéndose el labio inferior para contener un nuevo brote de llanto. Bajaron del auto y cruzaron el zaguán húmedo del edificio. El olor a encierro y a tuberías viejas golpeó el olfato de Camila, un aroma tan distante de los pasillos aromatizados de su torre en Palermo.

Subieron las escaleras. Cada paso de Camila en los peldaños de mármol gastado sonaba como una cuenta regresiva. Al llegar al tercer piso, Ernesto sacó las llaves del bolsillo. Miró a su esposa una última vez, dándole un apretón firme en la mano, y giró el cerrojo.

La puerta se abrió con un quejido suave. El departamento seguía en la penumbra.

—Yamila, soy Ernesto —anunció el inspector, dando un paso hacia el interior de la pequeña sala—. Estoy acá. No te asustes.

Desde el rincón junto a la cama, una silueta se movió despacio. Yamila se puso de pie, acomodándose la chaqueta de cuero sintético. Tenía los ojos entornados por la repentina luz del pasillo.

—Ya era hora, inspector. Tu amigo el viejo me quería hacer comer de nuevo y... —Yamila se interrumpió en seco.

Camila había dado el paso definitivo cruzando el umbral, quedando justo al lado de Ernesto.

El tiempo pareció detenerse en la habitación. El zumbido del tránsito de la avenida se desvaneció por completo.

Yamila se quedó petrificada. Sus ojos almendrados se abrieron con un pánico salvaje que mutó de inmediato en un asombro absoluto. Camila, por su parte, se llevó una mano a la boca, ahogando un gemido.

Frente a frente, a menos de tres metros de distancia, las dos mujeres se miraron. Era como estar paradas ante un espejo distorsionado por el tiempo y el dolor. El mismo nacimiento del cabello castaño, las mismas facciones exactas, la misma forma de los hombros. Pero en Yamila, la vida había dejado las marcas de la intemperie, la cicatriz fina en el pómulo y una mirada endurecida por el desprecio. En Camila, el rostro reflejaba la inocencia rota de quien lo ha tenido todo sin saber el precio.

Yamila dio un paso atrás, chocando con el borde de la cama. Miró a Ernesto, luego a Camila, y su respiración comenzó a acelerarse, volviéndose corta y violenta.

—Es ella... —susurró Yamila, con la voz más rasposa que nunca, cargada de un veneno que nacía del dolor—. Trajiste a la cheta de la foto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.