Tinta y Cenizas

Capítulo 22: La herida abierta

Camila dio un paso involuntario hacia adelante, estirando una mano con timidez, como si intentara tocar un fantasma para convencerse de que era real. Las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas, pero esta vez no había rastro de la elegancia controlada de la alta sociedad; era el llanto puro de un corazón que se partía en dos. Sus ojos recorrieron las facciones de la otra mujer, buscando en la aspereza de ese rostro las líneas idénticas que cada mañana veía en su propio espejo.

—Sos... sos igual a mí —consiguió decir Camila con la voz quebrada—. Yamila... por favor, mírame.

—¡No te me acerques! —le cruzó Yamila con un grito áspero, dando otro paso hacia atrás hasta quedar arrinconada contra la pared—. No me toques con esas manos de señora bien. ¡Inspector, te dije que no la trajeras! Te dije que no quería verle la cara a esta mina.

La respiración de Yamila era corta, sibilante, cargada con el rastro de la tos que arrastraba desde hacía días. Se frotaba los brazos curtidos por encima de su chaqueta barata, sintiéndose desprotegida, violada en su rincón por la sola presencia de aquella mujer que parecía un insulto vivo a su miseria.

Ernesto se interpuso sutilmente entre las dos, levantando las manos para apaciguar el ambiente.

—Yamila, de verdad, tranquilízate. Camila insistió en venir. Ella no sabía nada de esto, se acaba de enterar hoy. No tiene la culpa de lo que pasó en 1980.

—¡¿Qué no tiene la culpa?! —Yamila soltó una carcajada estridente, violenta, que se cortó con un amago de tos—. ¡Mirala cómo está vestida! Mirá los zapatos que tiene, el olor a plata que junta. Ella se quedó con mi ropa limpia, con mi escuela, con mi comida. Ella se quedó con la mamá que me buscaba, mientras a mí el viejo de mierda que la crió a ella me firmaba el acta de defunción para tirarme a los chanchos. ¡No me digas que no tiene la culpa! Ella vivió mi vida, inspector. Cada año que ella pasó adentro de esa burbuja de cristal, me lo cobraron a mí en el lomo. ¿Me vas a decir que sus colegios caros no se pagaron con mi descarte? ¡Nacimos el mismo día, del mismo vientre, pero ella se quedó con la luz y a mí me empujaron de cabeza al pozo!

Cada palabra de Yamila entraba en el pecho de Camila como un golpe físico. La culpa, un sentimiento denso y asfixiante, la hizo caer de rodillas sobre el suelo del departamento, ocultando el rostro entre las manos. Las baldosas frías y descuidadas del cuartucho del centro se sentían como un castigo merecido. El peso de su apellido, de sus vestidos de cachemira, de sus títulos universitarios y de sus galas benéficas se transformó en un bloque de plomo que le aplastaba la nuca. Todo su pasado, el amor que le profesaba a sus padres, los recuerdos de las navidades perfectas... todo se revelaba ahora como una farsa sangrienta armada sobre el sufrimiento de la mujer que la miraba con odio desde arriba.

—Lo siento... Dios mío, lo siento tanto —sollozó Camila desde el piso, encogida por el dolor—. Yo no sabía... Te juro por mi vida que yo no sabía. Si pudiera cambiar las cosas, si pudiera darte la mitad de lo que tuve... Si pudiera borrar los años y repartir el destino que nos robaron...

Yamila la miró desde arriba, con los ojos inyectados en sangre. El desprecio en su rostro flaqueó por un segundo, dejando ver el abismo de una nena abandonada que solo conocía el maltrato, pero el orgullo de la calle volvió a ganar terreno de inmediato.

—¿Darme la mitad? ¿Qué me vas a dar ahora, cheta? ¿Me vas a enseñar a leer a los cuarenta y seis años? ¿Me vas a borrar las marcas que tengo en el cuerpo? ¿Me vas a devolver las noches que pasé en los boliches del puerto para que tus viejos te pagaran la universidad? ¿Vas a ir a buscar a los camioneros que me compraban cuando era una nena de diez años para pedirles que te devuelvan mi infancia? La plata no arregla esto. Nada arregla esto. Podes vaciar tus cuentas bancarias en mi falda, podes traerme la ropa más fina de Palermo, pero las letras me van a seguir pareciendo dibujos mudos en un papel y el frío de las esquinas no se me va a salir de los huesos jamás. Tu papá me arrancó el derecho a tener un nombre legal, a saber, quién era mi mamá. Vos tenés una historia, Camila; yo solo tengo un prontuario de detenciones en la comisaría del Distrito Sur.

Ernesto se agachó para levantar a Camila del suelo, sosteniéndola con firmeza por la cintura. Sintió el temblor incontrolable en el cuerpo de su esposa, el colapso absoluto de su realidad. Miró a Yamila a los ojos, con la seriedad del policía que sabe que el dolor puede convertirse en un arma peligrosa si no se canaliza hacia la justicia.

—La plata no lo arregla, Yamila, tenés razón —dijo Ernesto, con voz grave—. Pero la justicia sí puede poner las cosas en su lugar. Tu hermana está destruida por lo que hizo su padre, el doctor Elordi. No la mires a ella como si hubiera sostenido la pluma que firmó tu muerte civil. Ella también fue engañada; le construyeron una vida de mentiras para tapar una monstruosidad. Y si de verdad querés que ese tipo pague por lo que te hizo, tenemos que estar juntos en esto. Si nos dividimos por el odio, el viejo gana. Él cuenta con que tu marginalidad te vuelva invisible para los jueces y con que el estatus de Camila lo proteja. Si vos te quedas resentida en este rincón y ella se encierra a llorar en Palermo, el pacto de silencio de 1980 va a quedar impune para siempre.

Yamila clavó la mirada en el inspector, asimilando la frialdad de su estrategia. Luego bajó los ojos hacia el rostro empapado en lágrimas de su hermana gemela, que la miraba con una súplica silenciosa, con los brazos caídos y los hombros hundidos bajo el peso de una verdad que la dejaba tan desamparada como a ella. El odio salvaje de Yamila encontró un límite al ver que la "nena bien" compartía exactamente su misma mirada de orfandad.




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