Yamila se dejó caer de espaldas sobre el colchón de la cama, exhausta, como si la furia acumulada le hubiera vaciado el cuerpo de golpe. Miró el techo descascarado del departamento, frotándose la frente con la palma de la mano áspera. El aire en la habitación parecía haberse enfriado súbitamente, dejando solo el rastro de los gritos y el sutil temblor de sus propios dedos agrietados.
—Sácala de acá, inspector —pedió con una voz que ya no tenía veneno, solo un cansancio infinito—. Sácala porque me hace mal verla. Me hace acordar a todo lo que no fui. Cada vez que parpadea me parece ver mi propia cara, pero limpia, bien comida, como si el destino se estuviera burlando de mí en este cuartucho de mala muerte.
Camila, sostenida por el brazo de Ernesto, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Ver la rendición de su hermana, ese dolor mudo y despojado de gritos, la golpeó con más fuerza que cualquier puteada. Se soltó suavemente del agarre de su esposo y dio un paso hacia la cama, manteniendo una distancia prudencial, respetando el invisible muro de desconfianza que Yamila había levantado a su alrededor.
—No me voy a quedar de brazos cruzados, Yamila —dijo Camila, con una firmeza nueva que le nació del centro del pecho, quebrando la fragilidad de su voz—. El hombre que me crio cometió un crimen monstruoso. Te robó la vida a vos y me mintió a mí durante toda mi vida. No voy a seguir siendo su cómplice. Cada día que pase guardando silencio o fingiendo que mi realidad sigue siendo perfecta, voy a estar hundiéndote un poco más en ese barro del que Ernesto te sacó.
Yamila soltó una risa amarga, sin quitar la vista del techo. Una risa seca que cortó el ambiente como una navaja oxidada.
—¿Y qué vas a hacer, cheta? ¿Le vas a gritar un rato en el living de su casa de ricos? ¿Vas a ir a romperle los portarretratos de plata o a tirarle el whisky importado por la alfombra? Al viejo le va a importar un carajo. Tipos como ese doctor tienen el lomo de acero. Se te va a reír en la cara y te va a mandar a tomar una pastilla para los nervios.
—No le voy a gritar —respondió Camila, volviéndose hacia Ernesto con una mirada decidida—. Vamos a hacer que confiese, Ernesto. Vos dijiste que, si íbamos a la justicia con las fotos del libro, sus abogados iban a buscar la forma de zafar. Van a decir que los papeles del norte están alterados, que la humedad borró las firmas o que el delito prescribió por los cuarenta y seis años que pasaron. Pero si él lo dice de su propia boca, frente a un juez o una grabación, no va a tener escapatoria. Si destruimos su coartada desde adentro de su propio despacho, no habrá dinero ni bufete de abogados que pueda salvarlo de la cárcel.
Ernesto la miró, sorprendido por la velocidad con la que el dolor de su esposa se estaba transformando en una fría determinación. La mujer educada, frágil, habituada a los modales refinados de Palermo, parecía haber desaparecido bajo una coraza de pura audacia. El instinto policial le dijo que Camila tenía razón: la psicología de Arturo Elordi era su punto más débil. El viejo doctor era soberbio; creía que su secreto estaba enterrado para siempre y que nadie se atrevería a cuestionar su autoridad. La soberbia es el peor enemigo de un criminal, el cabo suelto por donde siempre termina rompiéndose la soga.
—¿Qué estás pensando, Camila? —preguntó Ernesto, acercándose a ella, bajando el tono para no romper la tensa calma del ambiente.
—Papá me llamó ayer porque estaba preocupado por tus preguntas, Ernesto. Sabe que estuviste hurgando en su pasado y el miedo lo está carcomiendo por dentro, aunque intente simular lo contrario. Vamos a usar esa preocupación en su contra. Lo voy a citar mañana en su despacho, a solas. Le voy a decir que vos encontraste algo en el norte y que nuestro matrimonio se está rompiendo por culpa de sus secretos. Lo voy a acorralar desde el afecto, desde su miedo a perder de verdad a su única hija, la heredera del apellido que tanto le costó limpiar. Va a hablar. Sé cómo mirarlo, sé qué silencios usar y sé exactamente cómo hablarle para que baje la guardia y se justifique ante mí.
Desde la cama, Yamila se incorporó un poco, apoyándose en los codos. Miró a su hermana con una mezcla de desconfianza y una pizca de respeto que no quiso admitir. Había algo en la mirada de Camila, un destello oscuro y afilado, que le recordó a las mujeres de los boliches del puerto cuando salían a defender lo suyo. El barniz de la alta sociedad se le estaba cayendo a pedazos, dejando ver una fibra dura.
—El viejo es un zorro, cheta. Pasó toda la vida caminando entre la mierda sin mancharse los zapatos finos. Mirá que si se da cuenta de la jugada, te va a mentir en la cara, te va a dar vuelta la tortilla y te la vas a tener que comer entera —advirtió Yamila, entornando los ojos.
—No se va a dar cuenta —sentenció Camila, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. No va a ver la trampa porque cree que soy de su propiedad, que me moldeó demasiado bien como para que me rebele. Y, sobre todo, no se va a dar cuenta porque por primera vez en mi vida, le voy a estar mintiendo yo a él.
Ernesto miró a ambas mujeres, sintiendo que un hilo invisible pero indestructible acababa de coser el abismo que las separaba. El plan era sumamente peligroso, ponía a Camila directamente en la línea de fuego contra un hombre poderoso y sin escrúpulos, pero era la única oportunidad real de atrapar al doctor Elordi en su propia red de mentiras y vicios legales. El juego de espejos estaba listo para la última función.