La mañana siguiente comenzó con un silencio helado en el departamento de Palermo. Ernesto desplegó sobre la mesa ratona del living un pequeño maletín negro que contenía el equipo de la delegación: un micrófono del tamaño de un botón de camisa y un transmisor digital de alta ganancia.
Camila observaba los dispositivos sin decir una palabra, vestida con un traje sastre oscuro que usaba para las reuniones de la fundación. Su rostro estaba pálido, rígido, como si se hubiera puesto una máscara de porcelana para ocultar el temblor de sus nervios.
—Ponete derecha, Camila —le pidió Ernesto con suavidad, acercándose con el cable delgadísimo en las manos.
Ella levantó el mentón. Ernesto deslizó el micrófono por debajo del cuello de su camisa de seda, fijándolo con una cinta adhesiva médica al reverso de la solapa del saco. Sus dedos, usualmente firmes para el trabajo policial, flaquearon un segundo al rozar la piel fría de su esposa.
—El receptor va a estar en mi auto —explicó Ernesto, conectando los auriculares a su propia terminal—. Voy a estar estacionado a la vuelta de la casa de tus padres, a menos de cincuenta metros. Martínez y mi colega retirado se van a quedar cuidando a Yamila en el centro. Todo lo que digas, todo lo que tu papá responda, va a quedar grabado en un servidor encriptado de la comisaría.
Camila bajó la mirada hacia el pecho, acomodándose la tela del saco para asegurarse de que el dispositivo no se marcara.
—Si él se da cuenta... —susurró, y por primera vez en el día la máscara mostró una fisura.
—Si te sentís en peligro, si notas que la situación se va de las manos, decí la frase: "Tengo que revisar el auto". Esa va a ser nuestra señal de alerta. En diez segundos rompo la puerta de la casa, ¿está claro? No me importa la chapa de inspector ni la propiedad privada.
Camila asintió. Se miró en el espejo del recibidor antes de salir. Ya no veía a la mujer perfecta y afortunada de la semana pasada; veía una réplica exacta de Yamila, armada con una audacia que nunca pensó tener.
A las once de la mañana, el automóvil de Camila se detuvo frente a la residencia de los Elordi. Ernesto dio la vuelta a la manzana y estacionó en una calle lateral, a la sombra de unos plátanos viejos. Se colocó los auriculares y encendió el grabador. El sonido de la respiración agitada de Camila empezó a transmitirse de inmediato, limpia, directa, directo al centro de su oído.
Camila bajó del auto, caminó hacia la entrada principal y tocó el timbre. El avance seguía siendo lento, tortuoso, pero el mecanismo de la trampa ya se había activado y el doctor Arturo Elordi no tenía idea de que su propia hija llevaba el anzuelo pegado al pecho.