El sonido metálico del picaporte de la entrada principal resonó en los auriculares de Ernesto con una nitidez aterradora. A través de la transmisión, se escuchó el chirrido de la puerta de madera pesada al abrirse y la voz pausada de la empleada doméstica saludando a Camila.
—El doctor está en su despacho, señorita Camila. Pase, por favor.
Los pasos de Camila sobre las alfombras gruesas de la mansión se oían rítmicos, pero acelerados. Ernesto, en el auto a la vuelta de la manzana, cerró los ojos y apretó los auriculares contra su oído, conteniendo la respiración.
La puerta del despacho se abrió.
—Camila, mi amor. Qué sorpresa —la voz del doctor Arturo Elordi entró en la frecuencia, profunda, paternal, cargada de esa fingida calidez que ahora a Ernesto le revolvía el estómago—. Pensé que tenías una reunión en la fundación hoy.
—La suspendí, papá —respondió Camila. Su voz sonaba firme, pero Ernesto detectó el sutil temblor en las consonantes—. Necesitaba hablar con vos. A solas.
Se escuchó el sonido sordo de la puerta al cerrarse y el crujido del sillón de cuero donde Arturo solía sentarse. El silencio que siguió fue denso, roto únicamente por el roce lejano de unas hojas de papel.
—Te escucho, hija. Estás muy pálida. ¿Qué pasa? ¿Tiene que ver con Ernesto?
—Tiene que ver con todo, papá —dijo Camila, dando un paso que hizo crujir el piso de madera—. Mi matrimonio se está destruyendo. Ernesto volvió anoche del norte. Pasó días enteros metido en los archivos de la provincia, buscando papeles, actas... Está obsesionado, papá. Dice que encontró una irregularidad gravísima en mi registro de nacimiento de 1980.
Un silencio pesado cayó en el despacho. A través del micrófono, Ernesto no podía ver el rostro de su suegro, pero el cambio en el ritmo de su respiración fue evidente: se volvió más corta, más contenida.
—¿Una irregularidad? —la voz de Arturo perdió un gramo de su suavidad habitual, tornándose más dura, más clínica—. Te lo dije el otro día, Camila. Tu esposo está bajo mucha presión por su trabajo policial. No hay ninguna irregularidad. Naciste en la Clínica San Miguel, yo mismo supervisé...
—¡Deja de mentirme, papá! ¡Por favor, te lo pido! —el grito de Camila fue espontáneo, cargado de una angustia real que no tuvo que fingir—. Ernesto me mostró las fotos. Estuvo en el hospital rural de Santa Rosa. Vio el libro de partos del 14 de abril de 1980. Vio el nombre de Elena Flores. Y vio tu firma, papá. Tu firma anulando el nacimiento de una de las gemelas.
El golpe directo al centro del secreto fue tan limpio que, del otro lado de la línea, solo se escuchó el sonido de una lapicera cayendo sobre el escritorio de roble.
—Camila... —empezó Arturo, pero su voz sonó de repente más vieja, despojada de su inmunidad aristocrática.
—Ernesto me va a denunciar, papá. Va a llevar esas fotos al juzgado federal —continuó Camila, apretando el acelerador de la celada—. Dice que es un delito de lesa identidad, que es un secuestro. Me va a dejar, va a destruir esta familia. Yo necesito saber la verdad para defendernos. Decime que hay una explicación. Decime por qué fuiste a ese pueblo en 1980 y por qué me trajiste a mí diciendo que era tu hija.
En el auto, Ernesto sentía el sudor frío corriéndole por la espalda. Camila lo estaba haciendo perfecto, acorralando al viejo doctor desde su punto más débil: el miedo a perder el control y el amor de la única hija que había moldeado a su imagen y semejanza.
Arturo Elordi soltó un largo suspiro, un sonido áspero que quedó registrado en la cinta digital. El silencio que siguió fue el de un hombre que, acorralado por las cuerdas del destino, decide soltar la primera carta de su propia condena.