Tinta y Cenizas

Capítulo 26: La confesión del cirujano

El crujido del sillón de cuero se escuchó nítido en los auriculares de Ernesto. El doctor Arturo Elordi se había reclinado, derrotado por la urgencia y el dolor en el llanto de su hija. Cuando volvió a hablar, su voz ya no era la del respetado médico de alta sociedad; era la de un hombre cansado, acorralado por los fantasmas de un siglo pasado.

—Sentate, Camila. Por favor —pidió Arturo, con un tono extrañamente plano—. Si tu esposo tiene esas fotografías... entonces ya no tiene sentido seguir sosteniendo una fachada que se está cayendo.

Se escuchó el sonido de unos pasos cortos. Camila se sentó frente a él. Ernesto, en el auto, apretó los puños sobre el volante, conteniendo el aliento. El grabador digital seguía registrando cada milisegundo.

—Tu madre y yo estábamos desesperados, Camila —comenzó el viejo doctor, y su voz empezó a recuperar esa fría justificación clínica que lo caracterizaba—. En 1980, la medicina no tenía los avances de hoy para la fertilidad. Llevábamos diez años buscando un hijo. Beatriz se estaba hundiendo en una depresión terrible y nuestro matrimonio se disolvía. Ese viaje al norte... no fue una coincidencia. Yo sabía que, en esos hospitales rurales, donde la miseria lo domina todo, las leyes no existían.

—¿Fuiste a buscar un bebé? —la voz de Camila sonó ahogada, temblorosa por el micrófono.

—Fui a buscar una vida para tu madre —corrigió Arturo, sin pizca de remordimiento—. El 14 de abril, esa mujer, Elena Flores, entró en la sala de partos. Ya tenía tres hijos desnutridos en un rancho de adobe y un marido alcohólico que la golpeaba. Cuando nacieron las gemelas, sanas, perfectas... yo lo vi con total claridad. Esas niñas estaban condenadas a la muerte por hambre o a la miseria más absoluta si se quedaban ahí. Yo no cometí un crimen, Camila. Yo te salvé.

—¿Me salvaste? —la indignación de Camila empezó a quebrar la actuación, tornándose en pura furia—. ¡Me robaste, papá! ¡Le mentiste a una madre!

—Le pagué al director del hospital rural para que mirara hacia otro lado, y firmé esa anotación —continuó Arturo, elevando levemente la voz, defendiendo su soberbia—. Elena Flores nunca supo que eran dos. Estaba sedada por las complicaciones del parto. Cuando se despertó, le entregamos una sola niña. Le dije que la otra había nacido muerta, óbito, y que la habíamos enterrado siguiendo el protocolo sanitario. No sufrió por lo que no sabía que tenía.

Un silencio espeso se apoderó de la transmisión. En el auto, Ernesto sintió náuseas. La frialdad con la que el médico narraba la manipulación de una vida humana era escalofriante.

—¿Y por qué me elegiste a mí? —preguntó Camila, y su voz en los auriculares sonó como un hilo de seda a punto de cortarse—. ¿Por qué me trajiste a mí y.… y dejaste a la otra? Había otra bebé ahí, papá. Era idéntica a mí. Era mi hermana.

Arturo soltó un suspiro pesado, impaciente.

—Porque el trato original con el intermediario del pueblo era por un solo bebé, Camila. Yo no podía aparecer en la ciudad con dos recién nacidas de la nada sin levantar sospechas en el Registro Civil, ni siquiera con mis contactos. Tuve que elegir. Te revisé personalmente en la camilla de recepción. Eras un miligramo más fuerte, tenías mejor reflejo de succión. La otra... la otra tenía un llanto más débil. Pensé que no sobreviviría la semana. Se la dejé a los parientes de la madre, a la gente del campo. Lo que haya pasado con ella después ya no era mi responsabilidad. Yo te di un futuro, una educación, un apellido. Todo lo que sos, me lo debes a mí.

—¿Un futuro edificado sobre un cadáver ficticio? —le escupió Camila, y el sonido de su silla al correrse bruscamente indicó que se había puesto de pie—. Sos un monstruo, papá. Sos un monstruo.

—Cuida tus palabras, Camila —le advirtió Arturo, y su voz recuperó una autoridad gélida y peligrosa—. Si Ernesto decide usar esas fotos, no solo me va a destruir a mí. Te va a destruir a vos. Va a tirar tu apellido al fango, tu fundación, tu estatus. Decile a tu esposo que piense muy bien su próximo paso. En este mundo, la policía se compra. Y si él quiere jugar al héroe, puede terminar muy mal.

En el auto, Ernesto se quitó los auriculares de golpe. Tenía la confesión completa, grabada de la propia boca del cirujano. Ya no hacía falta estirar más la agonía de Camila. Encendió el motor del auto, puso primera y avanzó hacia la entrada de la mansión. La hora de la verdad de los Elordi había llegado a su fin.




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