Lia.
—Su examen final será distinto este cuatrimestre —anunció la profesora, de pie frente al escritorio, con esa voz que siempre sonaba a noticia importante—. Deberán cubrir una entrevista a algún deportista, director técnico, coach... lo que ustedes decidan.
Un murmullo recorrió el salón.
—¿Pero cómo haremos eso, profe? —preguntó un compañero desde las filas del fondo.
—Mi idea es que lo hagan en un partido. Fútbol soccer, americano, lo que prefieran. Con sus credenciales de periodista tendrán acceso al estadio.
Sentí como mi rostro se iluminaba. Periodista. Esa palabra me atravesó el pecho. Desde los dieciocho años sueño con estar ahí: cerca de las canchas, de la pasión, de ese mundo que se respira a gritos en cada tribuna.
—Pues que sea así, ¿no? —me atreví a opinar.
La mayoría asintió. Y así, cada quien empezaría a elegir a su entrevistado. Yo no tuve dudas: ya sabía exactamente hacia dónde me llevarían esos gafetes de prensa.
Porque desde los seis años, cuando pisé por primera vez el estadio con mi jersey blanco, supe que ese lugar me pertenecía. Ese día eran cuartos de final contra los eternos rivales, y la Fortaleza vibraba como un monstruo vivo: cánticos, tambores, banderas. Nunca más quise estar lejos de ahí.
Los Búfalos de Monteverde, el equipo de mis amores. El club más grande del país, con 9 títulos de liga y 7 internacionales. Orgullo de nuestra universidad, el equipo del pueblo. Los vecinos de enfrente, con sus 5 y 5, podrán creerse lo que quieran, pero en la cancha nunca han podido con nosotros.
La rivalidad entre estos dos equipos se origina en 1960/1970 cuando ambos clubes comenzaron a establecerse como fuerzas competitivas en el fútbol del país. Ambos son dos equipos muy pasionales, muy reconocidos, muy entregados. Lo único que los diferencia es que, Monteverde se asocia con el poder económico y se le conocía como el equipo de los ricos. Por eso su afición es así como muy alzadita, algunos, claro.
Mientas que búfalos es todo lo contrario, es el equipo del pueblo, que fue creado para representar a la preparatoria y a la universidad independiente de Monteverde.
Por mi parte, tuve la fortuna de ver al equipo de mis amores ser campeón tres veces, los últimos dos títulos de liga y el último internacional, obviamente apoyándolos desde la tribuna terminando sin voz de los gritos de gol y los cánticos junto con toda la afición.
—Todos serán evaluados el próximo viernes —cerró la profesora mientras repartía los gafetes—. Si es fútbol, aprovechen la doble jornada.
Cuando salió del aula, me dejé caer en el respaldo de mi asiento con una sonrisa tonta en los labios.
—Por favor dime que tienes boletos para el partido de este fin —me susurró Val, mi mejor amiga.
La miré divertida.
—Si tu papá se entera que vas al estadio de los Búfalos, te deshereda.
—¡Es por mi calificación! —rió.
—Tengo tres boletos, pero como periodistas ni los necesitamos —enarqué una ceja.
—Perfecto, entonces me voy al Máximo.
Val y su familia eran fieles a los del otro lado de la ciudad. Yo, en cambio, había nacido y crecido búfalo. Y aunque éramos rivales desde siempre, nuestra amistad sobrevivía a cualquier clásico.
—Nos vemos el domingo en la tarde, ¿va? —me guiñó un ojo.
—Va —respondí recogiendo mis cosas.
[...]
—¡YA LLEGUÉ, MAMI! —anuncié entrando a casa.
Mamá salió de la cocina con la misma sonrisa de siempre. La abracé y le dejé un beso en la mejilla.
—¿Cómo te fue?
—Adivina.
—Si me dices que insultaste otra vez a un maestro, ahora sí te doy de baja —dijo arqueando la ceja.
Reí a carcajadas —Oye, ¿con quién crees que hablas?
—Contigo. Por eso lo digo.
—Ok, gracias. —me crucé de brazos exagerando—. Pero no, tengo que entrevistar a alguien.
—Hazlo conmigo, tengo buenas historias de cuando era chiquilla.
—No mami, tiene que ser un futbolista o un técnico.
Me sonrió con picardía—Déjame adivinar... Grossi.
—Tengo tres opciones —dije casi sin respirar—: Grossi, Lizardo o San Tahiel.
Grossi, el delantero estrella, quién portaba la camiseta desde hace casi diez años. Lizardo, nuestro capitán, pura garra. Tahiel, el portero muro.
Nuestras leyendas, nuestros viejitos, quiénes llevan entre nueve y once años en el club
Mamá me acarició la mejilla.
—Me encanta verte así, con brillo en los ojos. Te queda.
—Nada me va a detener, mami. Aunque no sea como yo soñaba, estoy ahí.
[...]
Luca, mi amadisimo hermano mayor trabaja desde casa, entonces se la pasa todo el día encerrado en su habitación y mi actividad favorita es ir a hacerlo merecedor de mi presencia.
—Toc toc.
Hice ruidito antes de entrar, cuando lo hice, lo vi sentado frente al ordenador tecleando como loco.
—¡Mi chismosa casi profesional!
Me senté sobre su cama, le sonreí mientras se giraba para verme— Cubriré deportes, no haré ningún chisme.
—Eso no lo sabes, quizá algún día te toque decir algo así cómo... mhm —pensó— Messi se puso ebrio y bailo sobre una mesa. Sería un buen chisme.
—Eso entra más en espectáculos.
—Espectaculo. Chisme de Messi. Messi futbolista. Fútbol, deporte. Periodista deportiva.
Reí ligeramente, me acomode sobre la cama y me decidí a hablar —Imagina que eres Grossi, me ves y te tengo que hacer una entrevista ¿qué harías?
Me miró, dudoso— Corro a lado contrario.
Le aventé un conejito de peluche que tenía sobre la mesita de noche.
—¡Es en serio! —lo miré mal pero con algo de diversión—. Mañana iré al Fortaleza, no iré como aficionada sino como periodista y tengo que entrevistar a alguien de mi preferencia.
Sus ojos se abrieron mucho, un poco más y casi saltan en mis manos.
—Ensaya. La última vez que estuvimos frente a él no sabías ni mencionar tu nombre.
Es verdad, hace más o menos 6 o 7 meses, estuvimos en una firma de autógrafos, nunca lo había tenido tan cerquita. Hasta su olor me llegó.