Lía.
—Quedamos guapísimas.
—Es que mírate nada más ese cabello, amor. Te ves hermosa.
La abrace de lado mientras caminábamos hacia donde estaba Sofía.
—Tú haces que quede guapa.
—Tú ya eres guapa.
Me decidí a usar un look que me hace sentir entre rebelde y coquetona. Arriba llevo un top negro ajustadito, que marca la figura sin necesidad de tanto adorno. Encima, la chaqueta de piel negra oversized, que cae suelta y le da ese aire de chica misteriosa.
Chica chismosa.
Abajo elegí una falda de mezclilla azul clara, cortita pero con corte recto, básica y versátil, que equilibra perfecto la intensidad del negro. En los pies llevo unas botas negras de tacón alto con plataforma, pesadas, de esas que me hacen sentir poderosa con cada paso.
Y la cereza del pastel: una bolsa negra YSL chiquita, minimalista, que eleva todo el conjunto.
Bolsa en la que no cabe nada más que mi celular, un gloss y dinero.
El maquillaje era bastante simple, lo que resaltaba más era el color vino tinto de mis labios que con el gloss había que brillarán increíble.
Me sentía poderosa, no podía negarlo.
En el cabello... Mi cabellito corto que llega a la línea de la mandíbula. No sé cómo se las arregla Val para hacerle ondas y que se vean hermosas.
Me detuve cuando vi una personita conocida, sonreí y le señalé a Val.
—¡SOFÍA! —grité detrás de ella.
Sonreí al ver qué volteaba confundida, cuando por fin logro verme se acercó rápidamente y me envolvió en un abrazo cálido.
Abrazo que ya había olvidado como se sentía.
Ya habíamos llegado al Club. Club Ámbar.
Me separé de Sofy con una sonrisa aún en el rostro— Me tienes demasiado olvidada.
Sofy y yo habíamos estado juntas en segundo cuatri. Nos conocimos porque una persona desagradable (mi ex) era amigo suyo, y de alguna u otra forma él hizo que nuestras vidas se cruzaran.
Ella es una personita preciosa que amo demasiado. Tiene una luz increíble. Brilla por sí sola y jamás deja de brillar. Es de esas amigas que no necesitan decir mucho para hacerte sentir acompañada, porque con solo estar, ya lo cambia todo.
Sofy siempre tiene palabras que reconfortan, incluso en los días más pesados. Tiene esa risa que contagia, esa manera de ver la vida que hace que quieras estar cerquita de ella. La admiro por la forma en la que enfrenta todo, por cómo nunca deja de ser auténtica.
Con ella aprendí que hay amistades que se sienten como hogar: cálidas, seguras, llenas de cariño verdadero.
—Demasiado estrés académico, Li. Perdoname.
Pasó a saludar a Val de la misma manera, abrazándola con fuerza. Tome a ambas de la mano y empecé a caminar hacia la entrada.
—Pues adiós estrés académico. Hola noches con mis personas favoritas.
Entramos animadas, nuestras otras cinco acompañantes ya nos esperaban.
Ámbar
Un club de ambiente sofisticado y moderno. Al entrar, lo primero que se nota son las luces doradas y anaranjadas, como si todo el lugar estuviera bañado en la calidez del ámbar. Las paredes tienen detalles en madera oscura y espejos que amplían el espacio.
La pista de baile es amplia, iluminada con luces que se mueven al ritmo de la música, pero nunca demasiado exageradas, lo que más llama la atención son los tonos cálidos, lo que lo hace diferente de los típicos antros llenos de neón.
Esos hacen que me duela la cabeza, la verdad.
Cuenta con dos pisos, en el de abajo, están las personas que vienen a disfrutar la noche, a bailar y algunos a ponerse ebrios. Arriba, zona vip, la música suena menos, cada quien tiene un barman a su disposición.
He estado solo una vez ahí. Y fue porque le gane una apuesta a mi hermano.
En las barras, brillan botellas perfectamente acomodadas y los bartenders sirven tragos que también juegan con ese concepto: cócteles con tonos dorados, naranjas y rojos intensos.
La música varía: reguetón elegante, pop latino y un poco de salsa moderna. El DJ sabe cómo mantener la energía arriba sin perder el toque.
El lugar suele estar lleno de gente que quiere verse bien: chicas con vestidos ajustados, chicos con camisas abiertas, todos buscando bailar, beber y dejarse ver.
La noche empezó tranquila.
Estuvimos platicando todas un rato. Luego Analí se levantó a bailar con Yas y Hanna. Sofy, Nicole y Dina, Val y yo, nos quedamos en la mesa tomando algo ligero.
Nadie quería terminar ebria ¿verdad?
—¡Ya basta! —Yas se acercó a nosotras con el entrecejo fruncido—, no vinimos a platicar de la vida, vinimos a divertirnos.
Y así, terminamos las ocho bailando en el centro de la pista.
Estuvimos así un muy bien rato, todas en un círculo. Si, como tías en bautizo.
Pasaba el rato, pasaban las canciones y no parábamos, como si en el lugar no existieran otras personas además de nosotras. Y, sinceramente, era todo lo que necesitaba.
Todo iba genial hasta que me sentí asquerosamente acalorada, me abaniqueé con la mano, Val lo notó.
—Ire por algo a la barra.
Asintió y siguió bailando.
Caminé hacia la barra y pedí un daiquiri. El barman me miró con una sonrisa y me lo sirvió con un guiño.
—Esta la invita la casa —me dijo— ¿Vienes con tu acompañante?
¿De que hablamos bro?
¿De Val? Ella no es mi acompañante, es mi esposa.
No respondí, no le importaba.
Me giré y vi a Val bailando con todas. De repente, sentí una mirada sobre mí. Dos chicas me estaban mirando con curiosidad. Una de ellas le susurró algo al oído a la otra, y ambas me miraron con interés.
Me sentí incómoda y decidí unirme a mis amigas de nuevo. Odiaba que me vieran de esa manera. Con paso apurado pero sin perder la calma fui directo hacia ellas, Hanna me tomó de la mano y empezamos a bailar juntas.
Dando vueltas al son de la música, mi mirada se detuvo en el piso de arriba. Y por milésima vez en la noche, volví a sentir una mirada. Solo que está vez, no me sentí acosada.