Las horas pasaron, Jhonatan poco a poco perdió altura hasta aterrizar lo más suave que pudo en el agua. Luis tiró de una cuerda que desplegó flotadores a los lados, asegurando su flotabilidad mientras Jhonatan apagaba sus llamas, dejándose caer. Fue atrapado por Kiano y Carolina, quienes lo acostaron en el suelo.
—Ya... Los llevé tan lejos como pude... —suspiró. El ataque del gigante le había dejado una gran quemadura en el costado y bajo el brazo derecho—. Voy a dormir un ra...
—¡NO! —gritaron todos.
Con el botiquín trataron la herida lo mejor que pudieron y, después, sus propias heridas. Luis tomó la radio, activando la señal de S.O.S., por lo que ahora solo quedaba esperar. Con la luna en el cielo fue mucho más fácil ver las luces de un barco cercano en el horizonte. Llamaron su atención con una bengala.
—Por fin algo de suerte... —afirmó Carolina, agotada.
Cuando el barco los alcanzó, el primero en asomarse por la proa fue una cara conocida.
—¿¡Están todos bien!? —era Ricardo, conmocionado.
—¿Ri...!? ¿¡Pero qué haces aquí!?
—¿¡Cómo que qué hago, mamerta!? ¡Vine a buscarte! —Se dio la vuelta, empezando a dar órdenes a la tripulación.
Al poco tiempo, con una grúa engancharon la barquilla, subiéndolos a la cubierta, que estaba llena con el resto de supervivientes del archipiélago. Ricardo rápidamente los llevó a la enfermería para tratar sus lesiones.
—Rápido, acuéstense —ordenó—. Díganme qué pasó... Espera... ¿Dónde está Yaya? —Volteó a ver a Valeria, dándose cuenta de que tenía la macana de la anciana—. Oh...
—Rick... —Carolina, agotada, se acercó—. Fue una misión muy difícil, te daremos los detalles luego... —Le dio un fuerte abrazo—. Me alegra verte...
Ricardo la sostuvo cuando la sargento perdió fuerza y la ayudó a acostarse mientras los enfermeros comenzaban a suministrar sueros para su envenenamiento. Los doctores rápidamente los revisaron y tabillaron sus extremidades fracturadas. Las horas pasaron mucho más rápido en la seguridad del barco, que emprendió rumbo a casa al ya no tener espacio para más supervivientes.
—Ya no se ve tan mal... —mencionó Valeria, viendo la mano de la sargento que había recuperado algo de color—. ¿Cómo se siente...?
—Bien... Todo... Me está dando vueltas...
—No te esfuerces, recuerda que el tratamiento es muy fuerte, solo relájate —le sugirió Ricardo.
Al verla a los ojos se notaba que estaba bastante ida, tanto que Ricardo le limpió un hilo de saliva de la barbilla.
—En ese caso... Iré a descansar. —Valeria se levantó.
—Espera... ¿Quieres que te traiga algo de café y conversamos?
—Bueno... Sí, creo... Creo que eso estaría bien.
Sentados en su cama, Valeria relató lo que había ocurrido a detalle.
—¿¡Una bomba!? ¿Luis desde cuándo sabe hacer eso!?
—Jaja... Es que... Yaya... —Al mencionarla hizo una pausa para secarse los ojos con su camisa.
—Tómate tu tiempo...
Al terminar el relato, Ricardo le dio el último sorbo a su café. Había escuchado atentamente cada palabra, tratando de verse lo más comprensivo posible.
—Y entonces nos encontraste...
—Lamento mucho todo lo que pasó...
—Fue... Aterrador... —Respiró profundo—. Pero... Ya no quiero hablar de eso. Tú, ¿cómo terminaste aquí?
—Por Zoé. Cuando nos llegaron las llamadas de socorro del archipiélago, el centro de mando se volvió loco... Todos iban de un lado a otro, desviaban a los barcos y águilas que iban en camino, llamaban a todas las tierras altas vecinas... Pero no podía quedarme quieto en la oficina, me escapé por una ventana durante mi descanso y me presenté aquí como voluntario.
—Eso... ¿No te meterá en un problema?
—Ya pensaré en eso después. Por mientras, descansa, iré a ver cómo está el resto.
Valeria lo siguió con la mirada hasta posarla en el resto de su grupo, que descansaba en sus camas, lidiando con sus propios problemas. Debían ser ya las 3 de la mañana. Se acostó con un brazo afuera para tocar la macana de Yaya, que estaba en el suelo.
—Los miembros del escuadrón de reconocimiento del abismo, repórtense a cubierta. —Se escuchó por los altavoces.
—¿Y ahora estos qué quieren...? —Se quejó Luis.
—No creo que sea algo bueno... —mencionó Ricardo—. Los alcanzaré en un minuto.
El grupo, como pudo, se levantó. Luis se encargó de ayudar a Carolina a caminar hasta que todos subieron a cubierta, donde una barquilla bastante grande los esperaba con una tropa de soldados. Una fuerza mixta de todos los Titanes.
—Eeeeh... ¿Esto es para nosotros? —preguntó Valeria.
—Así es. —uno de los soldados se bajó de la barquilla; tenía la máscara ornamentada de serpiente, anunciando su alto rango en la milicia de Zoé, pero esta estaba pintada de negro—. Han sido convocados a la reunión de emergencia del sindicato.
—¿El sindicato? ¿De qué titán? —preguntó Kiano.
—De todos. Los escoltaremos al punto de reunión para dar testimonio de lo ocurrido en el archipiélago. —de su cinturón sacó unas esposas.
—¡Hey, hey, espera! ¿¡Nos están arrestando!? ¿Bajo qué cargos? —les reclamó Luis.
—Esto solo es protocolo.
—¿¡Qué protocolo!? ¡Yo no voy a...!
—Luis, calladito te ves más bonito. —se apresuró a decir Ricardo, saliendo detrás de ellos tras cambiarse la ropa de trabajo por uno de sus trajes característicos—. Soy el oficial a cargo y representante de este escuadrón, los acompañaré. —Mostró su placa y credencial.
—Usted no fue convocado.
—Y según el artículo 3 de los estatutos del sindicato, todo aquel que sea convocado tiene derecho a un representante que lo defienda en caso de ser juzgado.
—¿Y cómo sabe que serán juzgados?
—Porque no nací ayer. —Volteó a ver al grupo.
—¿¡Ricardo, qué está pasando!? —preguntó Luis.
—Si mi intuición no me falla... El sindicato está muy enojado y están buscando culpables.