Titanes Abisales: Runas perdidas

33. Sendero agrietado

En el Mar Tenue, Ngai continuaba con su patrullaje eterno. Caminaba despacio, con un equilibrio perfecto, no solo para no perturbar a las personas que cargaba en sus hombros, sino también para no alterar el mar más de lo necesario, previniendo la creación de olas gigantes que chocarían contra las costas de las tierras altas. Podía tardar días o semanas en dar un solo paso. En ese día tan silencioso, de reojo, vio la baliza de su hermana Zoé destacar en la neblina por apenas un instante antes de ser apagada por un destello morado.

En la torre del Oyente de Ngai, ubicada en su nuca, el Oyente y sus consejeros estaban reunidos una vez más para discutir los asuntos logísticos en la defensa del Mar Tenue.

—En conclusión, debemos retrasar la segunda campaña al Mar Profundo. En caso de fracasar, no tendremos suficientes efectivos para proteger el Mar Tenue de un contraataque. Debemos aumentar nuestros números —concluyó el anciano consejero.

—Tonterías. Repetiste la misma presentación hace dos años. Con esa mentalidad de que nunca es el momento, deberíamos retirar nuestra participación en la campaña directamente —replicó el segundo anciano.

Nuevamente, el consejo de ancianos empezó a discutir. El Oyente, en su trono, escuchaba cada palabra con cuidado, tratando de entender cada perspectiva en busca de una solución. Parecía un día normal como cualquier otro... hasta que su trono comenzó a emanar un brillo cegador por unos pocos segundos.

Todos guardaron silencio, esperando que el Oyente transmitiera la voluntad de su titán, pero este, sin perder tiempo, se levantó de un salto y, desesperado, corrió sobre la mesa para llegar al extremo opuesto de la sala. Desplegó un panel de control oculto en la pared tras arrancar la tapa con fuerza bruta. De su máscara sacó una llave que insertó en una ranura del panel, desbloqueando un gran botón rojo que presionó con un rotundo golpe.

Toda la torre entró en alerta. Las luces se tornaron rojas mientras los altavoces anunciaban en bucle:

—Inicien protocolo de invasión. Un titán enemigo ha surgido. Esto no es un simulacro.

La noticia paralizó al personal, que no podía creer lo que escuchaba, hasta que los gritos desde lo alto, provenientes del Oyente y su consejo, acompañaron la alarma.

—¡Vayan a sus estaciones! ¡Quiero a todo el personal disponible en un águila ahora mismo! —ordenó. Su grito se escuchó por toda la torre, haciendo que todos salieran de su estupor y entraran en acción.

Los elegidos de Ngai, en las bases de la milicia, vieron cómo las luces se tornaban rojas de repente. Desesperados, dejaron todo lo que estaban haciendo para tomar sus armas y desplegarse en el patio en formación, donde sus líderes, igual de apurados, coordinaban la llegada de las águilas. Todas las águilas que pasaban cerca de Ngai escucharon el llamado; todas dejaron caer sus cargas para volar rápidamente hacia el titán de fuego, sumándose al despliegue.

En las ciudades y pueblos, los altavoces de alarma dejaron sordos a sus habitantes. Las docenas de simulacros anuales finalmente cobraban sentido, pues los ciudadanos entraban de forma rápida y organizada a los refugios. La sala del Oyente se convirtió en un centro de control donde coordinaban la evacuación de los ocho millones de civiles que vivían en Ngai y, en menos de dos horas, todos los refugios estaban a su máxima capacidad, totalmente sellados y preparados.

—¡Todos los refugios están listos, señor! —anunció uno de los asistentes en la estación de radio de la sala.

—Muy bien... Este es el momento para el que nos hemos preparado por generaciones. Nunca creí que sería yo el elegido para liderarlos en nuestra más grande batalla... No soy capaz de describir la dicha que me da este honor —volvió a sentarse en su trono, conectándose con su titán—. Cuento con ustedes para proteger el amanecer de un nuevo día... ¡Larga vida a los titanes!

¡Y fuerza a sus elegidos! —gritaron todos en la sala, completando el grito de guerra.

La máscara del Oyente brilló por un instante, transmitiendo un único mensaje a su titán: "Estamos listos".

Ngai volteó en dirección al Mar Moribundo, empezando a caminar inclinándose lentamente hacia adelante, pisando con tanta fuerza que el suelo marino se adaptaba a la forma de sus pies, dándole la firmeza necesaria para impulsarse y dar largas zancadas tan rápido como podía. Con cada zancada levantaba olas gigantes que inevitablemente impactarían contra Zoé y las tierras altas pero no podía preocuparse por eso.

Las dos ciudades en los hombros de Ngai colapsaron al dar la primera zancada, haciendo que sus ruinas cayeran por su espalda, mientras los civiles en los refugios se aferraban a sus asientos especiales para soportar el movimiento. La temperatura aumentó, evaporando el mar abisal y empeorando la neblina con vapores tóxicos.

Cuando finalmente vio la silueta de Zoé en el horizonte, comenzó a extender su brazo hacia atrás. Cientos de águilas cargaban barquillas enormes donde transportaban a los elegidos de Ngai, pero estas no iban en dirección a Zoé, sino en sentido contrario, hacia la palma de su titán, que comenzaba a extenderse. De forma brusca pero rápida aterrizaron, dejando salir a los elegidos, que se desplegaron a lo largo de toda la palma. Rodeados de géiseres y ríos de lava, el calor era tan intenso que incluso ellos tuvieron que esforzarse por seguir adelante hasta sus posiciones, mientras se les quemaban los pies sobre el suelo de roca caliente.

—¿¡De verdad esto es buena idea!? —exclamó uno de los elegidos.

—¡Claro que no! ¡Pero es la más rápida! —respondió su sargento, mostrando una sonrisa de emoción que contrastaba con la ansiedad casi paralizante que sufrían todos los demás—. ¡Y la más divertida!

—¡Ya cállate y ve a tu lugar, Kiano! —le ordenó su comandante mientras se quitaba el uniforme, quedando con el torso descubierto.



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Editado: 21.01.2026

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