La horda se distribuyó de forma uniforme alrededor de la montaña, acercándose poco a poco, pasando por encima de sus caídos, que no dejaban de acumularse gracias a la presión de los defensores, mientras Valeria instruía a los elegidos en la retaguardia sobre cómo debían pintar el circuito en sus cuerpos.
José y Carlos corrieron hasta la estación minera al otro lado de la montaña. La estación estaba llena de máquinas y herramientas para extraer fragmentos. Gracias a sus estudios como Creadores, rápidamente extrajeron los aceites de las máquinas y se los llevaron junto a varias herramientas. Los otros elegidos que los acompañaban rápidamente recolectaron los cristales titán ya esculpidos del almacén para distribuirlos entre los defensores, dejando que absorbieran el poder dentro para seguir luchando.
—Ok... ¡Largo! ¡Siguiente! ¡Estás bien, siguiente! —Valeria, tan rápido como se lo podía permitir, corregía el circuito en la pintura corporal de los elegidos antes de mandarlos a que hicieran relevo en la defensa.
—Dentro de nada nos quedaremos sin munición... —afirmó Luis, recargando su rifle con las últimas balas en su cinturón. Ya tenía su machete preparado para saltar al combate cercano—. ¿¡Dónde se supone que están los...!?
Antes de terminar la frase, una ráfaga de destellos esmeralda apareció en el cielo en dirección a la horda. Al alzar la mirada, vieron un escuadrón de águilas cargando barquillas en las cuales elegidos de Pachamama estaban montados equipados con ametralladoras.
Se trataba del regimiento 89 de Pachamama, cuya sede estaba en los hombros de Ngai, llegando a para dar apoyo. Aunque las llamas esmeralda de Pachamama fueran débiles, esto las hacía mucho más versátiles para explotar su potencial con todo tipo de armas. Disparando más de cien proyectiles por minuto, el escuadrón de águilas voló sobre la horda diezmando sus números en los flancos más débiles de la defensa.
—El Oyente cumple con su palabra —mencionó Valeria con algo de alivio mientras enviaba a otro elegido a hacer el relevo.
Pero así como ellos recibían apoyo, la horda también. Una explosión de llamas azules apareció, abriendo un hueco en la defensa mandando a volar a los elegidos en esa posición, que rápidamente fueron socorridos por sus compañeros.
Cultistas de Supuch ocultos en los árboles fuera del perímetro disparaban ráfagas hacia los defensores. Estos estaban a más de trescientos metros, haciendo sus disparos altamente imprecisos, pero no necesitaban nada más. Ejercer fuego de supresión era suficiente para desorganizar a los defensores, que tuvieron que ponerse a cubierto, abriendo más huecos en la línea defensiva.
Luis rápidamente tomó a Valeria, tirándose al suelo mientras los disparos impactaban en la montaña.
—¿¡Cuánto falta!? —preguntó Luis antes de arrodillarse para disparar de nuevo.
—¡Vamos por un tercio! ¡Voy tan rápido como...!
Apenas si le dio tiempo a quejarse cuando una gran explosión se manifestó en medio de la horda frente a la montaña. La onda expansiva los aturdio, dejándolos con un fuerte zumbido en los oídos mientras levantaban la mirada, ubicando al sobrecargado que llegó dejando un gran cráter con su aterrizaje, solo para liberar sus llamas violentamente contra todo lo que estuviera a su alrededor.
Valeria apartó a Luis para ver más de cerca, con la esperanza de que fuera su sargento, pero este no tenía sus característicos cuernos en la frente.
—¡Valeria, agáchate! —Luis se levantó con un salto, derribando a Valeria para entonces protegerla con su cuerpo cuando una llamarada del sobrecargado les pasó por encima—. ¡Todos a cubierto!
Luis gritó la orden a todo pulmón, haciendo que los defensores abandonaran sus puestos por completo en busca de refugio. El sobrecargado, con su aliento de fuego, incendió kilómetros de tierra frente a él con cada rugido de dolor gutural, arrasando con todo. Sus ataques alcanzaron la montaña, obligando a todos a protegerse con sus propias llamas para contrarrestar, hasta que cristales titán empezaron a emerger.
Todos los presentes sintieron una gran presión sobre ellos mientras los cristales emergían del suelo, formando un anillo de tres metros de alto. Zoé, en su infinita misericordia, había desviado su atención de su propia batalla y prestado parte de su fuerza para levantar esa muralla que los protegería tanto de los disparos como de las llamas descontroladas del sobrecargado.
Los elegidos de Zoé, desconcertados, salieron de sus coberturas sin tener claro qué hacer, hasta que Luis se abrió paso y, con su rifle en alto, gritó:
—¡A las almenas!
Con su ímpetu sacó a los elegidos de su estupor, haciendo que lo siguieran escalando el muro.
Los cristales crecieron de forma irregular, haciéndolos fáciles de escalar hasta llegar a una posición ventajosa donde podían seguir disparando sin exponerse demasiado, mientras al mismo tiempo recargaban su poder con el propio muro.
Valeria fue quien se quedó atrás, aún más atónita que el resto. Zoé se había manifestado para proteger sus esfuerzos. Si esto no era una señal de que estaba haciendo lo correcto, entonces ya no sabía qué podría serlo.
Las águilas del regimiento 89 aterrizaron detrás de la muralla, dejando que los soldados bajaran para sumarse a la defensa en el muro, ya que con el sobrecargado desatado era imposible sobrevolar la zona.
—¿¡Qué están esperando!? ¡Salgan de aquí y no vuelvan sin suministros! —les ordenó Valeria, obligando a las águilas a despegar y volar en dirección contraria.
Bajo la sombra del anillo fue capaz de tomarse un segundo para tomar aire y, con energías renovadas, terminar su deber.
El tiempo pasó y, antes de darse cuenta, todos los elegidos de Zoé aún en pie tenían el circuito pintado en sus cuerpos. Ahora solo restaba llevarlo a cabo.
Valeria vio las escaleras esculpidas a lo largo de la montaña y llevó a los elegidos hasta estas.