A lo largo de todo el lomo de Zoé, soldados agotados empezaban a dejar caer sus armas, vencidos por el cansancio. Viendo las hordas infinitas mientras eran obligados a luchar bajo la sombra de los príncipes, solo podían seguir protegiendo sus maltrechas barricadas hasta quedarse sin suministros.
Cuando eran envueltos por el frío abrazo de la oscuridad, un rayo de luz apareció deslumbrándolos con una nueva esperanza: un gran torrente de fuego cruzó el cielo sobre sus cabezas, desintegrando cualquier obstáculo y alcanzando a los príncipes, que fueron atravesados en fila de extremo a extremo. Tres príncipes habían caído de un plumazo repentinamente. Los soldados, atónitos, no entendieron qué había ocurrido hasta que escucharon a sus capitanes y operadores de comunicaciones gritar emocionados detrás de ellos:
-¡El Escuadrón G lo logró!
Los soldados, aún sin entender del todo qué había pasado, aceptaron una realidad que era clara: Zoé los había bendecido una vez más, eliminando a los príncipes y quitándoles a sus enemigos su mayor ventaja. Era ahora o nunca. Las sanguijuelas ya no tenían a sus príncipes para protegerlas, por lo que aquellos soldados que habían colapsado por el agotamiento tomaron un segundo aire tras ver el poder de su titán y con un grito de guerra, los soldados volvieron a igualar la fuerza de las hordas.
Mientras tanto, los titanes estaban a punto de terminar su lucha. Ngai logró arrastrar a Supuch lejos de Zoé antes de que se soltara tras forcejear. Zoé bloqueó con la cabeza los tsunamis generados por el combate, evitando que siguieran inundando su lomo mientras veía a su hermano pelear, aunque esto le dio una idea al titán del abismo. Con la cola empujó los mares, creando un tsunami que alcanzó el pecho de Ngai; el agua, al hacer contacto, se evaporó al instante, creando una nube de vapores tóxicos que bloqueó la visión del campo de batalla.
Ngai trató de salir de la cortina de vapor, pero Supuch se sumergió una vez más, acercándose y resurgiendo para disparar un rayo que desintegró medio cráneo del titán de fuego. Herido más no muerto, Ngai retrocedió tratando de reposicionarse, pero Supuch volvió a disparar, esta vez apuntando a su corazón y obligándolo a cubrirse con los brazos. Sin embargo, Zoé, con mucho más espacio para actuar, volvió a cargar un chorro de agua a presión y disparó directamente contra el titán del abismo tras determinar su ubicación en la niebla gracias al disparo inicial.
Supuch salió disparado de la niebla, quedando a la vista una vez más. Zoé se acercó manteniendo la precisión del chorro y apuntando a la herida que había creado Ngai, expandiéndola hasta los extremos de su cuerpo y manteniéndolo inmovilizado solo para que Ngai saliera de la nube de vapor y, con su brazo izquierdo en alto, comenzara a golpearlo hasta que la punta de su muñon perdió el filo, hinco la rodilla agotado pero finalmente, a pesar de su gran poder, Supuch había caído.
Zoé finalmente pudo volver a reposar la cabeza sobre el mar. Todos en su lomo sintieron la repentina falta de movimiento bajo sus pies mientras el latido del corazón de su titán empezaba a volverse más lento y silencioso. Luis, Carlos, José y Valeria finalmente bajaron la montaña, aún estando detrás de la línea defensiva del régimen de Pachamama.
-¡Oigan! ¡Por aquí! -gritaba Luis, tratando de llamar la atención de las águilas.
Las águilas del Regimiento 89 volvieron a aterrizar para recogerlos. El regimiento les dejó una barquilla solo para ellos sin problema, asegurando el viaje directo al refugio.
-Se... uff... ¿olvidaban de... mí...? -Kiano, junto a sus compañeros, logró retroceder hasta la montaña. Los tres, agotados y a punto de desplomarse, se apoyaron en la barquilla para no desfallecer.
-Estaba a punto de ir a buscarte, idiota. Súbete antes de que te desmayes.
-Sí, sí... Vámonos, chicos... ¿Qué?
Kiano retrocedió un poco para hablar con sus compañeros. Al hablar en su lengua natal, el resto no pudo entenderlos.
-¿Qué pasa?
-Ellos se van a quedar a terminar de limpiar, solo necesitan un momento para recuperar el aliento. Yo sí voy con ustedes.
Sin más por decir, despegaron justo después. Sobrevolando el campo de batalla, vieron con más claridad la fuerza que habían ganado sus compañeros tras sobrevivir el circuito, barriendo docenas de enemigos con cada movimiento.
-Es... increíble -afirmó Carlos-. Nunca creí ver llamas así de intensas... ¿Se imaginan que sean tan fuertes como las de Ngai?
-¿Imaginarlo? ¡Lo estoy viendo! ¡Es increíble! -respondió José, asomándose tanto que parecía que se fuera a caer.
Mientras los jóvenes creadores se emocionaban, Luis y Kiano se mantenían junto a Valeria buscando más posibles heridas.
-¿Crees que tenga marcas de penitente? -mencionó Kiano mientras trataba de limpiar el muñón cristalizado.
-Es casi seguro, deben estar creciendo mientras hablamos. Por Zoé, cuando Carolina vea lo que te hiciste... -le reclamó en voz baja mientras, con unas pinzas, cortaba la punta de los cristales que sobresalían de su torso.
-Hablando de ella... ¿crees que...?
-No lo sé. Carolina es fuerte, pero... quizás no tanto para sobrevivir a la sobrecarga. Cuando la vi transformarse, solo con imaginar el dolor que debió aguantar hasta ahora... No lo se. Lo unico que tengo claro es que yo no lo habría soportado.
Alcanzaron el borde de la ciudad. Debían encontrar a Carolina lo antes posible tratando de esquivar el conflicto, pero tan pronto pasaron cerca de uno de los edificios, un destello azul pasó rozando la barquilla justo antes de explotar encima del águila, que perdió el balance justo antes de ser impactada por un segundo disparo. Casi perdiendo su forma titán, el águila logró estirar sus alas y aterrizó de emergencia bruscamente en la carretera, justo antes de desfallecer y caer sin vida en los brazos de Carlos y José. Aturdidos, salieron de la barquilla quedando a cubierto tras unos escombros mientras ubicaban a los tiradores.