Título: Entre Fuego y Sombras: La Flor de la Mafia

Capítulo 2: El precio de una reina

La ciudad no dormía, solo fingía hacerlo.
Desde el balcón de su penthouse, Flor observaba las luces lejanas del puerto, donde los barcos cargaban secretos en cajas sin nombre. El cielo tenía ese tono entre violeta y negro que solo aparece cuando algo malo está a punto de suceder.

Sabía que él vendría.
No Enzo.
El otro.
El ruso.

Desde que lo vio en su camerino, su corazón no se había calmado. Don Hugo le había hablado como si ya la poseyera, como si su destino no fuera suyo, sino parte de un juego mucho más grande.
Y lo más peligroso de todo…
…es que parte de ella lo deseaba.

—Estás muy callada, florcita —murmuró Enzo, entrando en el salón con una copa de vino en la mano—. ¿Te gustó bailar esta noche?

Flor no respondió. Seguía de espaldas. No quería que viera la rabia en sus ojos, ni la ansiedad que se le había alojado en la garganta desde el encuentro con Hugo.

—Ese bastardo ruso te miró demasiado tiempo —añadió Enzo, con voz suave, casi melosa—. Tendré que recordarle que lo que es mío, no se toca.

Flor se giró lentamente.

—¿Y vas a matarlo como hiciste con los franceses que se negaron a entregarte a su hija?

Enzo sonrió.
Ese tipo de sonrisa que solo un sádico puede ofrecer.
—No me obligues a recordarte, Flor, que yo te salvé. Que tu familia aún respira gracias a mi generosidad.
—Tu generosidad tiene precio.
—Todo lo que vale… se paga caro —contestó él, acercándose—. Y tú, mi amor, vales demasiado.

Flor sintió el asco subiéndole por la garganta. Pero no se apartó. No podía.
No aún.

Enzo la tomó del rostro con una mano firme. No con cariño, sino con derecho.
—No vuelvas a mirarlo, ¿entendido?

Ella no respondió.
Y eso fue suficiente para que él se alejara con fastidio.

Cuando salió del salón, Flor se desplomó en el sillón. No lloró. No gritó. Solo cerró los ojos… y por primera vez en meses, deseó que otro hombre la encontrara.

No por amor.
Por libertad.

En otra parte de la ciudad...

—Tienen la ubicación del padre. La hermana también.
—¿Y los socios franceses?
—Ya fueron advertidos. Si no rompen su tratado con Vitale, los hundiremos junto con él.

Don Hugo miraba los documentos sobre la mesa. Fotografías, rutas, nombres. Había esperado diez años para tomar control total de las mafias en Europa. Pero no había esperado que la excusa perfecta viniera con ojos verdes y voz de cristal.

—La guerra comenzó cuando ese cerdo la marcó con un anillo —dijo, sin apartar la vista del papel—. Vamos a quitarle el dedo completo.

Su mano derecha, Dimitri, lo observó en silencio. Lo conocía demasiado. Hugo nunca había mostrado interés por ninguna mujer. Siempre había considerado al amor una distracción. Pero esto no era amor.

Era algo peor.
Era decisión.
Y cuando Hugo decidía algo… el mundo sangraba.

—Prepara el operativo. Esta semana haremos el primer corte. No la toquen. No se acerquen. Yo la traeré.

—¿Y si ella se resiste?
—No lo hará.

Hugo sabía lo que vio en sus ojos. No era solo miedo… era deseo.
Una parte de ella quería escapar.
Y él iba a darle las alas.
Aunque se las tuviera que coser con sangre.

Dos días después — Evento privado de las mafias, Villa Montecorvo, costa italiana

Flor descendía por las escaleras como una reina sin corona. Vestía de negro, por orden de Enzo, como si ya fuera su viuda antes de tiempo.
El salón estaba lleno de enemigos vestidos de aliados.
Ninguno confiaba en nadie.
Todos sonreían mientras ocultaban armas entre los pliegues de sus trajes.

Flor sentía el calor de las miradas, pero ninguna le importaba.
Hasta que lo vio.

Don Hugo.

A lo lejos. Parado junto al ventanal.
Solo.
Observándola como si todo el maldito palacio le perteneciera.
Como si ella ya no pudiera escapar.

Sus piernas dudaron. Su respiración se aceleró.
No podía apartar la vista.
Tampoco quería.

—Mi joya —dijo Enzo, apareciendo a su lado—. Esta noche quiero que sonrías. Que todos vean lo hermosa que es mi futura esposa.
—¿Y después? ¿La jaula de oro? —murmuró Flor.
—La jaula… o el ataúd, si no cooperas —le susurró en el oído, helado.

Flor respiró hondo.
Y sonrió. No por Enzo. Sino porque tenía un nuevo plan.
Y ese plan tenía nombre y ojos grises como el acero.

Don Hugo.

La velada transcurrió con falsa paz. Música, brindis, discursos. Pero en el aire flotaba la amenaza de una tormenta.

Flor caminó hacia la terraza, sola.
Solo unos segundos.
Necesitaba respirar.
Y, como si lo hubiera invocado, él apareció.

—Tu jaula es bonita —dijo Hugo detrás de ella—. Pero sigue siendo una jaula.

Ella no se giró.

—¿Qué quieres de mí, Don Hugo?
—Quiero que seas libre.
—¿Y a qué costo?
—El mío, no el tuyo.

Ella se giró, enfrentándolo.

—¿Por qué haces esto? ¿Qué ves en mí que vale arrasar con todo?

Él se acercó.
Lento. Imponente. Irreversible.

—No quiero verte bailando para otro. No quiero verte sonriendo mientras sangras por dentro.
—¿Y si no quiero ser rescatada?

Silencio.
Y luego, sus palabras:

—Entonces me quedaré contigo en la jaula. Y la incendiaré desde dentro.

Flor sintió el corazón romperse.
Por primera vez…
Alguien no la miraba como una pieza en el tablero.
Sino como una reina.

Y entonces ocurrió.

Un disparo.
Un grito.

Gritos.

La fiesta se rompió como cristal bajo los pies de un gigante.
Don Hugo la rodeó con sus brazos, cubriéndola con su cuerpo mientras sacaba su arma.

—¡Van por ti! —le gritó Dimitri desde la entrada—. ¡Enzo nos vendió a los franceses!

Hugo disparó dos veces. Un hombre cayó.

Flor temblaba, pero no lloraba.
Él la tomó de la mano.




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