La habitación estaba sumida en penumbras, iluminada solo por la tenue luz de una lámpara antigua que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes desnudas. María estaba sentada en una silla, atada de muñecas, con el rostro marcado por la mezcla de miedo y determinación. Frente a ella, Enzo la observaba con una sonrisa fría, cruel, una sonrisa que parecía devorar la esperanza.
—No entiendes lo que te has metido —dijo Enzo, su voz un susurro amenazante—. No eres más que una pieza en este tablero. Y yo soy quien mueve las fichas.
María bajó la mirada, pero no dijo nada.
—Tus padres confiaron en mí —continuó Enzo, dando un paso hacia ella—. Te creyeron segura bajo mi protección. Pero la verdad es otra, ¿verdad? Que nadie está a salvo. Ni siquiera tú.
El silencio llenó el espacio entre ellos, pesado como una losa.
—Si quieres vivir —agregó Enzo, acercándose más—, harás exactamente lo que te digo. Me traicionarás. A ellos, a tu sangre. Porque en este juego, la lealtad no existe. Solo el poder.
María levantó la vista, y en sus ojos se reflejaba la tormenta interna que la consumía. Sabía que estaba atrapada, que cada palabra que pronunciaba podía ser una cadena más, una sentencia que la condenaba.
—¿Y si no lo hago? —susurró con voz temblorosa.
—Entonces no te garantizo que vuelvas a ver la luz del día —respondió Enzo, con una frialdad letal—. Ni a tu familia.
El tiempo pareció detenerse en ese cuarto. María sintió que su alma se fracturaba en mil pedazos, que la oscuridad la envolvía sin remedio.
Pero también comprendió que esa era la verdad que la había moldeado, la fuerza que la había impulsado a jugar un juego peligroso, a volverse la sombra que ahora acechaba a Flor.
Porque, en el fondo, no era solo una traición.
Era la lucha por sobrevivir.
Flor recibió la información a través de un mensaje anónimo, una verdad que golpeó su mundo como un puñetazo. En un rincón solitario del club, el corazón le latía con fuerza mientras releía las palabras: María, secuestrada, amenazada, traicionando a sus propios padres.
—¿Cómo pude no darme cuenta? —murmuró con rabia contenida—. ¿Y todo este tiempo...?
Sus dedos temblaban mientras la ira y la tristeza se mezclaban en una tormenta interna. La mujer que había sido su amiga, su hermana, ahora era la pieza clave en el juego mortal que las estaba destruyendo.
El dolor se transformó en resolución. Flor sabía que debía enfrentarla, que la verdad ya no podía esconderse en sombras.
En un cuarto oscuro, María se miraba al espejo, sus ojos reflejaban un caos que solo ella comprendía. La amenaza de Enzo la había convertido en alguien que no reconocía, una marioneta en manos de un hombre despiadado.
—¿Quién soy ahora? —susurró, la voz quebrada—. ¿Una traidora? ¿Una víctima? ¿O simplemente una sobreviviente?
La culpa la consumía, pero la necesidad de proteger a su novio y a sí misma la empujaba a seguir adelante, a jugar el juego aunque eso significara perder todo lo que alguna vez amó.
Flor llegó al lugar donde María la esperaba, con la mirada dura, sin máscaras.
—Sabes que esto no puede seguir así —dijo Flor con voz firme—. No podemos seguir destruyéndonos por miedo y secretos.
María bajó la guardia un instante, dejando que la tristeza y el arrepentimiento asomaran.
—Quería protegerte —confesó—. Pero todo se salió de control.
Un silencio pesado se instaló entre ellas.
—Todavía puedo elegir quién quiero ser —dijo Flor—. Y esta guerra no decidirá por mí.
María asintió, aunque sabía que las heridas no sanarían tan fácilmente.
Flor y María se encontraron en un lugar neutral, un apartamento alejado del ruido de la ciudad, donde la tensión era casi palpable. Las dos mujeres, una vez inseparables, ahora se miraban con desconfianza y una mezcla amarga de emociones.
—No esperaba que vinieras —dijo María, rompiendo el silencio con voz ronca—. Después de todo lo que pasó.
—No vine por ti —respondió Flor, sin bajar la guardia—. Vine porque sé que hay algo peor que nos está consumiendo a todas. Y si no nos unimos, ninguna de las dos sobrevivirá.
María bajó la mirada, y por un instante, la máscara cayó. Había miedo, arrepentimiento, pero también una voluntad férrea.
—Enzo me tiene atrapada —confesó—. Me hizo elegir entre ellos y yo. Y elegí lo que creí necesario para sobrevivir.
—¿Y qué queda de ti? —preguntó Flor—. ¿De la mujer que conocí?
—Lo que queda es una sombra —admitió María—. Pero estoy dispuesta a pelear para recuperar lo que perdí.
El acuerdo era frágil, como hielo a punto de romperse, pero en ese momento ambas entendieron que su única opción era enfrentarse juntas a la tormenta.
En el despacho oscuro, Hugo revisaba informes y escuchaba las noticias a través de sus hombres. La guerra era implacable, pero la batalla más dura era la que libraba en su mente contra Enzo.
Una llamada entrante iluminó la pantalla. Era Enzo.
—Hugo —la voz cargada de odio—. Este juego está lejos de terminar.
—Estoy listo —respondió Hugo, con calma contenida—. Y tú sabes que no dudaré en destruirte.
—No subestimes el poder de la desesperación —advirtió Enzo—. Jugaré con tus peores miedos hasta quebrarte.
El silencio que siguió fue un duelo sin palabras. Ambos sabían que, en esa guerra, la mente era tan letal como las balas.
Hugo cerró la llamada, su mirada fija en el vacío, sabiendo que la línea entre vencedor y vencido era tan delgada como su propia voluntad.
Esa noche, sola en su habitación, Flor se dejó caer sobre la cama, agotada física y emocionalmente. Las decisiones, la traición, el amor y el peligro la habían desgastado hasta lo más profundo.
Las lágrimas, silenciosas pero implacables, rodaron por sus mejillas.
—¿Quién soy? —se preguntó en la oscuridad—. ¿Una víctima? ¿Una guerrera? ¿O simplemente alguien que quiere volver a creer?
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es un libro diferente espero te guste, es un libro que te atrapa al deseo, es un libro de mafia
Editado: 30.08.2025