Tocar una estrella

Tocar una estrella

Había una vez un niño obsesionado con las estrellas. Cada noche salía al jardín de su casa y las miraba, soñando con el día en que pudiera tocarlas. Conocía cada una de ellas: sus nombres, su manera de titilar, cuáles formaban constelaciones e, incluso, cuáles no parpadeaban en absoluto.

Un día, el niño le dijo a su padre:

—Papá, algún día llegaré a las estrellas y podré tocar una de ellas.

A lo que su padre contestó:

—Hijo, las estrellas no deberían tocarse. Están lejos porque no quieren que los humanos las toquen.

Fueron pasando los años. El niño se convirtió en un muchacho alto y de mirada inteligente. Seguía saliendo cada noche al jardín y estiraba una mano hacia el cielo.

—Papá, algún día conseguiré tocar una estrella.

—Hijo mío —contestaba el padre—, las estrellas no quieren que un humano las toque. Las estrellas no se deben tocar.

Pero el hijo, enamorado de aquellos puntitos brillantes, no escuchaba a su sabio padre.

Cuando el muchacho se hizo adulto, trabajó sin descanso. Cada día permanecía en el sótano de la casa mientras, por las noches, salía a observar el firmamento. Nadie sabía lo que hacía ahí abajo, pues no dejaba que nadie bajara y jamás contestaba a las preguntas de los demás.

Pasaban los días y las semanas, y él seguía diciéndole a su padre, ya anciano:

—Papá, algún día, dentro de poco, conseguiré tocar una estrella.

Su padre, cansado, no renunciaba a advertirle:

—Mi querido hijo. Llevas toda una vida queriendo tocar lo que no debe ser alcanzado por una mano mortal. Renuncia a ese sueño y busca uno nuevo, pues las estrellas no quieren que un humano las toque.

Un día, el hijo dejó de trabajar en el sótano. Salió de él, respiró hondo y marchó al jardín con una escalera bajo el brazo. Una vez fuera, comenzó a desplegarla más y más. Tanto, que no cabía en el jardín de su casa y entró en el de los vecinos. Aun así, no dejó de desplegarla. Cuando la puso de pie, la escalera se perdía de vista. Era imposible ver el final.

—Papá, ahora por fin podré tocar una estrella. Alégrate por tu hijo, que va a alcanzar su sueño.

Y dicho esto, comenzó a subir.

Su padre, que apenas podía andar ya, lo miró desde el suelo y dijo al viento:

—Mi valiente y tenaz hijo. Encontraste la forma de alcanzar un sueño que te advertí que no debías perseguir. Ahora solo puedo ver cómo te marchas a lo más alto, rompiendo el deseo de las estrellas que tanto amas, para tocarlas aunque ellas no quieran ser tocadas.

El hijo subió y siguió subiendo hasta que alcanzó su estrella favorita: la que más brillaba y menos titilaba. El lucero del alba. Estiró la mano y, justo cuando las yemas de sus dedos tocaron la superficie caliente y brillante, él mismo se convirtió en una de aquellas estrellas que tanto lo habían obsesionado desde que era un niño.

Las estrellas no deseaban ser alcanzadas por los humanos y, por esa razón, castigaron al hombre que había soñado cada día con ellas, condenándolo a no tener manos ni voz. A ser parte de aquello que siempre quiso alcanzar, perdiendo para siempre lo que no supo apreciar.

Y es allí, desde el cielo, donde vio impotente cómo su padre envejecía hasta desaparecer con un último suspiro.

—Mi hijo, hermoso y tonto a partes iguales, que por perseguir un sueño imposible desapareció de este mundo. Te advertí que las estrellas no querían ser tocadas por los humanos. Ahora serás eterno mientras otro niño, en algún lugar, sueña con algún día alcanzar tu brillo.



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En el texto hay: cuento, cuento corto

Editado: 25.08.2026

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