Son
Presión. He sufrido una presión incalculable por parte de mis compañeros de trabajo para ir a la dichosa fiesta para ir a la dichosa fiesta que han organizado.
Yo no quería ir, de verdad que me negaba con todas mis fuerzas.
Y que pese a que ponía mil y una excusa ellos eran capaces de darle la vuelta para que fuese.
Aquí me veo, sentado en la parte trasera de un coche cuya tapicería huele a alcohol, tabaco y algo más que desconozco. Está sucísimo y te quedas pegado a todas partes que tocas. Me está dando mucho asco todo esto y estos tíos se están llevando a tomar por culo. Ya no sabría volver andando sin utilizar el google maps. Cosa que me limita para tener una oportunidad para huir porque seguro que tardaría horas en hacerlo.
Me resigno al final y abandono esa idea por falta de medios y de dinero. Aunque creo que tambien es por falta de ganas que se han tenido que quedar en casa encima de la cama sin hacer.
Al fin llegamos al lugar. Parece un poligono abandonado y con varias luces tenie. Esto parece el principio de una película de terror.
Salgo del coche y ya desde fuera se escucha la música. Observo a mi alrededor y veo que hay un hombre meando detrás de un coche, una pareja bastante joven metiéndose en la parte trasera de un coche y otro creo que vomitando.
—La noche promete —digo en voz alta aunque ninguno me hace caso. Han venido todos, incluso la nueva camarera que ha venido sola con su coche.
Todos van demasiados arreglado y yo solo llevo un vaquero y un polo que por suerte me he encontrado en el fondo del armario. Menos mal porque la primera opción era una camisa que estaba bastante arrugada y no tenía ganas de ponerme a planchar. Me gustaría que estuviese aquí Amber y así tener a alguien con quien hablar.
Aunque tendría que mantenerla fuera de los camareros del bar babosos. Pero no es así. También he intentado convencer a Amanda para que viniera pero no ha podido. Decía que no se encontraba bien. No he querido preguntarle mucho. Ya lo haré cuando la vea.
Vamos para dentro. El cocinero que se llama James lleva toda la noche muy callado.
—¿Estás bien? —le pregunto cuando me pongo a su lado.
—Mi novia, bueno mi ex novia me ha puesto los cuernos con el profesor de pilates —lo dice en alto y todos se quedan en silencio con la boca abierta.
—Entonces vamos a beber para olvidarnos de todo —dice nuestro jefe que se adelanta a abrir la puerta.
Una leve humareda sale del interior acompañado de un desagradable olor a Alcohol y otra cosa que no llego a detectar.
—¿Estoy a tiempo de arrepentirme? —le pregunto a María que está a mi lado con cara de pocos amigos también.
—Tarde —contesta arrastrandome al interior del antro donde la música y la escasa luz inundan todo. Todos comienzan a elegirse bebidas que yo desconocía por completo.
—A este pone una piña colada —Maria levanta la mano y se lleva toda la atención del camarero.
Todavía no entiendo porque no me han pedido el carnet de identidad. Pero viendo que esto está tan apartado creo que si la policía viniera se perderían.
El camarero me pone un vaso con un trozo de piña puesto al borde y una pajita sobre él. La verdad es que el olor tropical incita a beber. Si lo hago olvidare porque estoy aquí y todas las excusas que mi cabeza había creado que mi boca no ha llegado a ser capaz de decir.
Todos cojemos las bebidas y seguimos a nuestro jefe que ha decidido reservar una lujosa zona que tiene pinta de costar una pasta y que habrá pagado con el beneficio que nosotros reportamos.
Cuando me quiero dar cuenta ya lo estoy terminando la conversación que antes me parecía irritante ahora no me lo parece tanto.
Están hablando de anécdotas raras que le han pasado hace años. Mi jefe dice que se tiro un turno completo de ocho horas sentado en un ascensor en el Royal Albert Hall presionando botones para que la gente asistiera.
El cocinero dice que cuando era joven su abuelo le llevo a ver una celebración de autos con su viejo coche. Su abuelo se equivoco de salida y termino siendo parte del espectáculo. La camarera también empieza a contar una de sus cientos de anécdotas.
—Hace un tiempo me metí de repartidora en Amazon y resulta que tenía que llevar un paquete a una universidad. Cuando llegué no encontraba lugar donde dejarlo hasta que di con una sala donde es escuchaba algo. abrí la puerta y era un profesor dando una charla. Como me vio tan joven me pidió que me sentara. Yo muerta de la vergüenza ante la atenta mirada de todos me senté. Preferí eso a tener que dar explicaciones. Allí me tire dos horas escuchando algo que no me importaba —concluye dicha camarera mientras le pega un pequeño sorbo a su bebida.
La verdad es que todas las anécdotas provocan toda mi atención mientras me bebo esto que está más bueno de lo que yo pensaba.
Me levanto un segundo del reservado y me vuelvo a la barra a pedirme otro. Ahora entiendo a Amber. esto engancha. Mola como el ardor entra por la garganta y va directo a la sangre para que arda. Ya no tengo frío. De hecho me sobra la mitad de la ropa. Pero no quiero desvestirme. Lo que me apetece ahora es seguir bebiendo y olvidarme de todo lo malo que me ha pasado estos últimos meses.
Cuando regreso algunos se han marchado a la pista de baile y otros al baño a yo que se. Tan solo queda el cocinero que está mirando su capa y dandole vueltas.
—Ahora tu vida te parecera una mierda pero seguro que logras ver la luz al final del túnel —le suelto un discurso que me acabo de inventar.
—Para decirme eso mejor no me digas nada —me suelta con un tono bastante rancio.
—No están los ánimos para bromas ¿no? —le pregunto mientras me levanto para ir a por mi tercera bebida y no creo que sea la última de la noche.
Después de llevar ya cuatro vasos completos ya toda esta gente que me rodea no me cae tan mal. El único al que todavía me cuesta tragar es al puñetero cocinero.