Amber
El hecho de tener que conducir el coche de Tommy me pone aún más nerviosa que él fuese el copiloto. El va relajado, como si con él no fuera la cosa. Incluso da la sensación de que pone toda su confianza sobre mí y eso no se si me tranquiliza o me pone aún más nerviosa. Llegamos y apenas hay un par de coche en el parking. Con el cielo tan gris que está parece que la gente no sale.
Nos bajamos y recojo mi bolsa de deporte.
—En la vuelta conduces tú —le digo mientras le lanzo las llaves.
—Me parece bien —añade cogiendo las llaves sin dejarlas caer.
—¿Vas a ir a la pista?
Pregunta cunado nuestros caminos se separan en el vestuario.
Yo asiento y él me responde que también irá ahora. Estoy sola en el vestuario y eso hace que este tranquila. Me quito la camisa y observo la cicatriz. Recuerdo todo de golpe, como lo pase y lo cerca que estuve de perderlo. Parece mentira que hayan pasado un par de meses. Me obligo a olvidarlo y centrarme en lo que estoy haciendo. Me cambio y salgo. Tommy ya está calentando en el centro de la pista.
Empezamos a correr a un ritmo bastante bajo para mi gusto. Observo el suelo y las primeras gotas comienzan a caer.
—Es agua. No te hará daño —aparta la vista de enfrente para observarme y soltar el cascarillo.
—No quiero que se me mojo el pelo —suelto mi preocupación a la vez que busco un lugar donde cobijarme.
—Vamos no te detengas —no baja el ritmo y no parece tener la idea de hacerlo pero la lluvia si que parece que aumenta.
Yo trato de mantenerlo pero entre un resfriado y correr diez minutos menos me quedo sin pensarlo con lo segundo. Los truenos comienzan a sonar y amenazan con atravesar el cielo. Eso me da más miedo todavía y me detengo en seco. Si eso fuera posible porque me estoy calando de arriba a abajo. La lluvia sigue y cada instante es más intensa. Tommy observa a su alrededor y señala un pequeño almacén.
Enseguida vamos y la puerta para nuestra suerte está abierta. Es un cuarto donde se guarda material de deporte. Conos, petos y demás cosas.
—Aquí estaremos a salvo —observa a su alrededor en busca de vete tu a saber que.
Saca de una mochila que hay colgada en la pared una vieja chaqueta.
—No sé de quién será pero seguro que no le hace falta —la estira un poco y me la ofrece.
En una situación normal seguramente se la negaría pero estoy empapada y tiritando. El en cambio parece estar como si no le hubiese llovido. Solo se que si porque tiene los mechones de su pelo rizado pegados en la frente.
La verdad es que me encanta como le queda el pelo. Puedo escuchar como siguen cayendo los truenos sin cesar y el viento se ha intensificado en los últimos minutos.
Pienso antes de que Tommy suelte una de sus ocurrencias.
—Este lugar parece la casa de Willy.
—¿Que Willy? —pregunto sin saber a que se refiere.
—El conserje de los Simpson¿no lo has visto?
En las segunda persona en los últimos meses que me menciona esa serie.
—Si, sí que la he visto. Se da un aire.
Trato de taparme todo lo que puedo porque estoy pasando mucho frío y no dejo de tiritar. Noto como el frío llega a entrar por cada hueso.
—¿Estás bien? —me pregunta con sus ojos azules apuntando hacia mi.
Acto que provoca que me ruborice. No sé lo que me pasa con este chico. A veces da la impresión de que es bipolar. Que se preocupa en exceso de mí o me manda a la mierda con cara una de las letras.
Pero cuando me encuentro con el Tommy bondadoso y protectos el corazón siente no se.
Que está en casa. Es una sensación única. Se sienta al lado de mi pero salvando las distancias. Escucho como el viento golpeo la pared y es tan fuerte que llego a sentir que puede salir volando estoy en cualquier momento.
—Tengo frío —le respondo a la pregunta que parece que me ha hecho hace siglos y en realidad tan solo han pasado unos segundos.
—Ven aquí —me ofrece su pecho mientras aparta un par de cosas de en medio—. Tranquila, no te voy hacer nada. Solo es para que entres en calor. Mi cuerpo es de sangre caliente, soy de San Francisco.
Sin pensarmelo dos veces desplazo mi cuerpo hasta que esta junto al suyo y apoyo mi cabeza en su efectivamente cálido pecho. Sus pectorales están duros y en cuanto me apoyo en él soy capaz de escuchar los latidos de su corazón. Por un instante parecen una melodía. Ya no escucho la lluvia, ni los truenos ni siquiera el viento. Solo escucho su pulso. La sangre caliente bombeando por todo el cuerpo. Lo que está provocando que me haya olvidado del frío.
Por un instante y solo por un instante he olvidado todo lo que me han pasado estos últimos meses.
En su pecho no hay problemas. Ni discusiones ni rupturas forzosas. Puede que sí pero no soy capaz de apreciar. Puede venir del delirio por el frío que estaba pasando. Pero hasta sus labios que ahora observo sin que lo sepa me parecen preciosas. Estoy intentando controlar mis impulsos.
Vuelvo en mí y trato de desviar mi mente. Pero mi mirada es borrosa. Es como si mi cuerpo cansado intentase dormir. No soy capaz de apuntar la mirada en un punto fijo de este lugar. Solo existe él y no sé lo que me pasa. Quizás me tenga atrapada su olor dulce pero a la vez tiene aroma a sol. Como cuando estás en la playa y llegas a apreciar el olor. Creo que es eso porque cuanto más me acerco más escucho la playa. El agua golpeando las piedras y metiendo la arena. Hacia dentro o llevandose el nombre que escribir con el primer palo que te encuentras. Él es todo eso. Jamás pense que este chico tan hermético pudiese transmitir tanto. Cuando al fin regreso al lugar donde no me tendría que haber ido me doy cuenta que la lluvia sigue azotando el techo. Pero esta vez un fuerte extruendo como si cayese encima un árbol provoca que nuestras manos se entrelacen. Acabo de entender todo, que su suave piel y su mirada pragmática están apuntando hacia mi no tiene que ver con el azar. La suerte o estar en el momento oportuno. Es que el destino ha querido que me encuentre acostada cogida de la mano y con mi mirada apuntando a su rostro. Y entonces cometo la locura que desde que lo vi la primera vez no quería cometer.