Todas mis razones para luchar por ti

Capítulo 37

Amber

Me he dado cuenta de que cuando estoy con él pierdo el control. No soy yo, sino otra versión de mí. Una versión peor, porque sé que en algún momento Son se enterará de todo esto y le haré daño, y no puedo permitirme eso. Si lo tuviera delante ahora mismo, no sé si sería capaz de mirarlo a la cara.

Después de lo que ocurrió, le pedí a Tommy que me llevara a casa. Necesitaba meterme en mi habitación y aislarme del mundo.

Durante el trayecto no hablamos. Solo se escuchaba el estruendo del motor, y yo me quedé mirando por la ventana, repasando mentalmente lo que acababa de pasar. Me venían imágenes una detrás de otra, y no dejaba de preguntarme si aquello había sido real. Pero claro que lo fue. Esa sensación… demasiado intensa, demasiado viva. Imposible que fuese falsa.
Y aquí estoy, con una pelota antiestrés, lanzándola contra la pared. Va directa al cuarto de Tommy. Si se siente culpable, que al menos los golpes le hagan un poco de daño. Ojalá pudiera apagar mi cabeza, dejar de pensar, dejar de sentir. Pero cada vez que cierro los ojos vuelvo a ese momento, a ese instante en el que todo se descontroló. Me odio por ello. Me odio por no haber frenado antes, por haber cruzado una línea que no tiene vuelta atrás. Y lo peor es que una parte de mí… una que no quiero reconocer… lo volvería a hacer.

Porque fue él quien empezó todo. El que me provocó y me hizo tener mi primer orgasmo. No se detuvo porque sabía que yo nunca lo haría.

Y eso es lo que más me jode… que me conozca tan bien.

Escucho que alguien llama a mi puerta y, cuando levanto la vista, veo a Lea entrar.

—¿Estás bien? —pregunta con su acento cubano, suave pero preocupado.

—La he vuelto a liar —murmuro, apretando la pelota antiestrés entre los dedos.

No sé si debería contárselo. Lea también es amiga de Tommy. Y si se lo digo… si esto sale de esta habitación… todo puede empeorar.

—¿Qué ocurrió? —insiste, acercándose despacio, como si temiera que yo fuera a romperme en cualquier momento.

Trago saliva.

—Anoche Tommy y yo nos metimos en una urbanización y… no sé cómo pasó, pero tuve un orgasmo.

Lea abre un poco los ojos, pero no me juzga. Nunca lo hace. Por eso quizá me atrevo a seguir.

Más bien… me hizo tener un orgasmo con esa mano suya, con la forma en la que la introducía en mí. No podía detenerlo hasta que lo tuve.

Pero no quería darle tantos detalles a Lea.

—Pero eso es fantástico —dice ella, entusiasmada—. ¡Al fin te has destapado de esa cadena de estar siempre con un solo tío!

—Yo no lo veo así, pero bueno…

—¿Te gustó?

Ya salió la Lea morbosa.

—No… bueno, sí —murmuro—. ¿A qué viene eso?

—¿Y entonces qué tiene de malo?

—Joder, ¡que le he puesto los cuernos a Son! —respondo al fin.

Me atormenta lo que pasó una y otra vez, como un maldito fantasma que no quiere irse.

—¿Debería contárselo a Son? —pregunto casi rogando, buscando consuelo, buscando que alguien me dé una respuesta que no me destroce.

—No. Eso nunca —dice Lea con seguridad—. Los cuernos no se cuentan… hasta que te pillan.

Lo tienes que ocultar, como las canas.

—Tú no tienes canas.

—Oh, sí tengo. Mira.

Se pasa la mano por el pelo y lo aparta. Veo tres canas muy juntas, brillando bajo la luz.

Creo que, si lo oculto, el remordimiento me perseguirá el resto de mi vida.

—¿Y cómo la tiene? —pregunta Lea de repente. Y puedo ver perfectamente cómo se le dilatan las pupilas mientras lo dice.

—No la vi. Ni quería hacerlo.

—Me has cortado todo el rollo. Voy a escribirle al chulo de anoche para que me meta un buen meneo, que me he puesto cachonda.
Se va de la habitación y escucho cómo coge la llave y cierra la puerta.

Tiene una facilidad enorme para ir de uno a otro. En eso la admiro, la verdad.
No sé si estoy sola en casa, pero tampoco quiero quedarme para averiguarlo. Necesito salir a correr, que me dé el aire, que mi cabeza deje de girar como una lavadora.

Antes de salir de la habitación me miro en el espejo. Está claro que tengo cara de estar pasándolo mal. Ojeras que asustan, el pelo hecho un desastre.

—¿En qué te has convertido en estas últimas semanas? —me pregunto en voz alta.

Me pongo los auriculares y salgo a la calle. El aire frío me golpea en la cara y me despeja un poco… pero solo un poco.

Ojalá pudiera volver al pasado para cambiarlo, pero sé que eso es imposible.
Amber, has cometido el mayor error de tu vida.

Paso al lado de mi coche y, por un segundo, me imagino abriendo la puerta, encendiéndolo y conduciendo hasta Phoenix para contar toda la verdad. O coger carretera y perderme por algún rincón de este país. Quién sabe… si se me fuera del todo la pinza, podría irme a otro país: México, Argentina, Colombia…
Pero siendo realista, lo único que debería hacer ahora es seguir corriendo.

¿Quién sabe?



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En el texto hay: pareja, adolescente, amor

Editado: 28.01.2026

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