Todas mis razones para luchar por ti

Capítulo 39

Amber

Estoy terminando de maquillarme y arreglarme. Han pasado justo setenta y dos horas desde lo del orgasmo. Aún no me lo quito de la cabeza. He soñado todas las noches con ello; en uno incluso tuve una pesadilla en la que Son nos pillaba. Cuando desperté, sentí que aquello había sido tan real como la vida misma.

Por eso mismo Lea ha decidido que salgamos de fiesta. Lleva más de media hora metiéndome prisa. No entiendo cómo es capaz de arreglarse tan rápido. Es como un coche de Fórmula 1: un visto y no visto.

Cuando salgo, finge que se ha dormido apoyada en la pared y le doy un codazo para que “despierte”.

—¿Ya? Cuando lleguemos solo va a quedar el agua de los floreros.
—Seguramente cuando lleguemos no habrá nadie aún.

Vamos en mi coche, porque sé de antemano que la que más va a beber será ella y yo quiero conducir de vuelta.

El trayecto no dura más de diez minutos. Ella insiste en poner música, pero le repito que no quiero acabar la noche con dolor de cabeza.

El parking está lleno de coches. Aparco y, nada más bajarnos, escucho música proveniente de una casa de dos plantas con fachada blanca. Apenas hay luz en el interior, pero sí una iluminación que alterna colores. Para llegar a la puerta principal hay que subir tres escalones de mármol.

Tocamos, pero enseguida comprobamos que está abierta. Entramos y, salvo la música, no hay mucho bullicio. Pasamos al salón principal. Hay cuatro chicos y tres chicas, todos de la fiesta de la playa. Reconozco a la chica que fue tan amable con nosotras. Las tres llevan el pelo exactamente igual: negro, liso, brillante, como si salieran de la misma peluquería. Dos llevan vestido y la de en medio una camiseta con canalillo marcado y una falda demasiado corta para mi gusto. Los chicos hablan entre ellos de baloncesto; visten vaqueros rotos y camisa perfectamente planchada.

—Ey. Sentaos aquí con nosotras.

Nos hacen hueco en el sofá, enorme, donde cabemos todos. En la mesa hay una cachimba encendida.

—¿Queréis? —pregunta una de ellas señalando la boquilla.
—Yo sí —dice Lea, que coge la manguera, da una calada y me la ofrece. Yo la rechazo.

No sé quién la habrá utilizado antes y no me apetece compartirla.

—Si queréis, en la cocina tenéis de todo para beber.

Lea se pone de pie y me pregunta qué quiero. No lo sé. Nunca he bebido demasiado. Le digo que lo mismo que ella. Trabajando en un pub, seguro que elige algo bueno.

Lo que no entiendo es cómo, después de pasarse la vida en un ambiente festivo, aún quiere salir de fiesta. Yo estaría deseando silencio.

Regresa con dos vasos hasta arriba.

—¿A qué te dedicas, Amber? —pregunta la chica del medio, la de la falda diminuta.

Decidí ponerme un vaquero negro y una blusa amarilla. Al verme en el espejo pensé que parecía una abeja.

—Pues… —bebo un sorbo para empezar a socializar— trabajo en una librería de la ciudad.
—Oh, qué bien. Lea no nos ha contado mucho de ti. Te protege como si fueras su hermana pequeña.
—¿Y con Tommy qué tal la convivencia? —la pregunta me hace atragantarme.

Había olvidado que estas chicas lo conocían. Parece que todo el mundo en esta ciudad conoce a ese chico. Qué diferencia con Son: más reservado, más tranquilo… más todo.

—Bien… al menos no deja pelos en el baño —contesto, y me levanto a por otra copa.

—¿Queréis algo? —pregunto más por cortesía que por ganas.

—Yo sí —dice la chica que no ha hablado aún—. Te acompaño.

Vamos a la cocina. Solo se escucha la música y las voces lejanas.

—Parece que todo el mundo conoce a ese chico —digo intentando averiguar qué piensa la gente de él.
—Es un mito en San Francisco. El típico chico que ves salir del agua en cámara lenta.
—Pues yo no sé qué le veis —miento—. Para mí es un chico normal y corriente.

No quiero admitirlo, pero algo hay en él.

—Te digo yo que lo que tiene ahí abajo no es normal —continúa—. Yo me lo lié el verano pasado. Es algo torpe, pero la polla merece la pena.

El estómago se me revuelve. Me dan ganas de vomitar lo que me bebí antes. Dice esas cosas con una frialdad increíble.

No respondo. Cojo mi vaso y regreso al sofá. Ellos se ríen, se lo pasan genial. Yo no. Me bebo el vaso de un trago y vuelvo a la cocina a por otro. Arde al bajar por la garganta.

La cocina ahora está llena de gente sirviéndose. Están muy colocados. Me sirvo como puedo y salgo.

Encuentro a Lea hablando con un tío. Seguro que le está preguntando cómo la tiene o si quiere irse con él a algún cuarto. Cosas de Lea. Al verme, se acerca.

—¿Cómo te lo estás pasando?
—No conozco a nadie… pero seguro que con un par de copas más socializo.

Arrastro las palabras. Dos, tres… ya he perdido la cuenta. Necesito aire.

Salgo al exterior. Hay una tumbona a un lado. Me tumbo como puedo. Noto el móvil clavándose en la pierna y lo saco. Entro en WhatsApp y releo el mensaje de buenas noches que le mandé a Son. Sin querer, pulso “llamar”. Antes de colgar, escucho su voz.



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En el texto hay: pareja, adolescente, amor

Editado: 18.02.2026

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