Son
Llevo dos horas dándole conversación a Marcos para que no se duerma. Pese a mi insistencia de parar y descansar, él dice que es mejor hacerlo del tirón. Ya es de noche. El sol cayó hace rato por el horizonte. Hace media hora que pasamos el cartel de Bienvenido a California, así que no debe quedar mucho.
Miro el móvil: queda algo menos de una hora y media.
La llamada de Amber me ha dejado preocupado. Además de que no sabía para nada que había ido a una fiesta, se la notaba bastante perjudicada. Menos mal que me ha mandado la ubicación. No tengo claro dónde está… pero estoy seguro de que la encontraré.
Cuando llegamos, enseguida reconozco su coche. No hay duda: está aquí.
Entro en la casa y todas las miradas van hacia mí. Me incomodan todas… excepto una: la de Lea, que me observa con cara de circunstancias.
Llego hasta ella.
—¿Dónde está Amber?
—No lo sé. La última vez que la vi subía las escaleras hacia el piso de arriba.
—Gracias.
La conversación termina ahí. Me doy la vuelta y subo los escalones de dos en dos. Todo este lugar me da asco. No es, ni de lejos, el tipo de sitio al que Amber acudiría en una situación normal.
Abro una puerta del pasillo. En el baño hay un tío con una bolsa y polvo blanco. Cierro al instante. No quiero saber nada.
En la siguiente habitación hay dos haciéndolo en la cama. Me gritan que cierre la puerta. Sigo.
Me estoy poniendo de los nervios. Hay como ocho puertas en este pasillo y tengo miedo de lo que pueda encontrar detrás de cada una. Pienso en llamarla, pero sé que no va a cogerlo. Así que sigo abriendo puertas, una a una.
Y cuando abro la siguiente… la encuentro.
La veo junto a ese cabronazo. Unidos por los labios, sentados en la cama, sus manos entrelazadas.
Esto no puede ser verdad.
Escucho mi corazón romperse lentamente mientras mi mundo se derrumba.
Cierro la puerta y me dejo caer al suelo. “Esto no puede estar pasando”, me repito una y otra vez mientras las lágrimas empiezan a caer. No consigo ver bien; todo está borroso entre el agua que me inunda los ojos y la rabia que me quema por dentro. Querría golpear algo, romper cualquier objeto en mil pedazos, igual que me siento yo ahora mismo.
Cuando consigo ponerme de pie, una mano se apoya en mi hombro. Me limpio las lágrimas con la manga de la sudadera. Es Marcos.
—Venga, vámonos. Es tontería estar aquí —dice con expresión seria. No le he dicho nada, pero por mi cara sabe que algo no ha ido bien.
Le obedezco. Soy una marioneta ahora mismo. Aunque empiezo a darme cuenta de que he sido un trapo viejo durante mucho tiempo. Uno de esos de usar y tirar. Ahora me doy cuenta de que todo esto ha sido una mentira. Y yo, tan ingenuo, recorriéndome medio país para verla.
Soy un auténtico estúpido.
Y no me equivocaba cuando decía que él iba detrás de ella y que ella se dejaba engatusar. No ha parado hasta que ha tenido lo que quería.
Parpadeo y ya estoy en el coche de Marcos. No sé ni cómo he llegado aquí. Él arranca sin decir ni una palabra.
Saco de mi mochila los papeles del traslado y empiezo a romperlos. Sabía que no podía irme sin romper algo. Miro mis manos y empiezo a quitarme la piel sobrante alrededor de las uñas. Duele, pero en este momento el dolor es casi… placentero. Y desde luego no duele tanto como lo que siento en el corazón.
Marcos no pregunta. Se lo agradezco. Tampoco frena cuando cruzamos de nuevo la frontera del estado.
Mi cabeza es un torbellino de pensamientos que no puedo controlar. Millones de preguntas sin respuesta. Miro mis piernas, luego la ventana. No puedo fijar la vista en nada.
—Me estaba engañando —consigo decir. Casi susurro, dudando incluso de si me ha oído.
—Lo… sé —responde, articulando cada palabra con cuidado. Su respuesta me descoloca.
—¿Cómo que lo sabes?
—Cuando entré a la fiesta me encontré con una chica. No sabía quién era, pero después de hablar dos minutos me enteré de que era amiga de Amber. Se le escapó que hace unos días se besó con su compañero de piso. Entonces subí a buscarte.
—…
—Cuando te vi tirado como estabas, supe que teníamos que irnos —añade sin apartar la vista de la carretera.
Ojalá me hubiese enterado por Lea. Ojalá no hubiese visto lo que vi. Esa imagen va a perseguirme durante semanas.