Amber
La intensidad del sol entrando por la ventana hace que me despierte. Me recuesto y enseguida me doy cuenta de que no estoy en mi habitación. Me paso la mano por la cara para quitarme las legañas. Cuando giro la cabeza hacia el otro lado de la cama, la realidad me golpea: Tommy está boca abajo, la espalda completamente desnuda. Y en ese instante caigo en la cuenta de que yo también estoy desnuda.
Salgo de la cama y busco rápidamente mi bolso, que está tirado en el suelo. Lo cojo y saco el teléfono. Intento no hacer ruido porque no quiero despertarlo. No estoy preparada para tener esta conversación con él. Apenas recuerdo lo que pasó anoche, y si él también iba bebido, puede que tampoco lo recuerde. Esa idea me da una mínima ventaja para salir de aquí y fingir que no ha ocurrido nada… pero todos los indicios apuntan a que sí pasó.
Desbloqueo la pantalla: un par de mensajes de Lea y varias llamadas perdidas.
Entro en el chat con Son y veo que le mandé la ubicación. No sé en qué momento lo hice. Por las horas, me parece extraño que no me haya dicho nada. Cuando abro la conversación con Lea, el último mensaje me deja helada:
“Son está aquí. Lleva cuidado.”
Un escalofrío me recorre la espalda. No sé si llegó a verme o si todavía me estaba buscando. Pero el hecho de que no tenga más mensajes suyos ni llamadas… no me da ninguna esperanza.
Recojo como puedo la ropa que está desperdigada por el suelo y me la pongo. Probablemente voy hecha un desastre. No quiero ni mirarme al espejo. Solo necesito salir de aquí.
Menos mal que vine en mi coche. No sé cómo se habrá ido Lea, pero conociéndola, seguro que encontró a alguien.
Llamo a Son mientras camino hacia el coche. Hace muchísimo frío a esta hora de la mañana. Me congelo aún más cuando salta el contestador. Decido llamar a Lea; quizá ella sabe algo. Tengo suerte: me lo coge a la primera.
—¿Amber? —su voz está tomada, como si hubiera estado gritando toda la noche.
—¿Qué pasó anoche? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
Cojo aire antes de que responda y abro el coche.
—Tú te liaste con Tommy y apareció Son en la fiesta con un amigo. Os pilló.
Siento esas palabras como una espada clavándose en mi pecho, abriéndolo para arrancarme el corazón. Las piezas del puzle encajan al fin. Ahora entiendo todo.
De repente me cuesta respirar. No me doy cuenta hasta que necesito soltar un suspiro largo y tembloroso. Mi mente empieza a buscar dónde podría estar.
—¿Lea? ¿Sabes dónde está?
—No… solo sé que se fueron enseguida.
Después de eso solo escucho su respiración. Está claro que no sabe nada más.
—Hablamos después… tengo que hacer unas llamadas —digo antes de colgar.
Busco en la agenda el contacto de Tatiana. Quizá ella pueda decirme algo.
Cuando por fin responde, escucho ruido alrededor. Supongo que está trabajando.
—Dime, cariño —saluda con ese tono dulce que la caracteriza.
—¿Sabes dónde está Son?
—Sí, ha llegado hace unas horas. Está bastante triste. ¿Qué ha ocurrido, Amber?
—Nada… salgo para allí.
Cuelgo y me miro en el espejo del parasol. Voy hecha un desastre. Tengo el rímel corrido por todo el ojo y la ropa arrugada. No sé si hacer esto, no sé si debería enfrentarme a él, pero arranco el coche. Son muchas horas… pero le debo una explicación. Necesito mirarlo a los ojos y decirle que he sido la peor persona del mundo. Que lo he engañado.
Me cuesta tragar saliva. Tengo la boca seca como el desierto.
Pero ahora mismo, eso es lo de menos.
Más tarde
El viaje ha ido bien. Al fin veo el camino que lleva a su apartamento. He pasado las horas pensando en qué decirle. Nada es fácil, pero tengo más o menos clara la idea.
Aun así, no estoy del todo segura. Me tiemblan las piernas y sé que, si hablara ahora, la voz me temblaría igual.
Decido hacerlo igualmente.
Aparco justo enfrente y bajo del coche con firmeza. Subo los escalones, y cada uno pesa más que el anterior. El miedo y la angustia me oprimen el pecho. El tiempo se detiene cuando llego a su puerta y coloco el dedo sobre el timbre.
Al final, lo presiono.
Abre sin preguntar y lo veo.
Tiene la cara de alguien que no ha dormido en toda la noche. La ropa arrugada, ojeras profundas. Nos miramos en silencio. Si alguien nos viera en ese instante, diría que somos un cuadro.
—Tenemos que hablar… —empiezo.
—No hay que hablar nada —me corta con un tono punzante. Siento el veneno en cada palabra—. Todo está bastante claro. Eres igual que todas.
Sus palabras duelen. Pero es el dolor que yo le he provocado. Me lo devuelve sin piedad.
—Lo siento… no pretendía…
—¿Ponerme los cuernos? Seguro que fue “sin querer”.
Las lágrimas me nublan la vista.
—No sé qué me pasó… solo espero que algún día puedas perdonarme.
—No creo que pueda perdonarte esto nunca, Amber… —pasa la lengua por la parte superior de los dientes, como si estuviera eligiendo cada palabra—. Te quiero, y te querré siempre. Pero está claro dónde están tus sentimientos, y yo no voy a interponerme.