Todas mis vidas contigo

CAPÍTULO 2. La voz al otro lado de la calle

A las ocho de la mañana había decidido que Adrián era un acosador.

A las nueve y veinte ya estaba buscando su nombre en internet.

Solo conocía el nombre.

Adrián.

Sin apellido.

Era ridículo.

Encontré miles de resultados y ninguno significaba nada.

Actores. Abogados. Arquitectos. Entrenadores personales. Un hombre detenido por fraude en Sevilla. Otro que vendía motocicletas usadas.

Cerré el navegador.

Mi compañera Irene levantó la vista desde la mesa de enfrente.

—Llevas diez minutos mirando Google como si hubiera insultado a tu madre.

—Estoy trabajando.

Miré a la izquierda al decirlo.

Irene arqueó una ceja.

Yo cerré los ojos.

Perfecto.

Ahora también iba a obsesionarme con aquello.

—Tienes cara de haber dormido tres horas.

—Cuatro.

—Muchísimo mejor.

El Archivo Histórico ocupaba un edificio del siglo XIX que olía permanentemente a papel, madera húmeda y polvo.

Me gustaba ese olor.

Había algo tranquilizador en trabajar con cosas que ya habían sucedido.

Los documentos no cambiaban de versión.

Las fotografías no te mentían después de ochenta años.

O eso creía.

—¿Quieres café? —preguntó Irene.

—Sí.

—¿Con azúcar?

La miré.

—¿Desde cuándo tomo azúcar?

—Desde nunca. Era una prueba para comprobar si seguías siendo tú.

No respondí.

Irene dejó de sonreír.

—Vale. ¿Qué pasa?

—Nada.

Miré a la izquierda.

—Elisa.

—Conocí a alguien raro ayer.

Eso era cierto.

Y suficientemente incompleto.

—¿Raro en plan atractivo que colecciona vinilos o raro en plan tengo tu dirección escrita con sangre?

—Más cerca de lo segundo.

—¿Te siguió?

—No lo sé.

—¿Sabe dónde vives?

Recordé sus palabras.

Vives sola desde hace cuatro años.

—Quizá.

Irene dejó el bolígrafo.

—Eso no me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Policía?

—No ha hecho nada.

—Saber dónde vives ya es hacer algo.

—No dijo mi dirección.

—Ah.

—Solo sabía que vivo sola.

—Mucho mejor.

Me froté la frente.

—También sabía otras cosas.

—¿Qué cosas?

Estuve a punto de contarle lo de la marca de nacimiento.

No lo hice.

—Cómo tomo el café. Costumbres.

—Redes sociales.

—No publico tanto.

—Algún ex.

—Mis ex no saben ni cómo tomo el café.

—Eso explica que sean ex.

Sonreí a pesar de mí misma.

Luego recordé la furgoneta.

La sonrisa desapareció.

Irene lo notó.

—¿Qué más?

—Me dijo que no cruzara una calle cuando escuchara mi nombre.

—¿Qué?

—Y pasó.

—¿Qué pasó?

—Alguien me llamó desde el otro lado. Casi crucé. Pasó una furgoneta.

Irene se quedó en silencio.

—Elisa…

—Fue casualidad.

—Claro.

—Lo fue.

—Vale.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que no crees que fuera casualidad.

—Estoy intentando decidir si llamar a la policía yo misma.

Mi ordenador emitió un sonido.

Un correo nuevo.

Asunto: Colección Berrenechea. Registro pendiente.

Lo abrí.

Era de la directora.

Nos habían entregado aquella mañana una caja de fotografías procedente de una antigua casa familiar demolida en las afueras. Debíamos digitalizar el material y comprobar fechas.

Trabajo normal.

Exactamente lo que necesitaba.

—Iré al depósito —dije.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No voy a morir entre fotografías.

Irene se encogió de hombros.

—Eso es justo lo que alguien muere entre fotografías diría al principio de una película.

Le lancé un lápiz.

La caja estaba en la mesa del fondo.

Cartón viejo, cinta de conservación nueva.

FAMILIA BERRENECHEA. 1870–1935.

Me puse los guantes.

Había retratos de estudio, paisajes, fiestas, bautizos y bodas.

Fotografías de personas muertas cuyos nombres quizá solo sobrevivían porque alguien había escrito a lápiz detrás de una cartulina.

Ordené veinte imágenes sin encontrar nada especialmente interesante.

El número veintiuno mostraba una casa junto a un lago.

Se me detuvo la respiración.

No por la casa.

Por el agua.

Negra incluso en una fotografía sepia.

Sentí frío en las piernas.

Ridículo.

Aparté la imagen.

La siguiente era una boda.

Una pareja posaba frente a la misma casa.

El hombre permanecía de pie. La mujer estaba sentada.

Ella vestía de blanco.

Un velo sencillo.

Flores en las manos.

No había nada extraño en la fotografía.

Hasta que vi su muñeca.

Amplié la imagen con la lupa.

En la piel de la mujer, justo debajo de la mano izquierda, había una pequeña mancha oscura.

Media luna partida.

El aire desapareció del depósito.

No.

Era una sombra.

Un defecto.

Una imperfección del papel.

Podía ser cualquier cosa.

Me acerqué más.

El rostro de la mujer estaba ligeramente deteriorado por el tiempo.

Pero la forma de la nariz…

La barbilla.

Las cejas.

Solté la lupa.

Me alejé.

—No.

La palabra se perdió entre las estanterías.

Cogí mi teléfono y fotografié el reverso.

Había una inscripción.

Octubre de 1897.

Debajo, dos nombres.

Leonor Berrenechea y Mateo Arístegui.

Leonor.

Algo me atravesó la cabeza.

No dolor exactamente.

Una imagen.

Agua.

Una voz masculina.

Una canción.

Y una palabra pronunciada junto a mi oído:

Leonor.

Me apoyé en la mesa.

Respiré lentamente.

—Elisa.

Grité.

Irene estaba en la puerta.

—¡Dios!

—Perdón.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Cinco segundos.




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