Todas mis vidas contigo

CAPÍTULO 3. Cinco veces casados

No dormí aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos veía el reflejo.

Mi reflejo.

O algo que llevaba mi cara.

Vestido blanco. Cabello mojado. La piel demasiado pálida. Los labios formando la misma frase.

Esta vez no dejes que te salve.

A las cinco de la mañana encendí todas las luces del apartamento.

A las seis preparé café.

A las seis y tres lo tiré por el fregadero.

A las seis y diez llamé al archivo y dije que estaba enferma.

Miré hacia la izquierda al mentir.

Ya empezaba a odiar ese gesto.

Me senté en el suelo de la cocina con el portátil abierto y la fotografía de 1897 en la pantalla.

Leonor Berrenechea.

Mateo Arístegui.

Escribí ambos nombres.

Esta vez sí encontré algo.

No mucho.

Un registro digitalizado de defunciones.

Leonor Berrenechea de Arístegui.
Fallecida el 23 de octubre de 1897.
Edad: 30 años.
Causa: ahogamiento accidental.

Veintitrés de octubre.

Me quedé mirando la fecha.

Era 18 de octubre.

Cinco días.

Sentí que algo se cerraba alrededor de mi estómago.

Busqué a Mateo.

No aparecía su muerte.

Probé distintas combinaciones.

Encontré una noticia escaneada de un periódico local de noviembre de 1897.

La calidad era mala, pero podía leerse:

TRAGEDIA EN LA FINCA BERRENECHEA

El cuerpo de la joven Leonor Berrenechea, esposa de don Mateo Arístegui, fue recuperado del lago…

Seguí leyendo.

Las palabras parecían cambiar de lugar.

“…su esposo, quien intentó rescatarla…”

“…profundas lesiones en ambas manos…”

“…según testigos, se negó a abandonar la orilla…”

“…la familia no ha querido ofrecer declaraciones…”

Nada sobre asesinato.

Nada sobre una pelea.

Nada sobre una mano soltando otra.

Nada sobre una maldición.

Solo una mujer ahogada y un hombre que no pudo salvarla.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Lo ignoré.

Volvió a vibrar.

Un mensaje.

No abras la caja otra vez.

Me puse de pie.

Otro mensaje.

Por favor.

No había firma.

No la necesitaba.

Escribí:

¿Cómo consiguió mi número?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Ya lo tenía.

Sentí rabia.

Eso no mejora nada.

Tardó más esta vez.

Lo sé.

Escribí:

Quiero respuestas. Todas.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

No todas hoy.

Apreté el teléfono.

Entonces iré a la policía.

Respondió:

Hazlo si eso te hace sentir más segura.

Deje de hablarme como si ya supiera lo que voy a hacer.

Pasó casi un minuto.

Lo sabía antes. Contigo ya no.

Me quedé quieta.

Aquello me molestó más de lo que debería.

¿Dónde está?

La respuesta tardó apenas unos segundos.

Donde murió Leonor.

La finca Berrenechea estaba a cuarenta minutos de la ciudad.

No debería haber ido sola.

Lo sabía.

También sabía que, si se lo contaba a Irene, ella llamaría a la policía, me quitaría las llaves del coche y probablemente se sentaría encima de mí hasta que dejara de hablar de vidas pasadas.

Así que le envié mi ubicación.

Si no te escribo en una hora, llámame.

Su respuesta llegó enseguida.

¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO?

No contesté.

La carretera se estrechó al salir de la ciudad.

Había llovido durante la noche y el bosque olía a tierra mojada.

Reconocí el lugar antes de verlo.

Eso fue lo primero realmente inexplicable.

No la fotografía.

No Adrián.

No el sueño.

La curva.

Sabía que después habría dos cipreses.

Los hubo.

Sabía que el muro estaría roto a la derecha.

Lo estaba.

Sabía que al final del camino habría una casa blanca con tres ventanas en el piso superior.

La vi.

Frené tan bruscamente que el cinturón me golpeó el pecho.

La casa estaba abandonada.

Parte del tejado había desaparecido. Las persianas colgaban torcidas. Las plantas trepadoras habían invadido la fachada.

Pero yo la conocía.

No sabía cómo.

Salí del coche.

El viento agitó los árboles.

Y escuché música.

Muy baja.

Una melodía de piano.

Tres notas.

Luego cuatro.

El cuerpo se me cubrió de escalofríos.

Yo conocía esa canción.

No sabía su nombre.

Pero la odiaba.

La había odiado desde niña.

Mi madre solía tararearla sin saber de dónde la había aprendido, y yo siempre le pedía que parara.

Caminé hacia la casa.

Adrián estaba junto al lago.

De espaldas.

Al escuchar mis pasos se volvió.

—No deberías haber venido.

—Me dijo dónde estaba.

—No pensé que fueras a venir sola.

—Entonces todavía no me conoce tan bien.

Una sombra de cansancio cruzó su rostro.

—Eso parece.

Me acerqué hasta quedar a varios metros.

El lago estaba detrás de él.

Oscuro.

Quieto.

Tuve que obligarme a mirarlo.

Las piernas me temblaron.

Adrián lo notó.

—No te acerques más.

—¿Por qué?

—Porque le tienes miedo al agua.

—Eso ya lo sé.

—No sabes cuánto.

Me obligué a avanzar otro paso.

—Cuéntemelo.

—No.

—Entonces me voy.

Me di la vuelta.

—Leonor no sabía nadar.

Me detuve.

No miré atrás.

—Eso no aparece en ningún registro.

—Lo sé.

—¿Cómo murió?

Silencio.

—Cayó al lago.

—¿Accidente?

—No exactamente.

Me giré.




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