Todas mis vidas contigo

CAPÍTULO 4. El retrato de 1897

No hablamos durante el camino de vuelta.

Adrián conducía mi coche porque yo no podía dejar de temblar.

Había intentado discutir.

Solo durante treinta segundos.

Después mis manos no consiguieron meter la llave en el contacto.

Él no dijo nada.

Eso me molestó todavía más.

La carretera desaparecía bajo las ruedas mientras yo miraba por la ventana y repetía mentalmente las únicas explicaciones aceptables.

Estrés.

Sugestión.

Ataque de pánico.

Una persona dentro de la casa.

Algún truco.

Alguna forma de manipulación.

No sabía quién era Adrián.

No sabía cuánto había preparado.

No sabía si Irene estaba implicada.

No.

Eso último era absurdo.

Cerré los ojos.

El reflejo apareció inmediatamente.

Los abrí.

—¿Quién era?

Adrián siguió mirando la carretera.

—No lo sé.

—Mentira.

—No sé exactamente qué es.

—Eso no es lo mismo.

—No.

—Entonces sabe algo.

—Sí.

Esperé.

—¿Va a obligarme a sacárselo palabra por palabra?

—Probablemente.

—Lo odio.

—Lo sé.

—Deje de decir eso.

—Lo intentaré.

—También odio que diga que lo intentará.

Durante un segundo vi que casi sonreía.

Me enfadó que eso me tranquilizara.

—Hable.

Adrián agarró con más fuerza el volante.

—La primera vez que vi algo parecido fue en 1956.

—La tercera vida.

—Sí.

—Cuando caí.

—Sí.

—¿También tenía mi cara?

—No.

—Entonces ¿qué aspecto tenía?

—El tuyo de entonces.

Sentí frío.

—¿Y qué hizo?

—Te habló.

—¿Qué dijo?

—Que yo iba a matarte.

—Y usted no se lo creyó.

—No.

—¿La vi yo?

—Sí.

—¿Le creí?

—Sí.

Miré por la ventana.

—¿Por eso caí?

Adrián tardó.

—En parte.

—Eso significa que falta algo.

—Siempre falta algo.

—Muy útil.

—No quiero darte una versión falsa solo para que tengas una respuesta completa.

Aquello me hizo mirarlo.

Era la primera cosa que decía que sonaba completamente razonable.

Y no quería que sonara razonable.

—¿La mujer es una entidad?

—No lo sé.

—¿Un fantasma?

—Quizá.

—¿Una versión anterior de mí?

Adrián apretó la mandíbula.

—Eso pensé durante años.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que es algo que utiliza tus recuerdos.

—¿Para qué?

—Para separarnos.

Me reí.

—Conveniente otra vez.

—Sí.

—Todo apunta a que debo alejarme de usted y usted me dice que precisamente eso quiere la cosa.

—También pensé en eso.

—¿Y?

—Me alejé de ti en 1978.

Lo miré.

—¿La cuarta vida?

—Sí.

—¿Qué pasó?

—Moriste igual.

No respondí.

—¿Cómo?

—No quiero…

—Adrián.

—Veneno.

Recordé la copa.

—Pero usted estaba allí.

—Llegué después.

—Dijo que me dio el antídoto.

—Cuando ya estabas muriendo.

La imagen cambió ligeramente.

Una cama.

Su mano temblando.

Una copa contra mis labios.

No una mesa.

No una cena.

Una habitación.

—No me dio el veneno.

—No.

—Me dio algo para salvarme.

—Sí.

—Y murió igual.

—Sí.

—Entonces por qué dijo que fue culpa suya.

Adrián guardó silencio.

—¿Por qué?

—Porque sabía que estabas en peligro y decidí alejarme para protegerte.

Entendí.

—Y no estaba allí cuando empezó.

—Sí.

—Así que tampoco funcionó.

—No.

—Salvarme no funciona.

—No.

—Alejarse tampoco.

—No.

Nos quedamos en silencio.

Entonces pensé en la mujer.

Cinco veces dejaste que él eligiera.

—En todas las vidas tomó usted la decisión.

Adrián no respondió.

—¿Verdad?

—Muchas veces.

—Decidió escapar conmigo. Decidió abandonarme. Decidió protegerme. Decidió alejarse.

—Sí.

—¿Y yo?

—Tú…

Se detuvo.

—¿Qué?

—Casi siempre reaccionabas a lo que yo ya había hecho.

Algo se ordenó dentro de mi cabeza.

No era una respuesta.

Solo una forma.

Un patrón.

—Eso es lo que quiere decir.

—¿Quién?

—La mujer.

Adrián me miró brevemente.

—No lo sabemos.

—Dijo que cinco veces dejé que usted eligiera.

—No confíes en ella.

—Tampoco confío en usted.

—Eso está bien.

—¿No le molesta?

—Prefiero que dudes de mí a que me sigas ciegamente.

—¿Porque eso ya pasó?

—Sí.

—¿Cuál vida?

Su expresión cambió.

—La quinta.

La boda.

No pregunté más.

Todavía.

Adrián aparcó frente a mi edificio.

Antes de bajar comprobé el teléfono.

Treinta y dos mensajes de Irene.

Cuatro llamadas perdidas.

Un mensaje final:

SI ESTÁS VIVA RESPONDE O LLAMO A LA POLICÍA YA.

Escribí:

Estoy viva. Te llamo luego.

La respuesta llegó de inmediato.

TE ODIO.

Eso me hizo sentir extrañamente bien.

Normal.

Humano.

Abrí la puerta.

Adrián habló.

—No estés sola esta noche.

Me giré.

—¿Por qué?

—Porque la viste despierta.

—¿Eso importa?

—Sí.

—¿Cómo?

—Los sueños son recuerdos. Verla despierta es distinto.

—¿Qué significa?

—Que el veintitrés está más cerca de lo que pensaba.

—Está a cinco días.

—No hablo del calendario.

Sentí otra vez el miedo.

—Explíquelo.

—En otras vidas las señales empezaban semanas antes.

—¿Y ahora?

—Ayer casi te atropellan. Hoy la viste dos veces.

—Tres.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Tres?

—En la tienda. En la casa. Y antes…

Me detuve.

—¿Antes dónde?

—En un sueño.

Su rostro se tensó.

—¿Qué hizo?




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