Entre niños jugando y adultos debatiendo, el convite pasó en un suspiro.
El hilo musical aún era música ligera de sala de espera.
Victoria partía con disgusto su indescriptible postre. Carla, con las manos en su regazo, no había probado bocado, y estaba realmente encogida. Gonzalo degustaba su última cucharada con cuidado.
Tomás y Miguel hablaban de maderas y castañas. Mari observaba a su hija de reojo mientras Jesusa acunaba a la pequeña Lidia para que se durmiera entre tanto ruido.
—Carla, ¿no vas a comer el postre?
—No. —Apenas se oyó a sí misma.
Victoria se giró hacia su hermana y con ironía comentó:
—Dáselo a Gonzalo, o al abuelo. Ellos encantados, oye.
Gonzalo oyó su nombre y enseguida alargó el brazo hacia el plato de su prima:
—Trae, trae.
Jesusa alargó la mano y le dio un manotazo a su hijo para que se recogiera.
—¡No comas más, gordo!
—Susa, deja al niño que coma lo que quiera, que está creciendo. —Regañó Miguel a su mujer.
—¡Tiene que crecer de alto, no a lo ancho! —Jesusa seguía quejándose, pero todos la ignoraban.
Carla, en cierto momento, empezó a partir su trozo de pastel. Desviaba la mirada fuera del banquete de vez en cuando, y seguía con otro bocado. Repitió el proceso hasta que se lo acabó. Y con la tarta helada de tipo condesa hizo lo mismo.
Victoria dirigió su mirada hacia el objetivo de su hermana, pero no reparó en nadie en concreto. Rosa, sin embargo, con la obviedad de una niña de cuatro años, enunció lo que todos ya habían observado.
—Carla, boca llena.
Ángela tapó la boca de su hija por inoportuna.
—Rosa, ya.
Antonio miró a Carla de una manera indescifrable.
—Te vas a atragantar.
Silvia se acercó con complicidad, reparando en los carrillos llenos de su prima, y se acercó.
—Pareces un hámster, Carla.
La aludida se estaba esforzando por no hablar con la boca llena, pues toda esa atención le venía grande.
Victoria cogió su copa y la taza vacía del café de Tomás.
—Mira, Rosita, soy una bruja y voy a hacer una pócima. —Jugó—. ¡Dos gotas de sangre de vampiro!
Vació el poso de café sobre el refresco casi sin tocar.
—¡Nitos, nitos! —La niña aplaudía con entusiasmo mientras echaba un par de extrusionados de maíz en el mejunje.
—Mi hermano ha pedido mayonesa; si quieres, la traigo. —Sugirió Silvia.
—¡Victoria, compórtate! —se quejó de nuevo Tomás.
Se quedó un momento quieta, parpadeó para revisar a Carla por el rabillo del ojo y decidió seguir con su prima.
—¡Qué asco, solo falta que le echéis ceniza! —comentó Jesusa.
Gonzalo cogió el cenicero de su madre y vació la poca ceniza que tenía.
—¡Era ironía, Gocho, joder! —Le quitó el cenicero de las manos al adolescente de su hijo.
Con todos los primos atentos a la supuesta pócima de Victoria, Carla pudo masticar con tranquilidad lo que tenía en la boca y descansó al contemplarlos.
David, con su hermana Pilar de la mano, se acercó a su familia.
—Me manda mi padre para pediros que vayáis al salón principal. Es por la fiesta.
Todos se levantaron de manera más caótica que ordenada para dirigirse hacia donde señalaba el marinerito de la comunión.
Carla se acercó a su primo.
—La fiesta es individual, ¿verdad? —preguntó.
—Supongo, prima; lo contrario sería bastante raro.
David se fue por donde vino para hacer de anfitrión. Pilar, sin embargo, se acercó a Victoria.
—¿Vas a jugar conmigo?
La mayor le tomó de la mano y la llevó consigo al salón de la celebración donde se reunió toda la familia.
El tiempo corrió bastante deprisa para todos y el ecuador de la fiesta ya los había alcanzado.
La otra parte de la familia de David había tomado la pista como si la celebración fuera solo suya y Victoria, Carla y Silvia mantenían su propia conversación.
—¿Entonces Jesús no te interesa? —preguntó la prima.
—¡Tengo catorce años, Silvia, no quiero novios ahora!
—Puede ser que en unos años… —Insistía.
—Mírale —intervino Victoria—, si es un egocéntrico y un pato mareado.
De repente, alguien llamó la atención de la hermana mediana de ese Jesús. Y tras ella, se paró él y las otras dos hermanas.
—Disculpad, ¿dónde está la chica del vestido negro?
Era una voz masculina y dulce a la vez. Y a Carla, por sentirse aludida, le hizo cruzarse de brazos.
—¿Me acerco? —preguntó Victoria en un hilo de voz a su hermana.
Carla lo negó con energía.
—¿Por qué ibas a conformarte con ella, si me tienes a mí a tu alcance? —comentó la mediana a ese enigmático chico que no podían ver.
—Me siento halagado por tu insinuación, pero no me interesas.
Carla, Victoria y Silvia vieron cómo ese chico se abría paso y aparecía ante ellas, sentadas y expectantes.
—No quisiera irme de aquí sin haberme concedido un baile contigo.
El chico, de cabello negro, ojos azules y traje gris claro, se inclinó ligeramente hacia Carla extendiendo la mano en su dirección.
Le observó detenidamente; esta vez era su turno. Tenía unas facciones muy finas y equilibradas, con la nariz ligeramente pecosa y una sonrisa perfecta. Y aun así, no se dejó intimidar.
—No te conozco. —alegó.
—Soy Joaquín, y eso se puede arreglar. ¿Bailas conmigo?
Su reticencia flaqueó. Fue en ese momento en el que él le tomó la mano y se la estrechó.
Carla no pudo negar que el corazón le dio un vuelco y accedió.
—Solo uno —susurró.
—Solo uno —respondió Joaquín.
La voz de Enrique Iglesias empezó a entonar “Hero” mientras la pareja de hermanos presuntuosos se apartaba a un lado y la hermana mayor cogía en brazos a la pequeña, yendo tras ellos.
Carla no llegó a apoyarse físicamente en Joaquín, pero el balanceo de su baile invitó a los demás a imitarles.
Silvia y Victoria aún seguían sentadas.
—Jesús y Serena se han quedado de piedra —comentó la morena con una sonrisa en la cara—, les está bien empleado por creerse tan perfectos. ¡Bah!
Sin embargo, Victoria observaba a su hermana con un toque de picardía cómo se ruborizaba al mirarse las manos entrelazadas con el chico.
—Así que se llama Joaquín… —murmuró en un hilo de voz que solo ella escuchó.
Editado: 01.06.2026