Todavía me acuerdo de ti

Cinco: Ahora.

Debía de faltar poco para terminar la clase y Ángel, el profesor de expresividad, estaban de brazos cruzados frente a Victoria y Joaquín.
—Blázquez, hable.
La chica tomó aire.
—¿Tengo que hacerlo?
—Joaquin está esperando.
Una leve sonrisa se dibujó en el lateral de la cara del chico que el profesor no llegó a percibir.
—¡No puedo!
—¡Solo tienes que hacerle cambiar de expresión, Victoria!
—Ya ha visto que no le sirve un chiste.
—Es tu mejor amigo.
—Él espera solo una palabra y no la voy a decir.
—Pues dila.
—Me niego. ¿Puede emparejarme con otro alumno, profesor?
—Solo quedáis vosotros dos, Victoria, hazlo.
Las clases excéntricas del profesor de expresividad, de repente se le antojaban tan absurdas que rozaban la inutilidad.
Un pequeño pensamiento fugaz cruzó su mente. Ella era de pensar todos los posibles escenarios y esa idea se le antojó muy buena.
Victoria agarró con las manos la cara de Joaquín y le plantó un pequeño beso en la punta de la nariz.
El gesto de confianza de Joaquín pasó a ser desconcierto.
—Notable para Victoria por invasiva y para Joaquín por difícil.
—¡Eh, me merezco un sobresaliente, profesor! —Joaquín se levantó de su silla.
—Si fuera un examen de fin de curso lo podría aceptar, pero no en una prueba habitual que ha usado para su propio beneficio.
El profesor fue más estricto de lo que Joaquín se esperaba.
Ya eran las dos de la tarde y sonó el timbre.
Todos recogieron sus pertenencias y se dispusieron a regresar ese viernes.
Victoria fue de las últimas y al llegar a la puerta, la esperaba Joaquín.
—El beso en la nariz ha sido un golpe bajo. —Joaquín se quejó mientras se tocaba esa zona.
—Pues yo no diría que tienes la nariz tan larga —replicó Victoria—, un golpe bajo sería, si acaso, en la entrepierna.
Se llevó las manos a esa zona.
—¡Wowowowow! Estarás de broma.
—Llevas una semana con la cantinela de llevar a cabo la locura que se te ocurrió. ¿Tú crees que estoy de broma?
—Mmmm… no sé, ¿sí?
Victoria hizo el amago de levantar una rodilla a modo de amenaza, pero perdió el equilibrio y se abalanzó sobre su amigo.
—Soy una patosa que no tiene equilibrio, ¡soy consciente de ello!
Un carraspeo a sus espaldas les llamó la atención.
—¿Cuando os vais a liar de una vez?
Un chico rubio con los ojos de un azul muy pálido y aire surfero estaba cruzado de brazos.
—Hoy no has abierto la boca en clase, Trudy. —Entonó con desdén Joaquín.
—Troy, Trudy es mi nombre artístico, Kim.
—Lo mismo da.
Joaquín empezó a dar zancadas para adelantarse. Troy Flintstone le caía tan mal como un zapato sin suela. ¿Qué podía ver su amiga en ese surfista con aires humorista?
Al doblar la primera esquina, un coche de alta gama azul marino esperaba en doble fila. Se fijó en que el conductor le miraba.
Le sonrió con amabilidad pero le devolvió un ceño fruncido como saludo.
Joaquín tenía su coche aparcado un poco más adelante, se encogió de hombros y se acercó a su vehículo.
Aún así, seguía sintiendo que alguien le observaba.
Vio por el espejo retrovisor que Victoria recibía un tímido beso en la mejilla por parte del graciosillo y se iban cada uno por su lado.
Troy se montó en el coche de alta gama mientras que su amiga se dirigía hacia su coche.
—Kim, ¿bajas la ventanilla un momento?
Joaquín obedeció, aunque también arrancó el motor de su coche.
—Dime, Vics.
—¿Me puedes dejar en la estación de tren de Fuenlabrada?
—Siempre lo hago, ¿por qué lo preguntas hoy? —Hizo el gesto con la mano para invitarla a entrar al coche.
Victoria entró en el coche y se acomodó.
—Es que he quedado allí.
Joaquín se sintió algo incómodo.
—¿Con Troy?
—¡No! —Se rio—, he quedado con mi prima.
Joaquín empezó a callejear hasta salir a la autovía. Y en veinte minutos estaban atravesando la localidad hacia el punto de encuentro.
—Vics, creo sinceramente que no quieres emparejarme con tu hermana.
—¿Te haces una idea de lo distintos que son nuestros intereses para que coincidamos en algo? —Suspiró—. Carla es de esas chicas de gustos comunes y con ese aire de superioridad que se desvanece en cuanto la conoces pero con un regusto de jefa que acojona.
—Seguro que no será para tanto. Para mí me sigue pareciendo un melocotón entre ciruelas.
El silencio se volvió incómodo de repente. Joaquín usó la fruta por su sabor y Victoria, en cambio, se imaginó el tacto de la piel de esas frutas.
Llegaron a la parada de autobús donde ya la estaba esperando su prima.
—Silvia me espera, nos vemos el lunes en clase.
Un gesto de manos como despedida y al bajarse, Silvia se acercó.
—Hola, ¿tú eres el novio de mi prima?
Ni corto ni perezoso, respondió pensando en Carla.
—Ojalá.
Victoria se puso roja como un tomate, se asomó por la ventanilla y con una mezcla de ira y vergüenza le increpó:
—¿Te quieres callar?
Joaquín soltó una carcajada y broncó un poco el motor del coche.
—¡Mentira no es!
Y según lo dijo se fue rodeando el pabellón de Fernando Martín hacia su casa.




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