La ansiedad es la lucha constante de querer tenerlo todo bajo control.
De querer tener respuestas para preguntas que aún no existen. De planear cada paso, cada posibilidad y cada caída antes de que suceda. A veces esa necesidad de control me impulsa a seguir adelante; otras, se convierte en el peso que más me abruma.
Hay días en los que me veo como la mejor versión de mí misma y otros en los que me convierto en mi peor crítica. Intento encontrarme sin siquiera saber hacia dónde quiero llegar. Persigo sueños que alguna vez tuve en mis manos y que, en algún punto del camino, sentí perder. Sin embargo, sigo avanzando, incluso cuando el dolor parece acompañarme en cada paso.
Vivo tratando de controlar el miedo.
El miedo a fracasar.
El miedo a perderme.
El miedo a caer en un lugar tan profundo dentro de mí que no pueda encontrar la salida.
Tengo miedo de no encontrar el camino que deseo, pero hay algo que me asusta todavía más: no lograr conectar con quien realmente soy.
Porque sí, hay días en los que estoy bien.
Y otros en los que estoy tan mal que se me olvidan los días buenos.
La ansiedad llega de muchas formas. A veces es una tormenta silenciosa. Otras veces es un ruido constante que no me deja descansar. Me convence de que no soy suficiente, de que voy tarde, de que debería tener todas las respuestas.
Y cuando eso sucede, aparece la frustración.
La sensación de estar luchando una batalla interminable contra mí misma.
Hay días en los que siento que ya no puedo más.
Pero incluso en esos momentos, me recuerdo algo importante:
He sobrevivido a todos mis días difíciles.
A todos.
Y aunque la ansiedad intente convencerme de lo contrario, la persona que siempre me ha rescatado de la oscuridad ha sido la misma que hoy sigue escribiendo estas palabras.
Yo.
Mi esencia.
Mi alma.
La mujer que aún sigue perdida en algunos caminos, pero que jamás ha dejado de luchar contra los demonios que encuentra en ellos.
Porque tal vez todavía no me he encontrado.
Pero sigo buscándome.
Y eso también es una forma de seguir viviendo.