Siempre he tenido la mala costumbre de dudar de mí.
Dudar de mis capacidades, de mis decisiones, de mis sueños. Dudar de si seré capaz de comenzar algo nuevo, de cambiar de rumbo, de arriesgarme por aquello que me apasiona. A veces incluso he dudado de cosas tan simples como dar el primer paso.
Mis dudas no nacieron de la nada.
Nacieron de experiencias que cargo en silencio, de heridas que pocas personas conocen y de decepciones que aprendí a guardar dentro de mí. Quizás por eso me cuesta confiar. Quizás por eso no solo he dudado de mí misma, sino también de las personas que más cerca han estado de mi vida.
Y aunque nadie lo vea, vivir así cansa.
Porque las dudas no llegan una sola vez.
Llegan cada vez que quiero avanzar.
Cada vez que quiero intentarlo.
Cada vez que estoy a punto de convertirme en alguien mejor.
Me preguntan si soy suficiente.
Si realmente puedo lograrlo.
Si vale la pena seguir.
Y durante mucho tiempo les creí.
Les permití detenerme.
Me quedé inmóvil observando oportunidades pasar frente a mí mientras intentaba encontrar una respuesta que nunca llegaba.
Porque esa es la verdad:
Hay preguntas que jamás serán respondidas.
Hay caminos que solo se descubren al recorrerlos.
Y hay decisiones que nunca vendrán acompañadas de certezas.
Con el tiempo entendí que las dudas no desaparecen.
No existe un día en el que despiertes completamente libre de ellas.
Siguen ahí.
Esperando.
Apareciendo cuando menos las esperas.
Susurrando miedos.
Recordándote todo lo que podría salir mal.
Y aun así...
He aprendido algo.
Las dudas pueden acompañarme, pero no tienen permitido dirigir mi vida.
Porque si espero a sentirme completamente segura para vivir, jamás viviré.
Si espero tener todas las respuestas para avanzar, jamás avanzaré.
Y si sigo permitiendo que el miedo tome decisiones por mí, terminaré observando mi vida desde lejos en lugar de vivirla.
Hoy sigo teniendo dudas.
Más de las que me gustaría admitir.
Pero también tengo algo que antes no tenía:
La valentía de caminar con ellas.
Porque sobrevivir no significa no tener miedo.
Sobrevivir significa avanzar mientras el miedo intenta detenerte.
Y aunque mis dudas sigan creciendo, yo también.
Porque al final entendí que no necesito dejar de dudar para seguir adelante.
Solo necesito dejar de creer que mis dudas saben más de mí que mi propia alma.