Durante mucho tiempo le tuve miedo a la soledad.
Pensaba que el silencio era un castigo y que, si llenaba mis días de personas, conversaciones o abrazos, dejaría de sentir ese vacío que llevaba dentro.
Qué equivocada estaba.
Descubrí que la peor soledad nunca fue la de una habitación vacía.
La peor fue sentirme completamente sola mientras alguien estaba a mi lado.
Sonreír por fuera mientras mi alma llevaba horas pidiendo que alguien la escuchara.
Mirar a quienes decía querer y preguntarme por qué seguía sintiéndome tan lejos de todos.
Ese vacío pesa distinto.
Porque no lo provoca la ausencia.
Lo provoca no sentirte comprendida.
Durante mucho tiempo pensé que necesitaba encontrar a las personas correctas.
Hoy sé que antes necesitaba encontrarme a mí.
Porque nadie puede llenar un espacio que yo misma había abandonado.
Mi silencio dejó de ser un enemigo el día que decidí escucharlo.
Ahí descubrí mis miedos.
Mis heridas.
Las preguntas que llevaba años evitando.
Y entendí que la soledad nunca quiso romperme.
Solo quería obligarme a conocer a la única persona que siempre permanecería conmigo.
Yo.
Hoy sigo teniendo días en los que el vacío regresa.
Hay noches en las que el silencio pesa demasiado.
Hay momentos en los que todavía extraño una compañía que realmente me haga sentir en casa.
Pero ya no huyo.
Ya no lleno mis días por miedo a quedarme conmigo.
Ahora abrazo esos momentos porque entendí que, antes de pedirle a alguien que comprenda mi alma, necesito ser capaz de escucharla yo primero.
La vida puede quitar personas.
Puede cambiar caminos.
Puede romper promesas.
Pero hay una presencia que permanecerá hasta mi último día.
La mía.
Y si voy a caminar conmigo toda la vida...
quiero aprender a ser el lugar donde nunca vuelva a sentirme sola.