Hubo un tiempo en el que creí que todo aquello que me rompía algún día desaparecería. Pensaba que las heridas tenían fecha de caducidad, que el dolor terminaría por marcharse y que volvería a ser la persona que era antes de perder partes de mí en el camino.
Hoy sé que no fue así.
Vivo rodeada de mi propio autocontrol para no mostrar lo rota que, a veces, todavía me siento. No siempre encuentro la manera de expresar lo que llevo dentro sin que me asuste reconocer cuánto me ha cambiado la vida. Hay días en los que sonrío mientras mi alma intenta recoger, en silencio, los pedazos que aún siguen dispersos.
No pretendo hacer de mi dolor una bandera ni convertirme en una víctima de lo que he vivido. A veces ni siquiera logro comprender por qué ciertas heridas siguen doliendo cuando parecía que ya habían sanado. Solo sé que existen, que aparecen sin pedir permiso y que, en ocasiones, hacen tambalear la paz que tanto me ha costado construir.
Comprendí que no todos los corazones rotos nacen de un amor que terminó.
Algunos se rompen mucho antes de conocer el amor.
Se rompen con palabras que nunca debimos escuchar, con silencios demasiado largos, con sueños que tuvimos que abandonar, con la sensación de no pertenecer, con la infancia que nos marcó, con las despedidas que nunca entendimos y con todas aquellas versiones de nosotros que tuvimos que dejar atrás para poder sobrevivir.
Durante mucho tiempo esperé despertar sintiéndome completa.
Esperé el día en que todas mis grietas desaparecieran y pudiera volver a mirarme sin notar las cicatrices que la vida dejó sobre mí.
Pero ese día nunca llegó.
Y quizá nunca llegue.
Porque entendí que algunas heridas no desaparecen; simplemente aprenden a guardar silencio hasta que algo vuelve a tocarlas.
Hay momentos en los que regresan con la misma fuerza de antes.
Y vuelvo a sentirme frágil.
Vuelvo a dudar.
Vuelvo a creer que todo aquello que ya había superado sigue viviendo en algún rincón de mi interior.
Antes luchaba contra eso.
Hoy ya no.
Hoy entendí que no necesito volver a ser la persona intacta que alguna vez fui.
Necesito aprender a abrazar a la persona en la que me convertí después de sobrevivir.
Porque llorar también es avanzar.
Reír cuando todavía duele también es valentía.
Leer, escribir, guardar silencio o volver a empezar son formas de recordarme que sigo aquí, incluso en los días en los que mi corazón pesa más que mis fuerzas.
No puedo cambiar todo lo que me ocurrió.
No puedo regresar para salvar a la persona que fui.
No puedo borrar las grietas que el tiempo dejó sobre mi alma.
Pero sí puedo decidir qué hacer con ellas.
Puedo esconderlas.
O puedo mirarlas con la misma compasión con la que abrazaría a alguien que amo profundamente.
Y elegí lo segundo.
Hoy entiendo que quizá nunca vuelva a ser una persona intacta.
Y, por primera vez, eso dejó de asustarme.
Porque descubrí que una persona no vale menos por las partes que perdió en el camino.
Vale más por todo lo que tuvo que reconstruir para seguir creyendo en la vida.
Mis grietas siguen aquí.
Hay días en los que todavía brillan por el dolor.
Pero también brillan porque son la prueba de todo lo que sobreviví.
Y si alguna vez vuelvo a romperme —porque sé que habrá días en los que suceda—, también sé que volveré a recoger cada uno de mis pedazos con el mismo amor con el que hoy abrazo mi historia.
Porque nunca volví a ser intacta.
Pero tampoco volví a ser la persona que se rendía.