Todavia Me Estoy Encontrando

La paz que aprendí a exigir

Hay decepciones que no rompen el corazón.

Rompen la confianza.

Y, con el tiempo, descubrí que volver a confiar duele mucho más que volver a enamorarse.

Me he sentido traicionada.

Decepcionada.

Incluso cansada de encontrar personas que primero muestran una versión de sí mismas y, cuando ya bajaste la guardia, terminan revelando alguien completamente distinto.

No hablo de la perfección.

Nunca la he esperado.

Tampoco pretendo decir que yo no he cometido errores.

Solo anhelo algo que, con los años, entendí que vale más que cualquier promesa: la honestidad.

La tranquilidad de saber que quien está frente a mí no necesita fingir para ser querido.

Porque las máscaras siempre terminan cayendo.

Y cuando lo hacen, no solo se rompe la ilusión.

También se rompe la confianza que con tanto cuidado habíamos entregado.

A pesar de todo, sigo creyendo en el amor.

Quizá ya no con la ingenuidad de antes.

Quizá con más cicatrices y muchas más preguntas.

Pero todavía existe dentro de mí esa pequeña esperanza de encontrar a alguien que entienda que amar nunca ha sido impresionar a una persona.

Amar es permanecer cuando las palabras ya no alcanzan.

Durante mucho tiempo pensé que lo más importante era sentir una conexión intensa.

Hoy comprendí que la intensidad no sostiene una historia.

Lo que la sostiene son los actos.

Porque las palabras pueden emocionar.

Las promesas pueden ilusionar.

Pero únicamente la coherencia es capaz de construir un lugar donde el corazón descanse sin miedo.

Ya no busco a alguien que venga a llenar mis vacíos.

Esos aprendí a habitarlos por mi cuenta.

Busco a alguien que no los convierta en heridas nuevas.

Alguien con quien pueda bajar la guardia sin sentir que debo vigilar cada movimiento para no volver a romperme.

Alguien que comprenda que el amor no consiste en hacer sentir especial a una persona durante unos días.

Consiste en elegirla incluso cuando la emoción inicial deja de ser suficiente.

Porque la paz también se demuestra.

Y el amor, cuando es verdadero, nunca necesita disfrazarse.

Antes creía que el amor era encontrar a alguien que acelerara mi corazón.

Hoy sé que el amor también debe saber calmarlo.

Por eso ya no persigo promesas.

No me deslumbra quien habla bonito.

No me impresiona quien promete un futuro.

Me conmueve quien cumple lo que dice.

Quien permanece.

Quien cuida.

Quien hace sentir segura a la persona que tiene al lado.

Comprendí que antes de encontrar un amor sano tenía que convertirme en el lugar donde mi propia paz estuviera a salvo.

Porque nadie puede ofrecer tranquilidad cuando todavía vive negociando su dignidad.

Y ese fue el aprendizaje más difícil.

Entender que el amor nunca debería costarnos nuestra calma.

Que ninguna conexión, por intensa que parezca, merece que dudemos de nuestro valor.

Que no todo el que llega merece quedarse.

Y que también es una forma de amor cerrar la puerta cuando alguien deja de tratarte con el respeto que tú jamás dejarías de ofrecer.

Hoy sigo creyendo en el amor.

Pero ya no creo en cualquier amor.

Creo en ese que no obliga a desconfiar.

En el que no necesita explicaciones constantes para sentirse seguro.

En el que las acciones hablan antes que las palabras.

En el que puedo seguir siendo exactamente quien soy sin sentir miedo de que eso deje de ser suficiente.

Porque después de tantas decepciones entendí algo que cambió mi manera de querer.

El verdadero amor no llega para enseñarte cuánto puedes soportar.

Llega para recordarte que, por fin, ya no tienes que sobrevivir para sentirte amado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.