Todavia Me Estoy Encontrando

La tregua

Siempre he tenido batallas que nadie podía ver.

Batallas dentro de mi cabeza, contra mi autoestima, contra mis emociones y contra esa parte de mí que insistía en repetirme que no era capaz, que no merecía nada y que nunca sería suficiente en comparación con los demás.

Durante mucho tiempo fui mi propia enemiga.

Me miraba y encontraba defectos antes que virtudes. Dudaba de mis capacidades antes de intentarlo. Me convencía de que no estaba hecha para salir adelante, como si la vida fuera un lugar al que yo no tenía derecho a pertenecer.

Llegué a sentir que no merecía la abundancia, la libertad, el amor ni siquiera la tranquilidad de respirar sin sentir que algo dentro de mí estaba fallando.

Y mientras buscaba culpables afuera, no me daba cuenta de que la guerra más grande estaba ocurriendo dentro de mí.

Culpé a las circunstancias.

Culpé a las personas.

Culpé a quienes no supieron elegirme, a quienes no supieron amarme y a quienes me hicieron creer que no era suficiente.

Pero hubo una verdad que tardé demasiado en aceptar:

yo también había aprendido a hacerme daño.

Yo me detenía.

Yo me saboteaba.

Yo convertía mis miedos en límites y mis inseguridades en razones para no intentarlo.

Yo misma me convencía de que era mejor quedarme donde estaba antes que arriesgarme a descubrir que podía llegar más lejos.

Y eso también me destruyó.

Pero algo comenzó a cambiar.

No ocurrió de un día para otro.

No desperté una mañana amándome por completo ni dejando atrás todos mis pensamientos.

Simplemente comencé a escucharme de otra manera.

La voz que antes me decía no puedes comenzó, poco a poco, a preguntarme ¿y si sí?

La que me recordaba mis defectos empezó a reconocer mis esfuerzos.

La que me hacía sentir pequeña comenzó a comprender que sobrevivir tantos días también era una forma de fortaleza.

Y entonces entendí que no necesitaba convertirme en una persona perfecta para merecer quererme.

Podía ser emocionalmente inestable algunos días.

Podía sentir miedo.

Podía equivocarme.

Podía tener días en los que todo me pesara demasiado.

Y aun así seguir siendo digna de amor.

Incluso del mío.

Durante mucho tiempo esperé que alguien llegara para demostrarme que yo era suficiente.

Esperé que alguien me eligiera para dejar de sentir que no merecía ser elegida.

Pero ninguna persona podía hacer por mí lo que yo llevaba años negándome.

Tenía que elegirme yo.

Tenía que dejar de esperar que alguien viniera a salvarme de una guerra que también estaba alimentando.

Porque descubrí que mi peor rival no era la vida.

No eran las personas.

No eran mis circunstancias.

Era la versión de mí que había aprendido a creer que no podía.

Y hoy no quiero destruirla.

No quiero odiarla.

No quiero avergonzarme de haber sido ella.

Porque esa persona también estaba intentando sobrevivir con las herramientas que tenía.

Por eso hoy hago una tregua conmigo.

No porque haya ganado todas mis batallas.

No porque ya no tenga miedo.

No porque finalmente tenga todas las respuestas.

Hago una tregua porque estoy cansada de vivir en guerra con la persona que más tiempo ha permanecido a mi lado:

yo.

Hoy dejo de castigarme por no haber sabido hacerlo mejor.

Dejo de compararme con vidas que no conozco.

Dejo de exigirme sanar a una velocidad que mi alma no puede seguir.

Y cuando vuelva a caer, no quiero encontrarme esperando para juzgarme.

Quiero encontrarme para levantarme.

Quiero aprender a hablarme con la misma paciencia con la que hablaría con alguien que amo.

Quiero recordarme que no tengo que ser extraordinaria todos los días.

A veces basta con seguir.

A veces basta con respirar.

A veces basta con levantarse una vez más.

Porque quizá nunca deje de existir esa parte de mí que duda, que teme y que intenta convencerme de que no soy suficiente.

Pero ahora existe otra parte.

Una que aprendió a responderle.

Una que dice:

sí puedo.

sí merezco.

sí soy suficiente.

Y si algún día vuelvo a olvidarlo, volveré a recordármelo.

Porque hoy ya no quiero vencer a mi rival.

Quiero conocerlo.

Quiero entenderlo.

Quiero aprender a vivir con él sin permitirle destruirme.

Por eso hoy levanto una bandera blanca.

No es una bandera de rendición.

Es la señal de que terminó la guerra.

Y mientras hago las paces conmigo, levanto también una bandera verde.

Porque después de tantos años luchando contra mí misma, finalmente estoy lista para hacer algo que durante mucho tiempo me dio miedo:

seguir avanzando de mi propio lado.




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