Hay una voz dentro de mí que conoce exactamente dónde hacer daño.
No necesita gritar.
Le basta con aparecer cuando estoy a punto de intentarlo.
Cuando algo nuevo se presenta frente a mí, cuando una oportunidad me invita a avanzar o cuando por fin creo que puedo hacer algo diferente, ahí está.
Esperando.
Me recuerda todo lo que alguna vez hice mal.
Todo lo que no conseguí.
Todo lo que todavía no soy.
Me dice que quizá no pueda.
Que quizá alguien más lo hará mejor.
Que quizá no soy suficiente para llegar hasta donde quiero.
Y durante mucho tiempo le creí.
Le di el poder de decidir por mí.
Dejé oportunidades pasar.
Me quedé en lugares donde ya no quería estar.
Pospuse sueños porque tenía miedo de descubrir que no era capaz de cumplirlos.
Y lo peor no era escuchar esa voz.
Lo peor era reconocerla como si fuera la verdad.
No sé cuándo comenzó.
Quizá nació de las veces que fallé.
De las veces que me comparé.
De las palabras que alguien dijo y que terminé convirtiendo en una parte de mí.
Quizá apareció cada vez que tuve miedo y decidí llamarlo incapacidad.
No lo sé.
Hay cosas dentro de nosotros que no tienen una fecha exacta de nacimiento.
Solo sabemos que un día están ahí.
Y se quedan.
Durante mucho tiempo intenté callarla.
Pensé que algún día despertaría sin dudas, sin miedo, sin esa sensación de que cualquier decisión podía llevarme al lugar equivocado.
Esperé sentirme preparada.
Pero la vida no espera a que uno esté preparado.
Los días pasan.
Las oportunidades aparecen.
Las personas llegan y se van.
Los caminos cambian.
Y mientras yo esperaba dejar de tener miedo, la vida seguía ocurriendo.
Entonces entendí algo que me costó aceptar:
quizá esa voz nunca se vaya.
Y, por primera vez, no sentí que eso fuera una derrota.
Porque no necesito dejar de escucharla para seguir viviendo.
Necesito aprender a distinguirla de mí.
No todo lo que pienso es cierto.
No todo lo que temo va a suceder.
No todo lo que salió mal define lo que vendrá.
Y no todo aquello que todavía no puedo hacer significa que nunca podré hacerlo.
Ahora, cuando esa voz aparece, la escucho.
Sí.
A veces todavía consigue asustarme.
A veces consigue hacerme dudar.
A veces consigue que me detenga.
Pero ya no consigue decidir por mí.
Porque aprendí que tener miedo no significa estar retrocediendo.
Dudar no significa ser débil.
No saber qué hacer no significa estar perdida para siempre.
A veces simplemente significa que estoy frente a algo que nunca había vivido.
Y quizá eso también sea parte de crecer.
He dejado de exigirme tener todas las respuestas.
Ya no necesito conocer cada curva antes de comenzar el camino.
Puedo avanzar sin saber exactamente dónde terminaré.
Puedo equivocarme.
Puedo regresar.
Puedo cambiar de dirección.
Puedo comenzar otra vez.
Y si esa voz vuelve a decirme que no puedo, quizá todavía me duela escucharla.
Pero ahora tengo algo que antes no tenía.
Mi propia respuesta.
No siempre será fuerte.
No siempre será segura.
Algunos días apenas será un susurro.
Pero estará ahí.
Diciéndome:
inténtalo.
camina.
quédate contigo.
no tienes que saberlo todo hoy.
Y entonces seguiré.
No porque haya vencido mis miedos.
No porque finalmente me sienta invencible.
Sino porque comprendí que ser valiente nunca significó vivir sin miedo.
Significó dejar de entregarle mi vida al miedo.
La voz seguirá hablando.
Quizá durante mucho tiempo.
Quizá algunos días consiga convencerme de detenerme.
Pero ahora sé algo que me costó años aprender:
puedo escucharla sin obedecerla.
Y mientras siga caminando, mientras siga intentando, mientras todavía exista dentro de mí una pequeña parte que quiera descubrir qué hay al otro lado de mis propios límites...
esa voz podrá hablar todo lo que quiera.
Yo voy a seguir viviendo.