Hay días en los que no sé qué me pasa.
No encuentro una razón para sentirme triste,
para querer llorar,
para sentirme sola,
para sentir que algo dentro de mí se está rompiendo
aunque, desde afuera, parezca que todo está bien.
Y quizá eso es lo más difícil de explicar:
que a veces no existe una razón.
Simplemente sucede.
Hay días en los que me siento capaz de todo.
Me miro y pienso que puedo con la vida,
que puedo con mis miedos,
con mis heridas,
con todo aquello que alguna vez intentó derrumbarme.
Y hay otros…
en los que no puedo ni conmigo.
Hoy es uno de esos días.
Uno de esos días en los que levantarme de la cama parece una batalla que ya empecé perdiendo.
Abro los ojos
y no quiero levantarme.
Miro el techo durante minutos que parecen horas
y me pregunto de dónde voy a sacar la fuerza
para enfrentar otro día.
No quiero hablar.
No quiero explicar.
No quiero fingir que estoy bien.
Y lo peor es que ni siquiera sé cómo explicar lo que siento.
Solo sé que pesa.
Pesa el cuerpo.
Pesan los pensamientos.
Pesan las heridas que creía cerradas.
Pesan recuerdos que normalmente puedo cargar
pero que hoy parecen demasiado para mis manos.
Hay días en los que no encuentro un motivo para seguir luchando,
pero tampoco encuentro una razón para dejar de hacerlo.
Y entonces me quedo ahí.
Entre el cansancio y las ganas de seguir.
Entre querer desaparecer un rato
y saber que, en el fondo, todavía quiero quedarme.
Quizá nadie lo nota.
Porque aprendí a sonreír incluso cuando por dentro estoy hecha pedazos.
Aprendí a contestar “estoy bien”
cuando en realidad quisiera que alguien me mirara a los ojos
y me preguntara una segunda vez.
Pero hoy no quiero ser fuerte.
Hoy no puedo.
Hoy quiero permitirme llorar sin sentir que estoy retrocediendo.
Quiero aceptar que hay heridas que vuelven a doler
justo cuando pensaba que ya no podían hacerlo.
Que hay días en los que la soledad pesa más.
En los que quisiera sentir unos brazos alrededor de mí
y no tener que ser yo quien me diga
que todo va a estar bien.
Pero aquí estoy.
Conmigo.
A veces eso tendrá que ser suficiente.
Y aunque hoy no encuentre respuestas,
aunque no entienda por qué mi corazón se siente así,
aunque no tenga fuerzas para luchar contra nada…
no voy a exigirme estar bien.
Tal vez sobrevivir este día
también sea una forma de avanzar.
Tal vez levantarme mañana
sea suficiente.
Tal vez no todos los días tengo que conquistar el mundo.
Hay días en los que apenas puedo conquistarme a mí misma.
Y eso también cuenta.
Porque he aprendido que sanar no significa dejar de tener días difíciles.
Significa aprender a quedarme
incluso cuando quiero salir corriendo de mí.
Significa entender que llorar no me hace débil.
Que descansar no significa rendirme.
Que sentir demasiado no significa que haya algo mal en mí.
Y que estar rota por un día
no significa que lo estaré para siempre.
Así que hoy…
hoy no puedo.
No puedo sonreír.
No puedo fingir.
No puedo entenderlo todo.
No puedo ser la persona fuerte que todos esperan.
Y está bien.
Mañana quizá pueda.
Y si mañana tampoco puedo,
lo intentaré al día siguiente.
Pero mientras tanto,
voy a quedarme aquí.
Respirando.
Llorando si hace falta.
Esperando a que pase esta tormenta
sin obligarme a encontrarle un sentido.
Porque quizá la vida no siempre se trata de luchar.
A veces se trata solamente de resistir.
De llegar al final del día
con el corazón cansado,
los ojos llenos de lágrimas
y aun así poder decir:
“Hoy no pude con todo.
Pero pude conmigo.
Y sigo aquí.”
Y quizá, por hoy,
eso sea suficiente.