Todavia Me Estoy Encontrando

VOLVÍ POR MÍ

Siempre he tenido esa mala costumbre
de dejarme como última elección.

Primero los demás.
Primero lo que necesitaban.
Primero lo que esperaban de mí.
Primero el qué dirán.
Primero encajar.

Y después, si quedaba algo de mí,
yo.

Durante mucho tiempo no entendí cuánto daño me hacía.

No lo resentía en el momento.
No veía el desgaste emocional,
no miraba mis heridas internas,
no entendía cuánto de mí iba desapareciendo
cada vez que hacía algo que no quería
solo porque hacía felices a los demás.

Me preocupaba tanto por no lastimar,
por no incomodar,
por no decepcionar a nadie,
que nunca me pregunté
cuántas veces me estaba decepcionando yo.

Y quizá esa fue una de las formas más silenciosas
en las que aprendí a abandonarme.

Porque nunca me fui de mí.

Seguía aquí.

Respirando dentro del mismo cuerpo,
mirándome en el mismo espejo,
caminando con la misma alma.

Y aun así,
me abandonaba todos los días.

Cada vez que decía sí
cuando por dentro quería gritar no.

Cada vez que callaba para no incomodar.

Cada vez que aceptaba menos de lo que necesitaba
para que alguien más estuviera bien.

Cada vez que sacrificaba mi tranquilidad
para no convertirme en el problema de nadie.

Cada vez que elegía pertenecer
aunque para hacerlo tuviera que dejarme afuera.

Y lo más doloroso
es que durante mucho tiempo
ni siquiera pude verlo.

Yo,
la única persona que estará conmigo
durante toda mi vida,
también sabía hacerme daño.

No voy a mentir.

Aún hay ocasiones en las que vuelvo a hacerlo.

Todavía me descubro pensando demasiado
en lo que otros sentirán,
en lo que dirán,
en si mis decisiones van a decepcionar a alguien.

Todavía existen momentos
en los que vuelvo a colocarme al final de la fila
como si mi felicidad pudiera esperar,
como si mi paz fuera negociable,
como si mi vida necesitara la aprobación de alguien más
para poder pertenecerme.

Estoy aprendiendo.

Y aprenderlo me ha costado dolor.

Me ha costado intriga.
Culpa.
Heridas.
Noches enteras discutiendo conmigo.

Me ha costado entender
que no puedo hacer felices a todos
sin convertirme yo en el precio.

Porque quise tanto complacer a los demás
que por momentos olvidé preguntarme:

¿Y a mí, quién me estaba complaciendo?

¿Quién estaba cuidando mi paz?

¿Quién estaba defendiendo lo que yo quería?

¿Quién iba a venir a buscarme
después de todas las veces
que me había dejado atrás?

Y entonces entendí algo:

tenía que volver por mí.

No porque de pronto aprendiera a quererme perfectamente.

No porque dejara de tener miedo.

No porque ya no me importara lo que otros pensaran.

Volví por mí
porque me cansé de ser siempre
la persona que podía esperar.

Volví por esa parte de mí
que tantas veces hice pequeña para caber.

Por la que calló para no molestar.

Por la que aceptó.

Por la que cedió.

Por la que sonrió mientras por dentro preguntaba:

“¿Y cuándo me toca a mí?”

Volví por ella.

Volví por mí.

Para descubrir qué me apasiona
cuando nadie está diciéndome qué debería gustarme.

Para saber quién soy
cuando no estoy intentando encajar.

Para descubrir qué quiero hacer con mi vida
cuando dejo de construirla alrededor
de las expectativas de los demás.

Volví para demostrarme
que aunque me hice mucho daño,
mi amor por mí también puede aprender
a reparar algunas de esas heridas.

Y no sé si alguna vez dejaré de perderme por completo.

Quizá vuelva a hacerlo.

Quizá vuelva a elegir a alguien antes que a mí.
Quizá vuelva a callarme.
Quizá vuelva a olvidar mis límites.
Quizá un día vuelva a mirarme
y descubra que otra vez me he dejado demasiado lejos.

Pero ahora hay algo diferente.

Ahora sé el camino de regreso.

Y si vuelvo a perderme,
volveré por mí.

Si son diez veces,
diez veces.

Si son cien,
cien.

Si necesito pasar toda una vida
aprendiendo a elegirme,
entonces pasaré toda una vida intentándolo.

Porque ya entendí
que no puedo sacrificar mi felicidad,
mi estabilidad,
mi paz
ni mi propia vida
para conseguir que todos estén felices conmigo.

No puedo seguir perdiéndome
para pertenecer.

No puedo continuar abandonándome
por miedo a que otros lo hagan primero.

Y quizá nunca llegue a ser
esa versión perfecta de mí
que tantas veces imaginé.

Ya no quiero serlo.

Solo quiero convertirme en una persona
capaz de mirarse después de cada caída
y reconocerse.

Capaz de elegirse incluso con miedo.

Capaz de decir no sin sentirse culpable.

Capaz de quedarse de su propio lado
cuando alguien más decida irse.

Porque después de pasar tanto tiempo
preocupándome por que nadie me abandonara,

descubrí algo mucho más doloroso:

la persona que más veces dejé atrás
fui yo.

Pero también descubrí algo más.

Que no importa cuántas veces vuelva a perderme.

No importa cuánto tarde.

No importa qué tan lejos de mí llegue a sentirme.

Voy a volver.

Una y mil veces.

Voy a buscarme entre todo aquello
que alguna vez elegí antes que a mí.

Voy a recoger las partes que fui dejando
en personas,
lugares,
miedos
y expectativas que nunca fueron mías.

Y voy a regresar con ellas.




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