Todavia Me Estoy Encontrando

REHABITAR

Volver a mí fue doloroso.

Pero nadie me advirtió
que después de encontrarme
tendría que aprender
a vivir conmigo.

Pensé que regresar sería suficiente.

Que después de tanto perderme,
elegirme sería el final de algo.

No lo fue.

Porque es fácil entender
que tienes que elegirte.

Lo verdaderamente difícil
es llegar al punto
en el que esa elección deje de pesar.

Elegirme también dolió.

Dolió cuando significó alejarme.
Cuando tuve que decir no
y después cargar con la culpa.

Dolió dejar lugares
en los que ya no era feliz
pero donde alguna vez lo fui.

Dolió aceptar que podía extrañar
aquello que ya no me hacía bien.

Dolió comprender
que hacer lo correcto para mí
no siempre iba a sentirse bien.

Y entonces entendí:

sanar también duele.

Hay dolores del pasado
que no desaparecen cuando decidimos avanzar.

Siguen ahí.

Latiendo.

Como una herida que dejó de sangrar
pero todavía recuerda perfectamente
el lugar donde fue abierta.

Hay días en los que basta una palabra,
un olor,
una canción,
un lugar,
una ausencia,

para tocar exactamente
donde creíamos que ya no dolía.

Y duele.

Duele de esa manera extraña
en la que nadie puede verlo.

Porque hay heridas que no dejan sangre.

Hay heridas que aprendieron
a esconderse detrás de una sonrisa,
de una conversación cualquiera,
de un “ya pasó”,
de un “estoy bien”.

Pero nosotros sabemos dónde están.

Sabemos qué puerta no queremos abrir.

Qué recuerdo evitamos.

Qué nombre todavía pesa.

Qué parte de nuestra historia
preferimos contar rápidamente
para no quedarnos demasiado tiempo dentro de ella.

Por eso rehabitarme dio miedo.

Porque volver a mi alma
también significaba entrar nuevamente
en todas las habitaciones
que mantuve cerradas durante años.

Y algunas seguían intactas.

Con mis heridas latentes.

Con mis miedos potentes.

Con palabras que nunca dije.

Con todo aquello que perdoné con la boca
pero que mi corazón todavía no sabía soltar.

Con versiones de mí
que sobrevivieron como pudieron
y que durante mucho tiempo juzgué
por no haber sabido hacerlo mejor.

Ahí estaban.

Esperándome.

Y por primera vez entendí
que quizá no tenía que destruirlas.

Quizá tenía que sentarme junto a ellas.

Escucharlas.

Perdonarlas.

Decirles que sé que estaban asustadas.

Que sé cuánto les dolió.

Que sé todas las veces que tuvieron que fingir
que podían con algo
que en realidad las estaba destrozando.

Porque nuestras luchas internas
solo nosotros las conocemos.

Los demás ven decisiones.

Nosotros conocemos las noches
que hubo detrás de ellas.

Los demás ven que te alejaste.

Tú sabes cuánto lloraste
antes de tener el valor de hacerlo.

Los demás ven un límite.

Tú recuerdas todas las veces
que permitiste que lo cruzaran
antes de aprender a ponerlo.

Los demás dicen:

“Ya supéralo.”

Como si superar fuera olvidar.

Como si sanar significara
que una cicatriz pierde el derecho a doler.

Como si después de sobrevivir
tuviéramos la obligación
de no volver a rompernos jamás.

Pero nadie sabe realmente
cuánto cuesta vivir dentro de una persona
que conoce perfectamente
todos los lugares donde le duele.

Y entonces comprendí
que volver a mí
solo había sido el principio.

Porque no basta con encontrarnos.

También tenemos que aprender
a soportar nuestra propia compañía
cuando no nos gusta lo que encontramos.

Tenemos que mirar nuestras contradicciones.

Nuestros errores.

Las decisiones que todavía nos avergüenzan.

Las veces que permitimos demasiado.

Las veces que también lastimamos.

Las oportunidades que dejamos pasar.

Las personas que ya no están.

Y todas esas versiones nuestras
que quisiéramos borrar
porque todavía no hemos aprendido
a mirarlas sin sentir vergüenza.

Eso también es rehabitar.

No entrar en una versión hermosa,
ordenada y completamente sana de nosotros.

Sino regresar a una casa
que lleva nuestro nombre
y encontrar grietas en las paredes.

Polvo.

Habitaciones cerradas.

Ventanas que olvidamos abrir.

Pedazos de nosotros
abandonados en lugares
a los que juramos no regresar.

Y aun así...

entrar.

Abrir las ventanas.

Dejar que entre un poco de luz.

Caminar despacio por nuestras ruinas
sin sentir la necesidad
de prenderles fuego.

Porque quizá sanar
nunca significó borrar las cicatrices.

Quizá algunas seguirán doliendo.

Quizá habrá días
en los que una herida que creíamos suturada
vuelva a recordarnos que existe.

Y tendremos que llorar.

Otras veces reiremos.

Habrá días en los que avanzaremos.

Y otros en los que simplemente
nos sentaremos en medio de nosotros mismos
sin saber qué reparar primero.

Pero incluso eso
también será parte de aprender a vivir aquí.

Porque estoy entendiendo
que mis cicatrices no necesitan desaparecer
para demostrar que sané.

Algunas solo necesitan
que deje de abrirlas
intentando comprobar
si todavía duelen.

Otras necesitarán tiempo.

Algunas necesitarán perdón.

Y habrá unas cuantas
que quizá me acompañen toda la vida.

También tendré que aprender a quererme con ellas.




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