Todavía te amo

2.1

La tensión dentro de la habitación de Rhex era palpable. Miranda le sostenía la mano con fuerza, sus ojos húmedos, mientras su esposo se mantenía expectante a los pies de la cama.

—¿Y bien, hijo? —dijo su padre—. ¿Qué es lo que querías decirnos?

Rhex tragó saliva. Miró de reojo a Adán, quien asintió con discreción, dándole ese pequeño empujón que necesitaba.

Entonces respiró hondo… y habló.

—He decidido que iré a Alemania. Me someteré al tratamiento experimental.

—¡Dios mío, gracias! —exclamó Miranda, soltando un sollozo al tiempo que se inclinaba para abrazarlo. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin control—. Gracias, hijo… gracias…

Rhex apoyó la cabeza contra el hombro de su madre. Estaba cansado, roto, confundido… pero había tomado una decisión.

Michael soltó el aire en un suspiro aliviado.

—Es la mejor decisión que has tomado —dijo con firmeza—. Hablaré con tus médicos para que preparen todo y podamos irnos cuanto antes.

Adán guardó silencio, observando la escena desde un rincón. No dijo nada, pero en su interior deseaba con todas sus fuerzas que el tratamiento funcionara.

Que su hermano se salvara. Y que algún día supiera la verdad de lo que pasó con Meryl.

.

Xena limpió con cuidado las lágrimas del rostro de su prima.

—¿Qué voy a hacer? —susurró Meryl, con la voz rota, sin poder apartar la vista de la prueba de embarazo entre sus dedos—. Solo tengo dieciocho años…

—Tienes que tratar de comunicarte con Rhex y decirle lo que está pasando. ¡No puede dejarte sola con esta enorme responsabilidad!

—No… —lloriqueó ella, sacudiendo la cabeza—. Él tomó una decisión. Se fue a estudiar lejos, dejándome… a pesar de que me prometió que no lo haría. No quiero que se sienta atado a mí. Además, sus padres no lo van a permitir. Y yo ya no quiero pasar por más humillaciones con esa familia.

Xena apretó los labios, en silencio. Pero luego preguntó, bajando la voz:

—¿Entonces qué vas a hacer? No puedes criar un hijo sola. Eres muy joven y… ahora ni siquiera podrás entrar a la universidad. Tal vez… lo mejor sea que lo abortes.

—¡Eso nunca! —exclamó Meryl, poniéndose de pie de golpe. Caminó hasta la ventana y apoyó la frente contra el vidrio empañado—. No haré eso. Mi bebé no tiene la culpa de nada.

Xena dejó escapar un suspiro, frustrada, pero no insistió.

—¿Y entonces? Mis padres se mudan la próxima semana. Ya no podrás quedarte con ellos. Yo entraré a la universidad. ¿Qué vas a hacer sola con un hijo, Meryl? Joder. Se suponía que las dos íbamos a la universidad.

La pelinegra respiró hondo, como si intentara convencerse de sus propias palabras antes de responderle.

—Me iré a vivir con mi padre, al pueblo.

Xena frunció el ceño de inmediato.

—Por Dios, Meryl. Tu padre y tú apenas se conocen. Desde que tu madre se fue de su lado cuando tenías ocho años, no lo has vuelto a ver.

—No, pero eso no significa que no hayamos estado en contacto —respondió con calma—. Cuando mi madre murió y me dejó con ustedes para que yo pudiera seguir estudiando en esa academia de élite, él se comunicó conmigo. Quería que me fuera con él… ahora puedo hacerlo.

—¿Y qué piensas hacer allá? ¿De qué vas a vivir?

—Conseguiré algún trabajo en el pueblo… o en la finca donde mi padre trabaja como capataz.

Xena negó con la cabeza, como si aquello fuera una locura.

—No puedes. Has vivido en la ciudad la mayor parte de tu vida.

—Pero nací en el campo, no puede ser tan difícil que me adapte —replicó Meryl—. Además ahora es mi única alternativa. No quiero seguir siendo una carga para mis tíos. Ya han hecho demasiado por mí.

—¿Por qué no tratas de conseguir trabajo aquí en la ciudad?

—Sabes bien que no contratan mujeres embarazadas y sin experiencia. En cambio allá, podré trabajar de lo que sea. La vida aquí es mucho más dura que en el campo.

—Pero Meryl…

—Ya lo he decidido —la interrumpió con firmeza—. Hablaré con mi padre… y me iré con él. Al menos hasta que mi hijo haya nacido. Después pensaré en qué hacer.

Xena apretó los puños, sintiendo hervir la rabia en la sangre.

—¡No es justo, Meryl! —exclamó, alzando un poco la voz—. ¡Tú aquí, tirando tu futuro a la basura, mientras él está quién sabe dónde, muy tranquilo, empezando una nueva vida!

Meryl se quedó quieta, mirando hacia la calle por la ventana empañada.

—¡Estoy furiosa con él! ¿Cómo pudo largarse así? ¡Sabía cuánto lo amabas! ¡Sabía todo lo que estabas dispuesta a sacrificar por él! ¡Aguantaste humillaciones en la escuela, desprecios de sus padres, y aún así seguiste a su lado! —exclamó Xena con el dolor atorado en el pecho—. ¿Y al final qué hizo? Se fue porque al niñito de papá y mamá le temblaron las piernas. ¡Se arrepintió de casarse contigo! ¡Es un maldito cobarde! ¿Y ahora vas a ser tú la única que paga por todo eso? ¿Así de fácil? ¡Espero que, donde sea que esté, su vida sea un infierno!

Meryl cerró los ojos con fuerza. Sus labios temblaban mientras sus dedos apretaban la tela de su falda.

—Por favor… —susurró—. Ya no me lo recuerdes. La culpa fue mía por creer que él elegiría a alguien como yo, por encima de todo. Tú me lo advertiste muchas veces… pero no quise escucharte.

Xena tragó saliva, sintiéndose impotente.

—Lo que más rabia me da es que perderás tu beca. Tienes derecho a estudiar, a tener una vida digna. Eres brillante, y eras la mejor en todo. Y ahora vas a esconderte en un pueblo, embarazada y sola, mientras él está… lejos. Y viviendo la vida.

***

—Adán —dijo su hermano con voz débil—, ¿me prestas tu teléfono? Tengo que hablar con Meryl…

El moreno lo observó con pesar, sabiendo que esas palabras estaban llenas de desesperación.

—No creo que debas, hermano —respondió, con tono preocupado.

—Solo será por un momento, por favor.

Adán extendió el móvil casi en automático.




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