Todo el ruido entre nosotros

Prólogo

La primera vez que escuché a mi nuevo vecino, eran las dos y trece de la madrugada.

Y estaba arrastrando un maldito sofá contra el suelo.

No sabía su nombre todavía.
No sabía que medio Londres parecía obsesionado con su banda.
No sabía que tenía una sonrisa irritante o una costumbre insoportable de tararear canciones en los pasillos del edificio como si el mundo entero fuera suyo.

Esa noche solo sabía una cosa:

alguien estaba destruyendo mi paciencia del otro lado de la pared.

Abrí los ojos lentamente, todavía desorientada por el sueño, mientras otro golpe atravesaba mi habitación.

Después otro.

Y otro más.

Una vena me palpitó en la sien.

Perfecto.

Simplemente perfecto.

Me quedé inmóvil unos segundos mirando el techo oscuro de mi departamento, esperando que el ruido se detuviera.

No lo hizo.

Al contrario.

Escuché voces, cajas cayéndose y pasos apresurados recorriendo el departamento vacío que llevaba meses deshabitado junto al mío.

Giré la cabeza hacia el reloj sobre la mesa de luz.

2:13 AM.

Sentí cómo algo dentro de mí empezaba a colapsar lentamente.

Porque llevaba horas intentando terminar un capítulo imposible, me había dormido hacía menos de una hora y, después de semanas de bloqueo creativo, esa noche había sido la primera en la que mi mente finalmente decidió callarse. Hasta ahora. Porque el cursor parpadeaba frente a mí desde hacía casi cuarenta minutos. Una línea sin terminar. Una escena incompleta. Un personaje esperando algo que yo no sabía darle.

Y del otro lado de la pared, mi nuevo vecino parecía estar organizando un concierto privado.

Un nuevo golpe resonó contra la pared.

Mientras Poe, mi traidor de cuatro patas, levantó la cabeza desde el borde de la cama con evidente indignación.

—No me mires así —murmuré enterrando el rostro contra la almohada—. Yo tampoco pedí esto.

Como respuesta desde el otro lado de la pared, escuché:

—¡Déjalo ahí, ahí está bien!

La voz masculina atravesó el departamento con claridad.

Grave. Cansada. Irritantemente segura.

Después vino el sonido de algo pesado chocando contra una puerta y una serie de insultos ahogados.

Y entonces música.

Fuerte.

Cerré los ojos.

Respiré profundo.

Conté hasta cinco.

Y alguien empezó a reírse del otro lado de la pared.

Eso fue suficiente.

Aparté las mantas de golpe y me levanté de la cama todavía medio dormida, arrastrando los pies por el suelo mientras buscaba el enorme sweater gris tirado sobre una silla.

Mi departamento estaba en silencio, tenue y cálido. El único punto de luz provenía de mi escritorio, donde mi laptop seguía abierta junto a hojas arrugadas, tazas vacías de café y frases a medio escribir.

El cursor seguía parpadeando sobre la página vacía.

Afuera, Londres estaba cubierta de lluvia y reflejos amarillos.

Adentro, yo estaba a segundos de cometer un crimen.

Abrí la puerta con más fuerza de la necesaria.

El pasillo olía a cartón mojado y café frío.

Y ahí estaba el desastre.

Cajas por todas partes. Una lámpara tirada en el suelo. Dos hombres intentando meter un sofá enorme por la puerta del departamento vecino.

Y en medio de todo eso, estaba él.

Alto. Cabello oscuro desordenado. Remera negra arremangada hasta los antebrazos. Agotado.

Tenía una mano apoyada contra el marco de la puerta mientras se pasaba la otra por el cabello con evidente frustración.

—Te dije que no iba a entrar por ese lado —murmuró antes de levantar la vista.

Y verme.

El silencio duró apenas un segundo.

Pero fue suficiente para que sus ojos me recorrieran rápidamente: el sweater enorme, las medias desparejas, mi cabello desordenado, el cansancio evidente en mi cara y probablemente mis ganas de asesinarlo.

Entonces, para mi absoluta desgracia, sonrió apenas.

—Wow —dijo con voz ronca—. ¿Así reciben siempre a los vecinos en este edificio o tengo un trato especial?

Arrogante.

Perfecto. Era arrogante también.

Lo observé sin expresión.

—¿Sabes qué hora es?

—¿Sabes qué es una mudanza?

Lo miré sin parpadear.

—Son las dos de la mañana —dije entre dientes.

Él sonrió apenas.

Y lo peor fue que parecía divertirse.

—La gente normal duerme a esta hora —espeté.

—La gente normal no mira como si estuviera planeando un homicidio.

—Todavía no lo descarto.

Eso le sacó una risa baja.

Una risa real.

Y por alguna razón eso me irritó incluso más.

Antes de que pudiera responder, una caja cayó dentro del departamento y alguien gritó un “lo siento” desde adentro.

Él miró hacia atrás, como si recién recordara la hora.

—Sí, bueno… técnicamente sigue siendo de noche.

—Gracias por la aclaración.

Uno de los hombres soltó una risa ahogada.

El desconocido suspiró.

—La mudanza debía llegar esta tarde —explicó—. El tráfico fue un infierno.

—¿Y eso convierte esto en una idea brillante?

—No realmente.

Eso me tomó por sorpresa.

Porque no sonó arrogante.
Sonó sinceramente cansado.

Pero entonces otra caja cayó dentro del departamento con un estruendo horrible y mi paciencia murió otra vez.

—Necesito silencio para trabajar.

Él arqueó apenas una ceja.

—¿Trabajas a las dos de la mañana?

—Algunas personas sí tienen trabajos reales.

Apenas dije eso, su expresión cambió.

No mucho. Solo lo suficiente.

Algo entre diversión y fastidio.

—Y algunas personas están cargando un sofá cuatro pisos por escalera —respondió—. Todos estamos sufriendo esta noche.

Lo odié inmediatamente.

Poe apareció detrás de mis piernas en ese momento, observándolo desde la puerta como si evaluara si era una amenaza.




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