Una semana antes de que mi paz muriera, todo estaba perfectamente bajo control.
Y eso, para mí, era peligroso.
Porque las mejores historias que había escrito nacían del caos. Del dolor. De emociones demasiado grandes para quedarse quietas dentro del cuerpo. Pero mi vida llevaba meses convertida en una línea recta de silencios ordenados y rutinas repetidas.
Despertar.
Café.
Escribir.
Ignorar mensajes.
Volver a escribir.
Dormir poco.
Repetir.
Era funcional.
También miserable.
Aunque intentaba no pensarlo demasiado.
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del departamento mientras terminaba de corregir el mismo párrafo por quinta vez esa mañana. Frente a mí, la pantalla de la laptop iluminaba el desastre habitual de mi escritorio: hojas arrugadas, notas adhesivas, dos tazas vacías y Poe ocupando exactamente el espacio donde necesitaba apoyar la mano.
—Te pagan por arruinarme la vida, ¿o lo haces gratis? —murmuré.
Poe abrió apenas un ojo antes de volver a dormirse.
Traidor.
Suspiré y me dejé caer contra el respaldo de la silla, masajeándome las sienes.
Bloqueo creativo.
Otra vez.
No era un problema nuevo, pero sí uno que odiaba admitir. Especialmente porque internet parecía convencido de que yo era una especie de escritora atormentada capaz de crear frases devastadoras mientras tomaba café elegante mirando la lluvia londinense.
La realidad era menos estética.
Llevaba cuarenta minutos intentando cambiar una sola oración.
Y estaba perdiendo.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio.
Charlotte.
Lo observé sonar hasta que se detuvo.
Cinco segundos después volvió a sonar.
Y otra vez.
Cerré los ojos lentamente.
—Eres insoportable —contesté finalmente.
—Buenos días para ti también, monstruo antisocial.
Apoyé el mentón sobre mi mano mientras miraba la ciudad detrás de la ventana. Londres estaba gris, húmeda y cubierta de ese cielo pesado que parecía eterno.
Perfecta.
—¿Qué quieres?
—Saber si sigues viva. Tu editora me llamó.
Hice una mueca.
—Eso suena dramático incluso para ella.
—Evangeline, llevas dos semanas evitando correos.
—Estoy trabajando.
Charlotte soltó una risa seca al otro lado de la línea.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
Ignoré el comentario.
Mi mirada se desvió automáticamente hacia el departamento de al lado.
Oscuro. Vacío. Silencioso.
Perfecto.
Desde que me había mudado a ese edificio hacía casi un año, el 304 había permanecido deshabitado. Y honestamente, había empezado a sentirlo como una extensión de mi propio departamento. Nadie caminando del otro lado de la pared. Ninguna televisión encendida. Ninguna discusión ajena interrumpiendo mis madrugadas.
Solo silencio.
Solo mío.
—Necesitas salir un poco —insistió Charlotte—. O hablar con personas. O recordar cómo funciona la civilización.
—Tengo a Poe.
—Eso no cuenta. Ese gato probablemente planea asesinarte mientras duermes.
Poe levantó la cabeza apenas al escuchar su nombre.
—¿Ves? Está escuchando.
—Porque sabe que tengo razón.
Sonreí apenas.
Muy apenas.
Charlotte era una de las pocas personas capaces de hacer eso todavía.
La conocía desde la universidad, cuando ambas éramos demasiado jóvenes, demasiado pretenciosas y estábamos convencidas de que el arte iba a salvarnos la vida.
Ahora ella trabajaba como editora y yo escribía libros sobre personas emocionalmente destruidas.
Supongo que algo salió mal en el camino.
—Ven conmigo esta noche —dijo de pronto—. Sophie hará una pequeña reunión.
Hice una mueca inmediata.
—No.
—Ni siquiera terminé de explicarte.
—Habrá gente.
—Sí, Evangeline. Así funcionan las reuniones.
—Entonces definitivamente no.
Charlotte suspiró exageradamente.
—Necesitas dejar de encerrarte en ese departamento.
Miré alrededor.
Las luces cálidas. Las mantas sobre el sofá. Las bibliotecas llenas. La lluvia detrás de las ventanas.
Mi refugio.
—Estoy bien aquí.
Y era cierto.
Al menos parcialmente.
Porque ahí dentro todo estaba bajo control.
Afuera no.
Afuera existían entrevistas, lectores, expectativas y personas haciendo preguntas incómodas sobre mis libros como si cada personaje roto hubiera nacido de algo real.
Tal vez lo habían hecho.
Pero eso no era asunto de nadie.
—Solo piénsalo, ¿sí? —dijo Charlotte con voz más suave—. Últimamente desapareces demasiado.
Tragué lentamente.
Ahí estaba.
La preocupación disfrazada de insistencia.
—Estoy escribiendo —repetí.
—Y yo te conozco.
El silencio cayó entre ambas unos segundos.
Después cambié el tema antes de que pudiera seguir insistiendo.
—¿Cómo va el trabajo?
Charlotte resopló.
Y así continuó la conversación mientras Londres seguía lloviendo detrás de mis ventanas y Poe volvía a dormirse sobre mis apuntes.
Todo seguía exactamente igual.
Silencioso. Ordenado. Predecible.
No sabía que faltaban siete días para que alguien llegara al departamento de al lado y destruyera cada una de esas cosas.
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El problema de perder el sueño a las dos de la mañana era que después resultaba imposible volver a dormir.
Especialmente cuando tu nuevo vecino parecía estar reconstruyendo el departamento ladrillo por ladrillo del otro lado de la pared.
Poe seguía acostado sobre mi escritorio mientras yo observaba la pantalla de la laptop con los ojos medio cerrados y el cerebro completamente inútil.
El cursor parpadeaba.
Editado: 28.05.2026