Todo el ruido entre nosotros

Capítulo 3

Descubrí que mi nuevo vecino era famoso a las tres y media de la madrugada.

Descubrí que seguía siendo insoportable exactamente treinta segundos después.

—¿Black Hollow? —repetí sosteniendo la revista entre las manos.

Dominic hizo una mueca apenas.

—Por favor no pongas esa expresión.

Lo miré lentamente.

—¿Qué expresión?

—La de “oh Dios, mi vecino es una celebridad problemática”.

—No necesitas ser famoso para ser problemático.

Eso le arrancó una risa baja.

Otra vez esa maldita risa.

—Bueno, eso fue casi amable.

Dejé la revista sobre la caja con demasiada fuerza.

Ahora entendía algunas cosas: la guitarra, las horas absurdas, las cajas llenas de equipos, el departamento convertido en un estudio improvisado.

Pero honestamente, el contexto no mejoraba nada.

—Sigues haciendo demasiado ruido.

Dominic apoyó una mano sobre su pecho como si acabara de herirlo emocionalmente.

—¿Eso es todo lo que tienes para decir después de descubrir mi identidad secreta?

—No era muy secreta si tu cara está en todas las revistas de Londres.

—Eso es deprimente.

Poe aprovechó el momento para volver a intentar subirse encima suyo.

Dominic retrocedió inmediatamente.

—No. No, definitivamente no volveremos a hacer esto.

Tomé a Poe antes de que provocara otro ataque alérgico.

—Creo que te odia porque detecta debilidad.

—Creo que tu gato es satánico.

—Eso también.

Dominic me observó unos segundos más antes de señalar la revista.

—Entonces… ¿nada de fan gritando? ¿Ni desmayo dramático?

Lo miré con absoluta seriedad.

—Preferiría tirarme por la ventana.

El silencio duró medio segundo.

Y después Dominic empezó a reírse.

Fuerte.

Abiertamente divertido.

—Oh, definitivamente vamos a llevarnos horrible.

---

A la mañana siguiente me desperté con alguien golpeando mi puerta.

Abrí un ojo lentamente.

Silencio.

Después otro golpe.

Poe levantó la cabeza desde la almohada con visible indignación.

Miré la hora.

10:06 AM.

Demasiado temprano para existir.

Arrastré los pies fuera de la cama y crucé el departamento todavía medio dormida. Apenas abrí la puerta, una montaña de cajas apareció frente a mí.

Parpadeé.

Libros.

Muchos libros.

Fruncí el ceño confundida.

Y entonces una voz habló desde el otro lado del pasillo.

—Creo que accidentalmente me convertí en dueño de tu carrera literaria.

Levanté la vista.

Dominic estaba apoyado contra su puerta sosteniendo varias revistas, sobres y una enorme caja negra llena de regalos.

Parecía igual de cansado que la noche anterior.

Solo que ahora llevaba gafas y el cabello todavía húmedo.

Lo odié un poco por verse así de bien a las diez de la mañana.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

—El portero dejó todo en recepción y alguien intercambió los números de los departamentos.

Miré las cajas frente a mí.

Reconocí inmediatamente el logo de mi editorial.

Perfecto.

Dominic levantó una de las revistas que tenía en brazos.

Mi cara apareció instantáneamente en la portada.

Sentí un vacío horrible en el estómago.

Porque no era solo una revista.

Era una entrevista.

La entrevista.

La que llevaba semanas evitando mirar.

Dominic arqueó una ceja.

—Así que tú también eres famosa.

—No lo soy.

—Evangeline —leyó lentamente desde la portada— “La escritora que convirtió el dolor en arte”.

Cerré los ojos.

Quería morir.

—Devuélveme eso.

Él sonrió apenas.

—Oh, esto se pone interesante.

Avanzó unos pasos hacia mí y me entregó las revistas mientras yo tomaba, sin permiso rápidamente, la caja negra que llevaba en brazos.

—Tus fans te envían demasiadas cosas —murmuré.

—Tus lectores también.

Miré alrededor.

Las cajas de libros seguían apiladas frente a mi puerta.

Nuevas ediciones internacionales. Copias especiales. Cartas de la editorial.

Dominic observó los títulos visibles sobre una de las cajas.

“Las cosas que dejamos atrás” —leyó—. Suena triste.

—Lo es.

—¿Siempre escribes cosas depresivas?

—¿Siempre haces tanto ruido?

Eso le arrancó una sonrisa inmediata.

Dios.

Era irritante cómo parecía divertirse genuinamente cada vez que intentaba discutir con él.

Dominic levantó entonces uno de los sobres blancos que seguían entre sus cosas.

—Creo que esto también era tuyo.

Mi cuerpo se tensó apenas al reconocer el sello de la editorial.

Y empeoró cuando vi escrito “URGENTE” en rojo.

Dominic lo notó.

Porque claro que lo notó.

Parecía la clase de persona que observaba demasiado.

—¿Problemas? —preguntó casualmente.

Tomé el sobre rápidamente.

—No es asunto tuyo.

—Definitivamente eso significa que sí hay problemas.

Lo fulminé con la mirada.

Y entonces, como si el universo quisiera arruinarme todavía más la vida, una pequeña tarjeta cayó desde la caja negra que yo sostenía.

La atrapé automáticamente antes de que tocara el suelo.

Pero ya era tarde.

Dominic había alcanzado a leer parte.

“Para Dom, gracias por salvarme con tu música…”

El silencio duró un segundo.

Después otro.

Y algo en su expresión cambió apenas.

La diversión desapareció un poco.

Solo un poco.

—No leas cosas ajenas —murmuré.

Dominic levantó ambas manos inmediatamente.

—Fue accidente.

Le devolví la tarjeta sin decir nada.

Y por primera vez desde que llegó al edificio, él pareció quedarse sin alguna respuesta sarcástica.

La tensión se rompió cuando Poe apareció entre mis piernas y caminó directamente hacia Dominic otra vez.




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