Después de la llamada con mi madre, el departamento empezó a sentirse demasiado pequeño.
Demasiado silencioso. Demasiado lleno de pensamientos.
Intenté volver a escribir.
No pude.
Intenté leer.
Peor.
Así que terminé haciendo lo único que funcionaba cuando mi cabeza empezaba a sentirse insoportable: abrí la puerta del balcón.
El aire frío de Londres golpeó mi rostro inmediatamente.
Ya no llovía.
Las calles todavía brillaban húmedas bajo las luces de la ciudad y el cielo seguía cubierto de nubes grises, pero al menos el aire olía limpio. Fresco.
Respirable.
Me apoyé sobre la baranda lentamente mientras cerraba los ojos un momento.
Necesitaba silencio. Cinco minutos de paz. Un descanso de mis padres, del libro, de Sebastian Holloway y de mi vida convirtiéndose lentamente en un desastre emocional.
Entonces escuché una puerta abrirse.
Por supuesto.
Abrí los ojos lentamente.
Y ahí estaba.
Dominic salió al balcón vecino sosteniendo una taza de café entre las manos y el cabello todavía húmedo, como si acabara de ducharse. Llevaba una sudadera negra enorme y parecía igual de agotado que yo me sentía.
No dijo nada al verme.
Solo apoyó los brazos sobre la baranda y miró la ciudad.
El silencio duró unos segundos.
Extrañamente cómodos.
Hasta que él habló.
—“Evangeline Meredith Hart nació el catorce de octubre en Kensington, Londres. Escritora británica reconocida internacionalmente por sus novelas contemporáneas y su exploración de temas relacionados con el duelo, la pérdida y las relaciones humanas complejas.”
Parpadeé lentamente.
Mi cabeza giró hacia él.
Dominic seguía mirando al frente con absoluta tranquilidad.
—“Su primera novela publicada, Las cosas que dejamos atrás, permaneció treinta y cuatro semanas en la lista de best sellers del Sunday Times.”
Lo observé completamente estupefacta.
—¿Qué estás haciendo?
—“Hart estudió literatura clásica—”
—Dominic.
Ahora sí giró apenas la cabeza hacia mí.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía ligeramente incómodo.
—Wikipedia tiene demasiada información sobre ti.
Fruncí el ceño.
—¿Buscaste mi Wikipedia?
Silencio.
Ahí estaba.
Pequeño. Breve.
Pero suficiente.
Dominic acababa de darse cuenta de lo que había admitido.
Y aparentemente yo acababa de descubrir que Dominic Hale —estrella de rock insoportable, ego andante y desastre humano— había buscado información sobre mí en internet.
Sentí una satisfacción inmediata y completamente infantil.
—Oh Dios mío —murmuré lentamente—. Me buscaste.
—No te emociones.
—Me buscaste.
Dominic se aclaró la garganta y tomó café demasiado rápido.
Definitivamente incómodo.
Esto era increíble.
—Fue investigación accidental.
—Eso no existe.
—Claro que existe.
—No, Dominic. Eso literalmente significa que tuviste curiosidad sobre mí.
Él abrió la boca.
La cerró.
Y entonces —para mi absoluta sorpresa— se sonrojó apenas.
Muy poco.
Pero suficiente.
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no sonreír.
Porque el hombre que llevaba días molestándome parecía genuinamente avergonzado de haber sido descubierto haciendo algo completamente normal.
—Bueno, tú también sabías quién era yo —intentó defenderse.
—Después de ver tu cara en cinco revistas distintas dentro de tu departamento.
—Detalles.
Lo observé apoyada contra la baranda.
Y Dominic, por primera vez, parecía no saber qué hacer con sus propias manos.
Esto era histórico.
—¿Qué más leíste? —pregunté disfrutando demasiado aquello.
—Nada importante.
—Dominic.
—No recuerdo.
—Mentirosa expresión. Muy mala.
Él soltó una risa nasal y miró hacia otro lado.
—Decía que odias entrevistas.
Fruncí apenas el ceño.
—Eso es verdad.
—Y que tienes una obsesión rara con escritores rusos depresivos.
—Eso también es verdad.
Dominic asintió lentamente como si estuviera procesando información importante.
—Tiene sentido.
—¿Qué tiene sentido?
Me miró directamente esta vez.
—Tu vibra.
Rodé los ojos automáticamente.
—“Mi vibra”.
—Sí. Tienes energía de mujer que probablemente juzga personas en silencio mientras escucha música triste y bebe café demasiado caro.
Abrí la boca.
La cerré.
Porque lo peor era que no estaba completamente equivocado.
Dominic sonrió apenas al notar mi expresión.
—Oh, eso le dio justo en el ego.
—Te odio un poco.
—Solo un poco, qué alivio.
El viento movió ligeramente su cabello y por un instante el balcón volvió a quedarse en silencio.
No incómodo.
Otra vez esa cosa rara.
Hasta que Dominic habló sin pensar.
—También decía que nunca se te conoce ninguna relación.
Lo miré inmediatamente.
Y él se congeló.
Porque acababa de delatarse muchísimo más.
Mis ojos se abrieron apenas.
—Oh Dios mío.
Dominic ya parecía arrepentido de existir.
—No.
—Leíste mi vida amorosa.
—No fue intencional.
—Dominic Hale stalkeándome en Wikipedia a las siete de la mañana es probablemente lo más triste que escuché hoy.
—Voy a arrojarme del balcón.
No pude evitarlo.
Me reí.
Esta vez suave. Corta. Pero real.
Y Dominic me miró durante un segundo exacto con una expresión extraña.
Como si no esperara volver a escuchar eso.
Entonces reaccionó de golpe, señalándome torpemente con su taza de café.
—Bueno, genial. Perfecto. Me voy antes de empeorar esto.
Solté una carcajada incrédula.
—¿Estás huyendo?
—No estoy huyendo.
—Literalmente estás retrocediendo.
Dominic efectivamente estaba caminando hacia atrás.
Editado: 01.06.2026