Todo el ruido entre nosotros

Capítulo 9

El sábado llegó demasiado rápido.

Como una amenaza elegante y perfectamente vestida.

Intenté ignorarlo toda la mañana.

Trabajé. Escribí. Corregí capítulos. Intenté convencerme de que quizá podía fingir mi muerte y evitar la cena familiar para siempre.

No funcionó.

Porque a las cinco de la tarde mi teléfono vibró con un mensaje de mi madre.

Madelaine Hart (Madre): "No llegues tarde."

Ni un saludo. Ni una pregunta. Nada.

Solo una orden elegantemente disfrazada.

Suspiré profundamente dejando caer la cabeza contra el escritorio.

Poe me observó desde el sofá con esa tranquilidad ofensiva que solo tienen los gatos mientras las vidas humanas se destruyen alrededor suyo.

—Tú no entiendes el sufrimiento —le murmuré.

Él bostezó.

Traidor emocional.

Seguí trabajando hasta que ya no pude evitarlo más.

Finalmente me levanté y caminé hacia mi habitación como una persona camino a una ejecución pública.

Porque honestamente preferiría enfrentar otra invasión al departamento de Dominic antes que soportar una noche entera con los Hart y los Holloway.

Especialmente con Sebastian Holloway.

El nombre no mejoraba nada.

Seguía siendo perfecto. Seguía siendo insoportablemente correcto. Y seguía teniendo esa sonrisa diplomática que parecía diseñada para agradarle a madres millonarias.

Abrí el armario lentamente.

Tenía que verme impecable.

Porque si no, Madelaine encontraría una excusa para criticar absolutamente todo: el vestido, el maquillaje, mi postura, mi existencia probablemente.

Y honestamente no tenía energía suficiente para discutir también sobre ropa.

Así que elegí cuidadosamente.

Un vestido negro elegante. Simple. Pegado al cuerpo sin ser exagerado.

Lo suficientemente sofisticado para evitar comentarios.

Me maquillé despacio. Arreglé mi cabello. Me puse unos pendientes discretos.

Y cuando terminé...

parecía exactamente la hija perfecta que mi madre siempre quería exhibir en cenas importantes.

Odié el pensamiento inmediatamente.

Mi teléfono vibró justo cuando estaba poniéndome los zapatos.

Charlotte.

Contesté apenas.

—Si llamas para decirme que huya del país, acepto.

Charlotte soltó una risa del otro lado.

—¿Tan mal estás?

—Estoy considerando seriamente tirarme al Támesis.

—Drama queen.

—Mi madre estará ahí, Charlotte.

—Eso sí es grave.

Me dejé caer lentamente sobre el borde de la cama.

—No quiero ir.

Y lo peor era que mi voz salió más cansada que molesta.

Charlotte guardó silencio unos segundos.

Después habló más suave.

—Lo sé.

Miré mi reflejo en el espejo.

La chica elegante devolviéndome la mirada parecía tranquila.

Pero yo sentía el pecho completamente apretado.

—Voy a sobrevivir —murmuré más para convencerme a mí misma.

—Claro que sí.

—Y después voy a volver y escribir escenas violentas inspiradas en todos ellos.

—Esa es mi escritora.

Sonreí apenas.

Entonces Charlotte dijo:

—Evie... por favor no me odies.

Fruncí el ceño inmediatamente.

—¿Qué hiciste?

Silencio.

Mi alarma interna empezó a sonar.

—Charlotte.

El timbre sonó.

Ambas nos quedamos calladas.

Miré hacia la puerta lentamente.

Después otra vez al teléfono.

—Charlotte —dije peligrosamente tranquila—. ¿Qué hiciste?

Te amo muchísimo —respondió ella rápidamente.

Y colgó.

Abrí muchísimo los ojos.

No.

No, no, no.

Caminé hacia la puerta con el peor presentimiento de toda mi vida.

La abrí.

Y me olvidé de respirar un segundo.

Dominic estaba ahí.

Traje negro. Camisa oscura apenas desabotonada, sin corbata. Cabello perfectamente desordenado de esa forma injustamente atractiva.

Y Dios mío.

Se veía...

No.

No iba a pensar esa frase.

Dominic levantó lentamente la vista hacia mí.

Y entonces me recorrió de pies a cabeza.

Despacio.

Sin ninguna vergüenza.

Sentí calor subir inmediatamente por mi cuello.

Perfecto.

Absolutamente perfecto.

Él silbó apenas.

—Wow.

Mi cerebro dejó de funcionar un instante.

—¿Qué haces aquí?

Dominic siguió mirándome como si acabara de darse cuenta de algo interesante.

—Tú tampoco te ves mal, escritora.

Entrecerré los ojos.

Después entendí.

Y quise asesinar a Charlotte.

Levanté el teléfono inmediatamente y la llamé otra vez sin siquiera cerrar la puerta.

Dominic seguía apoyado tranquilamente en el marco mientras yo caminaba por el departamento completamente indignada.

Charlotte contestó riéndose.

—Hola.

—VOY A MATARTE.

—Técnicamente te estoy salvando.

—¿LE CONTASTE A DOMINIC?

—Jade ayudó un poco.

Claro.

Maldita Jade.

—Charlotte, ¿cómo se supone que esto funcione?

—Muy fácil. Llegas con un hombre absurdamente atractivo, tu madre entra en crisis y Sebastian Holloway desaparece emocionalmente de tu vida.

Dominic soltó una risa desde la puerta.

Lo fulminé con la mirada.

—¡NO TE RÍAS!

—Lo intento, pero esto es demasiado divertido.

Volví al teléfono horrorizada.

—Charlotte, esto es una locura.

—Sí, pero una locura brillante.

—Te odio.

—No es verdad.

—Un poco sí.

Charlotte suspiró dramáticamente.

—Solo confía en mí.

—Jamás hago eso.

—Bueno, empieza ahora. Adiós.

Y colgó.

Me quedé mirando el teléfono como si quisiera lanzarlo por la ventana.

Después giré lentamente hacia Dominic.




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